Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez

Hay libros que se heredan, entre ellos Bomarzo. Llegó a mi biblioteca, sumándose como podía porque había que hacerse lugar, a los empujones, entre Muñoz Molina y Hugo Mujica, en ese pequeño (y lo lamento) espacio que ya ocupaban otros libros de Manucho. Allí quedó por casi tres años viéndome pasar, recibiendo cada tanto una caricia involuntaria cuando mi mano andaba por su vecindad buscando otros autores.

Hace unos días me decidí a leerlo, sin reparar en que en el título de la tapa, donde figura su autor y demás, contaba también con el agregado de un «I». Así que cuando esté llegando a su final, o mejor dicho antes, tengo que conseguir la continuación  (aunque estamos en épocas de min series y bien puedo serle fiel esperándolo una semana o un poco más).

Bomarzo es de lectura ardua porque reclama de entrada a los lectores la voluntad de detenerse a leer que, hoy, ya es mucho. El texto, en el que escasean los puntos aparte,  nos sumerge en la genealogía de Pier Francesco Orsini con  detalle de  apellidos y dinastías, que conforman en verdad la historia de Roma y Florencia, pero que no deja de ser abrumadora. A su vez con una prosa rica y cautivadora. Casi a finales de un extenso párrafo, apenas separado por un punto, se devela el nombre de quién tanto se habla y, varias páginas después, acerca de la tragedia, y el destino anunciado al nacer, un horóscopo (título del primer capitulo) que se abre al misterio y del que no se puede escapar, que sella el resto del relato.

Mi primera sensación es que avanzo con lentitud.

Y de pronto estas líneas:

«Mi gran placer sensual ha derivado siempre -aún hoy persiste esa jerarquía- de la felicidad de los ojos. Ni el orden melódico más exquisito, ni el aroma más raro, ni el contacto de la piel humana más dorada y suave, ni el vino, ni el beso, pueden procurarme el goce que los ojos me brindan».

Ah…  es tanto el placer que me producen este guiño de Mujica Laínez que de inmediato me reconcilio con la lectura y continuo.

Ahora sé que no puedo abandonarlo.

II

Tres años le llevó a Mujica Lainez la construcción de Bomarzo. Lo cuenta en una entrevista que se encuentra fácilmente en internet: www.youtube.com/watch?v=s4qVdIzAJGE.

Una construcción a la manera de Pier Francisco y su jardín de estatuas de piedra, el «célebre parque de los monstruos» en su castillo de Bomarzo.

Por tres años este libro permaneció a la espera en mi biblioteca de los aún por leer. Para Mujica Lainez que era un apasionado de los números y la magia, esta coincidencia tendría un interesante significado.

He comenzado ya la segunda parte (según mi versión dividida) y pido prestados algunos párrafos que se encuentran casi al final del capítulo IV -Julia Farnese- ya leído:

«Cada pintor se retrata a sí mismo, porque cada pintor recoge y subraya en el modelo lo que se le asemeja y se activa y brota a la superficie, llamado por su pasión. Cada uno de nosotros se ve a sí mismo, en los demás. Somos ecos, espejismos, reverberaciones cambiantes».

y: «…¿Sabemos algo, nada, de nadie? ¿Por ventura conocemos a alguien, a su última verdad sellada? ¿Qué sabía yo de mi padre?…».

que me hizo recordar mi propia pregunta en Kawanabe:

«¿Cómo aceptar entonces que no hemos sabido todo sobre la persona que amamos?».

 

III

Anoche subí una cita de Ignacio Navarro relacionada con el arte, con la percepción del artista. Más tarde, regresé a la lectura de Bomarzo. Sin embargo, no podía continuar leyendo sin que resonaran en mí las palabras que instantes antes había copiado.

Asistir a la lectura de esta novela, es asistir a una obra de arte. Uno se aleja para contemplarla mejor; luego, se acerca buscando el detalle; enseguida, vuelve a alejarse para abarcarla en su totalidad o, simplemente, se queda de pie, una mano prendida al corazón, en silencio, para tan solo poder admirar. Porque a veces, se trata solo de eso.

 

IV

Busco el retrato del Lotto sobre nuestro protagonista Pier Francesco Orsini. Mujica Lainez me incita a la búsqueda y sé que necesito verlo para poder continuar.

Existen infinidad de guiños o llamados, insertos en la novela, como por ejemplo la referencia a Ariosto y su Orlando furioso; porque lo que sostiene la trama es el exhaustivo trabajo de investigación histórico sobre Renacimiento y todavía aún más.

Pero no todas estos desvíos me resultan tan sencillos como el hecho de simplemente buscar en internet ese cuadro.

Se llama «Retrato de un gentilhombre en su estudio» y fue pintado por Lorenzo Lotto en 1527. Hoy está exhibido en la Galería de la Academia en Venecia.

Cada detalle está puesto de relieve en el relato de Mujica Lainez; y enseguida pienso: si en algún momento nos encontramos, en la tan asediada y visitada Venecia, ese cuadro y yo, será imposible que no recuerde el sentimiento que embriagó a Pier Francesco al ser pintado. Seguramente, también busqué después la luz aquella. Entonces, quizás, me anime a murmurar unos versos, recordando:

   «Su espalda recortada por la luz/ dibuja contrapuntos de palabras/ no hay espesura en la figura/ni en el reflejo de la ventana».

 

V

 

He regresado. He vuelto de Bomarzo y escribo estas pocas líneas que, con mucha admiración, intentan expresar lo que me ha provocado el viaje.

«[…] porque quien recuerda no ha muerto…», dice Pier Francesco concentrando en esas pocas palabras de una colosal obra el nudo de su relato: una historia sobre la memoria porque ella es esa posibilidad que nos eleva sobre el resto de las especies y nos hace inmortales.

«Destellos de luz/ desprendió su paso/ memoria de un canto/ al anochecer», he escrito en un poema.

«De noche…estamos más cerca de Dios», ha escrito a su vez, en la voz de otro, Mujica Lainez.

Tal vez se trata de eso.

De caminar decididos hasta el Bosque donde se erigen los monstruos para sentarnos sobre las piedras y escuchar el rumor de la historia, al anochecer, cuando la melodía infinita, que solo recupera la memoria, nos abre a la ilusión efímera, como un destello de luz, de permanecer para siempre; en un verso, en una palabra que se compone mirando hacia el cielo, para vivir por ella para toda la eternidad.

 

 

 

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María Claudia Otsubo