No te muevas, eres feliz

No te muevas, eres feliz

 

 

«Pero no sucedió nada, porque a la vida siempre le falta                                                                              alguna cosa para ser perfecta».

                                                                                                                        en Sin sangre, de Alessandro Baricco

 

 

Releo, por segunda vez, Sin sangre, una novela corta de Alessandro Baricco. Y como la primera, no abandono el relato hasta llegar al final, conmovida con Nina, con la niña y la adulta; invadida por las imágenes violentas y a la vez sutiles y tan sugerentes que atraviesan todo el texto.

La primera parte del relato corresponde a la escena del asesinato del padre de Nina. Como si se tratara de una movie, los ojos del lector saltan de uno a otro de los personajes: desde la niña encerrada bajo piso:

«Y sentía su propio cuerpo recogido, vuelto sobre sí mismo como una concha -y eso le gustaba-, era caparazón y animal, amparo de sí mismo, lo era todo, era todo para sí misma, nada podría hacerle daño mientras permaneciera en esa posición. Reabrió los ojos y pensó: No te muevas, eres feliz»,

a su padre, de quien se cuenta entre párrafos algo de su historia que pareciera justificar el crimen, un aparte del relato que no se cuenta del todo, solo lo suficiente para justificar la acción y la venganza. O de pronto los ojos miran al pequeño hermano de Nina, víctima de las acciones de sus mayores. O son parte de ese diálogo nervioso que mantienen los tres hombres armados mientras avanzan hacia la casa, escena que, a la manera de los relatos de Capote, oscila entre la violencia y el sentimiento de horror por lo que está pasando.

La segunda parte ocurre muchos años después y es el reencuentro con la Nina adulta. Lo que sucede entonces pone en movimiento todo el despliegue de un Baricco más vinculado al autor de Seda.

No es la atmósfera ni es la historia de Sin sangre lo que seguramente rescato, es nuevamente es esa capacidad que percibo, como escritora en otro escritor, de construir un relato sin fisuras y con un final que no clausura. En esta novela, además, ese final es una imagen.

La misma imagen, casi como una fotografía de la Nina niña que se repite en la Nina adulta, recogida en sí misma como si nunca hubiera sido capaz de olvidar aquella posición corporal:

«Alineó los pies hasta notar las piernas perfectamente acopladas, los dos muslos suavemente unidos, las rodillas como dos tazas en equilibrio la una sobre la otra, los tobillos separados por un suspiro».

«Mis libros son muy físicos» -expresó Baricco en una entrevista que le realizaran en el marco de la Feria Internacional del Libro 2018-. «Me gusta pensar que se leen como pasando las manos por cada palabra…».

Y eso sucede con esta lectura. Frente a la Nina niña, se debe contener el impulso de intervenir para sacarla de esa situación o de abrigarla en ese encierro forzado y tenebroso, quizás cantándole una canción de cuna para que al dormir se libre de oír lo que está sucediendo más arriba. La imagen recuerda al pequeño de La vida es bella, también escondido por su padre como en un juego, para preservarlo en su inocencia y alejarlo de lo incomprensible. En el caso de Nina, el horror de ese momento será una huella que la marcará para siempre.

Las reseñas de esta novela señalan que trata de una «venganza sin sangre» (de ahí el título del libro). La venganza es el móvil de la primera parte, pero percibo algo más que esa satisfacción en el último acto de Nina, que puede leerse hasta como un castigo. Simplemente hay dolores que son imborrables y Nina regresa al pasado para concluir aquello que no se realizó esa noche: el deseo de un roce, de la sugerencia por el cruce de miradas, por una acción salvadora que no se produjo. Por eso regresa a ese ningún lugar, solo con un gesto de su cuerpo. Porque no siempre es la sangre la que da cuenta de una herida. Y ella, Nina, lo sabe.

 

 

Sin sangre -según relata el mismo Baricco a modo de epígrafe al final de su novela- fue escrita en Boston, durante el tiempo en que fue huésped del Isabella Stewart Gardner Museum de esa ciudad y fue publicada en Italia en 2002. Además de escritor, Alessandro Baricco es director de cine y de teatro. Tanto de esta novela, como Seda y Novecento se hicieron adaptaciones dramáticas en distintos países. En el nuestro, se destaca el «El viaje de Hervé», una versión libre de la novela Seda, que recibió el Premio Nacional Javier Villafañe, Premio Mayor – Mejor espectáculo para público adulto en el 2014.

 

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Escritora Argentina

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María Claudia Otsubo