LUCIA BERLIN

 

Antes de prestarlo a una excelente amiga escritora –que además devuelve los libros que le he pasado, la amistad también trata de estos detalles–, escribo sobre lo que me ha provocado la lectura de Una noche en el paraíso, de Lucia Berlin.

Como dejé asentado en la primera hoja en blanco, de la edición que tengo de Alfaguara, llegué a esta autora sin buscarla y sin saber nada de ella. Tenía que cambiar un regalo, impulsada por el prejuicio que me provocaba quedarme con una novela de otra autora best-seller, de la cual no he leído nada, debo admitir porque quizás valoro demasiado mi espacio dedicado a la lectura….  Así que llegué a la librería de cadena, bolsa con moño dorado y el deseo de que no hubiera ningún problema con el cambio. ¡Qué emoción  produce ese breve instante de zambullirse en las mesas donde esperan cientos de títulos, nuevos, reediciones, obras completas! Por unos minutos, dejé que la mano se deslizara con lentitud por una y otra tapa. Cada tanto, me detenía en alguna reseña, en la lectura de una solapa. Hasta que mis dedos se toparon con Berlin.

Lucia Berlin, escritora de EE.UU., nació en 1936 y murió en 2004. Como bien señala una nota que publicara Eterna Cadencia en 2018 (https://www.eternacadencia.com.ar/blog/contenidos-originales/youlit/item/lucia-berlin-en-primera-persona.html) la foto de solapa y la que acompaña la mayoría de sus libros la muestran joven, parecida a una actriz de cine. El sitio ofrece una serie de documentales, vale la pena. Tal vez fue esa foto la que me decidió, en ese sentido, ha dado resultado el esfuerzo de marketing de la editorial. Pero ella es mucho más que eso.

El texto se compone de 22 cuentos, un prólogo y un apunte en el cierre sobre la autora, más agradecimientos. Destaco que el prólogo es de su hijo, Mark, quien así describe en una hermosa primera línea a su madre: «Lucia, bendita sea, era una rebelde y una mujer con un arte extraordinario, y en su día su vida era un baile».

De inmediato la lectura me atrapó porque su escritura es tan deslumbrante como inagotable.  La sensación fue de comenzar a navegar por un río torrentoso. En alguna orilla me había trepado a una barca y sin darme cuenta, me iba trasladando, sin ninguna posibilidad de detenerme, con vértigo por las curvas y contracurvas, por el misterio, por la sospecha,  con curiosidad y con cautela al mismo tiempo. Porque todo sucede allí, en esos relatos que tienen lugar en el sur de su país, en Nuevo México, y también en Santiago de Chile y en Nueva York. Y desde mi barca, Berlin me invitaba a ser testigo de sus relatos:  mujeres, casi niñas, madres; de las parejas y el silencio del hombre; del polvo y la tierra árida que penetra por la nariz, que se toca;  de la incomprensión; de la soledad, del alcohol siempre; de la droga también y del jazz. Esto sucede, así es el pueblo, así son estas personas que me rodean, parece decir Berlin a medida que cuenta, y uno se deja conducir, asistiendo con naturalidad a la desnudez, a la perversión. No hay erotismo manifiesto, no hay violencia expuesta; sin embargo, todo eso sucede; a veces incluso por debajo de nuestra barca, entonces es la zozobra como sucede al divisar una piedra en el cauce de un río, que nos hace estar atentos, despiertos, para no chocar. Algunas reseñas han señalado que así fue, en verdad, la vida de Berlin, su mismo hijo lo cuenta de algún modo en el prólogo. No me interesa el punto, en tanto ella tuvo la capacidad de escribir mucho más allá de su propia experiencia personal, describiendo como en una pintura, personajes, paisajes y sentimientos, transitando, como en Perdida en el Louvre, con ojos abiertos la existencia.

Recomiendo su lectura (aun y a pesar de su incomoda traducción) conocerla, ahondar en esta escritora que como bien señala Elizabeth Geoghegan para The Paris Review: «… Siempre me he preguntado por qué el mundo ha tardado tanto en descubrir a Lucia Berlin».

 

 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

María Claudia Otsubo