La emoción en suspenso

La emoción en suspenso

Sobre la lectura de Bailarinas y “La bailarina de Izu”,

de Yasunari Kawabata

I

 

Acabo de finalizar Bailarinas de Yasunari Kawabata, publicado por Emecé, con traducción –una muy bella traducción por cierto– de Amalia Sato y Mami Goda.

Me permito, para comenzar, la libertad de tomar una nota del Prólogo (que escriben las traductoras) como la mejor síntesis de esta obra. Transcribo solo estas líneas, pero vale la pena leer este texto introductorio:

«Curiosas son las observaciones de Yukio Mishima, amigo y admirador de Kawabata, que constan en una nota epílogo en la primera edición. Opina que es una novela donde los personajes aparecen, nos intrigan y desaparecen sin que ninguna relación se desarrolle».

 

Con el tránsito impregnado de sensualidad, de Namiko y su amante, se inicia esta novela. Serán ellos los que luego, al finalizar, seguirán en tránsito, entre ruinas, sin ir hacia ningún lugar, sin que termine de suceder nada, completando de algún modo un círculo en el que la mujer, Namiko, cautivadora y misteriosa apenas nos ha dejado entrever algo de su intimidad, y mucho de su profunda melancolía.

«Tokio, el sol se ponía a las cuatro y media a mediados de noviembre.», esa primera y sintética línea resume el clima en el que nos sumerge Kawabata.

Es difícil escapar a la oscuridad cuando el sol abandona tempranamente el horizonte en invierno. Y esa línea enseguida me trajo el recuerdo de un viaje a Irlanda en noviembre y a esa opresión que me provocó la noche temprana e imprevista, la falta repentina de la luz, a cómo mi corazón se hundía de pronto en una profunda desazón mientras el cuerpo hacía el esfuerzo para seguir adelante, al frío o la persistente lluvia.

Matsuo Bashō lo escribe en un bellísimo haiku

Flores de cerezo en el cielo oscuro
entre ellas
la melancolía florece

Aún cuando está muy alejado de ser un haiku, encuentro su similitud en esas pocas palabras del inicio de esa novela.

 

Namiko es una dedicada bailarina. Su academia de ballet clásico occidental es una más de las tantas que comienzan a proliferar en Tokio, pero la suya conserva el prestigio y la distinción de las más antigua; ella misma es también un . Sin embargo, tanto ella como su instituto han quedado sumidos en el pasado. Su hija, Sumiko, bailarina también, como su madre no logra romper, durante el relato, ese lazo de lo que ella también pudo haber sido.

Namiko aún vive con su esposo Yagi El matrimonio se desintegra, Namiko lo sabe:

«Al recordar esos diálogos (dice Namiko), sintió compasión por la joven que fue y su rostro se bañó de lágrimas[…]. Enseguida el rencor y la degradación le mordieron el corazón. Prometió que sería la última vez, trató de grabarse ese voto y a la vez disculparse a sí misma. Pero en veinte años nunca lo rechazó, nunca lo deseó. Era algo tan misterioso el abismo entre hombre y mujer, esposo y esposa, tan terrible la diferencia. La humildad y la timidez femeninas, la docilidad, marcas de la mujer japonesa atrapada por la tradición».

Y mantiene un vínculo de muchos años con Takehara, su amante: «…el gesto de Takehara se volvió un abrazo suave que le permitió sentir los latidos violentos de su corazón. Ni la rozaba, pero los sentía».

A su vez, sus hijos, ya grandes, testigos del clima opresivo que une a sus padres, experimentan sus propios vínculos amorosos, ambiguo en un caso, irrealizable o idílico en el otro; ambos incapaces de reconstruir su futuro, como una paradoja del Japón de posguerra ¿Será necesario entonces emigrar para cumplir los sueños?, se pregunta Takao.

 

Mientras tanto, el afuera: un Japón de posguerra y la permanente referencia a lo artístico como lo añorado, lo que ya no puede volver a repetirse: «…Recuerdo lo espléndida que fue la obra Manos de Buda que ideó para su esposa hace ya tiempo…».

Novela de lo efímero y lo simbólico; de los costumbres y el silencio. La única conversación posible parece ocurrir en los trenes, de un sitio a otro, en movimiento. Allí surgen los diálogos entre padre e hijo, entre madre e hija, entre los amantes. Como si otro espacio, el de la familia o la pertenencia, no los habilitara a comunicarse.

Se señala que Bailarinas se vincula con la primera obra consagratoria de Kawabata, “La bailarina de Izu”. Señala el mismo prólogo:

«Agreguemos que Bailarinas funciona también como un espejo empañado de la primera obra consagratoria […], pues en ambas la península de Izu y la ciudad de Shimoda son los destinos finales del relato. Lugares cargados, por otra parte, de mucha simbología, pues fue el puerto de Shimoda uno de los que debió abrirse a Occidente ante la presión de los navíos negros del comandante Perry».

 

II

 

La bailarina de Izu es el primer cuento publicado por Kawabata en 1926 (tenía entonces 27 años). La primera traducción en castellano fue en 1969.

Lo leo a continuación de Bailarinas, intrigada por la imagen que se plantea más arriba: «espejo empañado».

Enseguida pensé en vidrio esmerilado de Saer. No es tan errada mi asociación. ¿Hay similitud en el modo de narrar de Saer y el escritor japonés?

Hay un pdf en la red que recomiendo leer: “Yasunari Kawabata: La existencia y el descubrimiento de la belleza”, que contiene Extractos del ensayo leído (por YK) en la Universidad de Hawái, 12 y 16 de mayo de 1969.

https://bibliotecaignoria.blogspot.com/2012/06/yasunari-kawabata-la-existencia-y-el.html

« No obstante, aunque se suponía que empezara mi charla con una referencia a La historia de Genji, he comenzado a hablar sobre unos vasos en un restaurante. Sin embargo, aun cuando he estado hablando de vasos, siempre, tenía en mente La historia de Genji. Esto es verdad, aunque algunos no comprendan lo que digo o yo no pueda lograr que me crean. Además, he hablado demasiado y tediosamente acerca de estos vasos. Esto también es un signo de la crudeza de mi literatura y mi vida, y muy característico en mí. Por tanto, hubiera sido realmente mejor si hubiera empezado con La historia de Genji. Hubiera sido mejor si yo hubiera captado el resplandor de los vasos en unas pocas palabras: en un haiku de diecisiete sílabas o en una tanka de treinta y una sílabas. Pero también tenía el deseo intenso de plasmar ahora, con mis propias palabras, mi descubrimiento y experiencia de la belleza de unos vasos resplandeciendo a la luz matinal. Por cierto, puede muy bien haber una belleza similar a la de los vasos en cualquier otro lugar, en otra tierra o en otro tiempo y, sin embargo, ¿no podría ser también cierto que en otra tierra y en otro tiempo quizá no haya una belleza precisamente como ésta? Por lo menos, como yo no la había visto hasta ahora, quizá podría decir que era «un encuentro único en mi vida» (ichigo ichie)».

Regreso al vidrio esmerilado – espejo empañado. Aunque son dos imágenes diferentes, se sostienen en lasimilitud en lo siguiente: ambas no permiten ver con exactitud; en el primer caso, lo que hay del otro lado; en el segundo, lo que se refleja.

En este extracto (pdf), Kawabata recurre al haiku -uno propio y luego referencias a  Takahama Kyoshi (1874-1959),  Kobayashi Issa (1763-1827), y a Bashô.

Y pienso, ¿no es justamente ese movimiento, el de intentar ver detrás de las palabras, aquello que no se dice del todo, o manifiestamente, en esa composición medida, condensada en una imagen, a la vez tan poética, como es un haiku?

Es cierto, La Bailarina de Izu es un relato que corresponde a un escritor joven, no desencantado aún de la realidad, como le sucederá más tarde por la pérdida de lo bello o de lo perdido, y está contenido en la novela escrita mucho más tarde.

Pero, en definitiva, ¿no trata de eso la obsesión del escritor, por esos temas que lo conmueven?

En el caso de Kawabata, es la belleza, y ante ella se inclina emocionado.

 

 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

María Claudia Otsubo