La isla

 

LA ISLA

Cuando aquel día las nubes cayeron del cielo y como un manto de alabastro cubrieron todo el pueblo, los hombres suspendieron sus trabajos y corrieron a abrazar a sus mujeres y a sus hijos.

Después llegó un viento intenso, casi como un ciclón, que bajó desde las colinas arrastrando a su paso las poderosas nubes. Recuerdan que fue entonces, al abrir las ventanas de las casas, que recortada contra el horizonte, la descubrieron.

Como un barco abandonado arrastrado por la corriente, en medio del mar, frente a la costa, flotaba algo parecido a una isla. Pronto la oscuridad de una noche sin brillo de luna desdibujó sus formas, pero no los comentarios y las suposiciones que hasta altas horas mantuvo inquieto al pueblo entero.

También Kotaro, desde su cama, desvelado por las historias de los mayores, imaginaba cómo sería esa nueva tierra, cómo sería llegar hasta sus playas y ser el conquistador de una isla tan fantástica.

Por eso, al día siguiente, mucho antes de que las estrellas abandonaran el firmamento, se había levantado y, casi como un ladrón, había salido de su casa. Ya en la calle, como si en vez de pies tuviera alas, había casi sobrevolado el camino sinuoso que lo llevaba hasta el muelle.

Todavía no había clareado cuando, de un salto, trepó por la popa del Maruta y, con bastante esfuerzo, soltó la gruesa amarra. Unos perros comenzaban a ladrar y algunas luces a encenderse en las ventanas.

Kotaro supo que debía apurarse, y tomando una de las palas se sentó sobre el tablón para empezar a remar. Hasta ese momento nunca antes había intentado manejar por su cuenta un bote; siempre era su padre quien maniobraba la embarcación y solo, tan solo algunas pocas veces, le había permitido que lo ayudara.

Los primeros intentos fueron los más difíciles. La proa se mecía hacia un lado y hacia el otro sin terminar de despegarse del muelle, golpeando en cada vaivén la escollera. Pronto, sin embargo, logró concentrar el esfuerzo en sus brazos y los remos adquirieron el ritmo necesario para avanzar en una misma dirección.

Los brazos del muchacho –casi un niño‒ subían y bajaban con la voluntad de un remero experimentado. Como un cuchillo, las palas de madera tajeaban la superficie del agua dibujando un surco que iba alejándolo de la costa, mar adentro.

El trayecto no tendría que ser demasiado largo, pensaba Kotaro con cada nuevo impulso. Si casi se la toca con la mano, había escuchado decir a los pescadores. Ahora ni ellos podrán alcanzarme ‒se alentaba, contento‒. Nadie podrá llegar antes que yo a la isla.

Kotaro remaba y remaba. El sol había asomado su redondez de fuego en el horizonte y creaba reflejos dorados en las ventanas del pueblo. El niño ‒casi un muchacho‒ imaginó el despertar de la cocina de su casa y tuvo hambre. Al recordar la cara de su madre, sintió algo parecido a una puntada en el pecho.

Mientras tanto, el padre de Kotaro ya se había levantado y como el resto de sus vecinos no hacía más que observar el nuevo horizonte y pensar en esa isla. Sin reparar en la ausencia de su hijo, casi atragantándose con su tazón de arroz por la urgencia de llegar a su bote, bajó las escaleras y salió de su casa.

Apenas unos pocos pasos había dado cuando un grito de su mujer lo hizo volver la cabeza.

— ¡No está Kotaro! ¡Kotaro no está en su cama!

Apenas miró a su mujer y comprendió. Por eso, apenas la esperó para comenzar a correr hasta el muelle. Los que lo veían pasar, se fueron sumando a su carrera y enseguida era casi todo el pueblo que se había amontonado frente al mar.

Así creyó adivinarlos el niño desde su bote, antes de dirigir los remos hacia el lado oculto de la isla.

Dicen que en ese momento, un resplandor cayó sobre el muelle velando los ojos y que, al abrirlos, miles de pequeñas mariposas amarillas revoloteaban sobre sus cabezas y que eso los distrajo por varios segundos hasta que se escuchó el grito: ¡Kotaro ha desaparecido! La isla había desaparecido.

De inmediato, los hombres se lanzaron sobre sus botes y comenzaron a remar. El padre de Kotaro iba en primer lugar, a la cabecera, braceando con todas sus fuerzas, sin tratar de pensar, sólo concentrado en avanzar.

Pero no había adónde llegar, no había adónde anclar los remos. El mar parecía aún más extenso esa mañana y los botes, como una imagen a destiempo de la isla, permanecieron varias horas girando sobre sí, sin encontrar ningún rastro de ella.

Dicen que fue varios años después cuando se construyó la escultura, de dos figuras en una sola, de un niño-un muchacho, en honor a su recuerdo.

Y que esa isla, en realidad nunca existió.

Aunque cada tanto, al atardecer y después de una gran tormenta, aparezca brillante y tentadora, flotando como un barco olvidado, en medio del mar.

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María Claudia Otsubo