Hay que matar al padre

Sobre Adiós Hemingway, de Leonardo Padura Fuentes

Ediciones UNIÓN, Ciudad de la Habana, 2001.

 

Hay que matar al padre.

Estas pocas palabras, más o menos así enunciadas por Freud, comenzaron a resonar de inmediato y a medida que avanzaba por la novela de Leonardo Padura Fuentes, Adiós Hemingway. Desde que comencé su lectura, no pude abandonarla. Sólo, como sucede con los libros que se disfrutan, fui demorando el momento del final, estirando las últimas líneas para permitirme saborear, en esa frescura repentina que me traía la tarde, la cadencia de las olas desde ese malecón de Cojimar.

Recuerdo que cuando inicié la novela, estaba escuchando a Omara Portuondo, por pura casualidad porque aún no sabía, cuando elegí la música que me acompañaría desde temprano, que ese mismo día iba a tener entre mis manos esta novela.

Y había avanzado unas pocas líneas cuando me detuvo esta imagen:

«Sentado en el muro, con los pies colgando hacia los arrecifes, disfrutó la sensación de hallarse libre de la tiranía del tiempo…».

La pausa tuvo dos razones: la motivó la imagen, vinculada de inmediato con mi propia relación personal con ese paisaje marítimo; y la causó Ibrahím Ferrer quien, junto a Omara, había empezado a cantar Silencio. Solo había avanzado unos párrafos en el relato, pero la demora impuesta fue definitiva, era la suspensión por el deleite de lo poco ya leído y de lo que ya se anticipaba. Luego, además, comprendería que había sido premonitoria: me había colocado en un escenario en el que, como el Conde, regresaría antes de finalizar el relato, con melancolía: un malecón frente al mar.

Confieso que no conocía nada de este autor nacido en La Habana en 1955. Enseguida Google me desasna, pero no me consuela. La novela que tengo entre manos es de 2001 y cierra un ciclo de otras tres publicadas entre 1990 y 1997. Vale recordar que tiene varias más, como también ensayos, cuentos y numerosos premios. ¿Cómo es que no he sabido antes de él?

Miguel Conde reaparece, ya como policía retirado, para investigar sobre un crimen que podría haber cometido Hemingway durante el tiempo en que ese escritor vivió en Cuba. Acabo de participar en las Jornadas Ricardo Piglia en Buenos Aires y entonces el vínculo se establece enseguida entre Conde y el comisario Croce, ambos devenidos en detectives, a su modo y con esa nostalgia que también arrastran otros comisarios literarios. Ambos escritores han participado en la Feria del Libro de Madrid, sus novelas se emparentan en congresos y seminarios; las ventanas se abren en el buscador a un universo atrapante. No puede ser de otro modo cuando se piensa la literatura.

Pero me resisto a esa investigación porque quiero regresar a la referencia de Freud (demás está decir que hay mucho escrito sobre esta cita, sobre todo por Lacan, en un derrotero del que también me aparto). Lo que leo en Padura Fuentes, en esa relación que establece para construir su relato con el legendario escritor, me enternece. Conde se debate entre dos sentimientos. Por un lado aquel que encierra la admiración por Hemingway; por eso es capaz de reconocer que el mejor homenaje al escritor es ese busto de bronce solitario, construido por los pescadores en la desolada plazoleta de Cojimar. Dice Conde: «…para ellos había muerto un camarada, algo que Hemingway no fue ni para los escritores, ni para los periodistas, ni para los toreros o los cazadores blancos del África, ni para los milicianos españoles o para aquellos maquis franceses…».

Por el otro, el sentimiento de desilusión alimentado por las acciones de ese mismo hombre que ha venerado: «El Conde sentía una extraña intranquilidad. Todos sus prejuicios y deseos de descubrir la culpabilidad de Hemingway habían caído en el pantano de su memoria…».

Ambos sentimientos son genuinos, ateniéndome al relato que propone Padura, y entonces a lo que dice el Conde, que está empeñado en descubrir sobre todo la verdad: «…Yo adoraba a ese hombre y ahora me cae como una patada. Pero la verdad es que no lo conozco. Es más, creo que nadie lo conoce. Déjame averiguar quién era: eso es lo que quiero…».

Es solo derribando el mito, parece decirse en esta novela, que podrá surgir el gran escritor. Destruyendo el mito, como cuando se mata al padre, sin omitir sus errores, por el contrario, rescatándolo aún más por ellos. Esta es la tarea que se le imponía a Conde, y era una labor solitaria: «No era imprescindible ser policía, detective privado y ni siquiera escritor para darse cuenta que a nadie, en aquellas calles, debía importarle si Hemingway había matado o no a un tipo empeñado en joderle la existencia…».

Entonces, ¿por qué lo intenta? El mismo Conde lo cuenta. Lo cito e intervengo:

«Entonces comprendía que su amor por aquellos objetos

(los libros son su pasión y Conde se encuentra en la Biblioteca en ese momento)

gracias a los cuales ahora vivía

(Conde se ha convertido en un escritor)

y de los que a lo largo de los años había obtenido una felicidad diferente a todas las otras modalidades posibles de la felicidad, eran una de las cosas más importantes de su vida, en la cual cada vez quedaban menos cosas importantes

(Conde se siente cansado, ya ha vivido),

y las empezó a contar: la amistad, el café, el cigarro, el ron, hacer el amor de vez en cuando –ay, Tamara, ay, Ava Gardner—

(no puedo omitirlas al transcribir la cita, ellas son imprescindibles)

y la literatura. Y los libros, claro, sumó al final».

(¿No son estas las cuestiones que había elegido también Hemingway?).

 

¿Qué cosa es un escritor sin obsesiones?, se pregunta también Conde. Ya Padura lo había anticipado en el prólogo: «… y el escritor que de inmediato vino a mi mente fue Ernest Hemingway, con quien he tenido por años una encarnizada relación de amor-odio. Pero, al buscar el modo de enfrentar mi dilema personal con el autor de Fiesta, no se me ocurrió nada mejor que pasarle mis obsesiones al Conde…».

Son muchas más las cuestiones que me van surgiendo a medido que armo este texto. Regreso a Freud quien también escribió que los poetas poseen la osadía de dejar hablar en voz alta a su propio inconsciente. La poesía, también decía el poeta ruso Joseph Brodsky, es el medio de supervivencia de la lengua.

Es cierto que he estado ante una novela. Y si me atengo a la estructura de escribir en verso, no estoy cerrando un poemario. Pero no hay dudas que en este camino del aprendizaje, me he cruzado con un poeta. Porque Padura Fuentes es esa clase de escritor capaz de articular en el entramado de las palabras, algo más que un sentido. Es esa clase de escritor que sabe hacer literatura, aquella capaz de modificar la vida de los lectores.

 

María Claudia Otsubo, agosto 2019.

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María Claudia Otsubo