ENTRETANTO

La nueva novela de Eugenia Limanski, Entretanto, se inicia con dos preguntas retóricas, que pueden leerse con la cadencia de un poema. Ellas nos revelan que algo se ha perdido, unos colores, un amanecer, un espacio que alguna vez existió. Quien nos cuenta parece saber que así fue, pero sin embargo es incapaz de entender cuándo aquello ocurrió. Unas líneas después, la voz ya interpela de modo directo: ¿Qué es lo que estoy viendo ahora? Son palabras que surgen casi como un grito desesperado intentando comprender qué está sucediendo. La imposibilidad se fija en la mirada, son los ojos los depositarios de esa incapacidad de reconocer el presente.

La certeza de quién se plantea estos interrogantes llega recién varios párrafos más adelante cuando leemos: Nunca me gustó un lugar como este, espero estar confundida. Hasta ese momento solo sabemos que alguien postrado de pronto ha despertado en un lugar desconocido y, como lectores, solo podemos intuir, del mismo modo qué lo hace quien narra, sin terminar de comprender.

Desde esta instancia paralizada, la única voz que comienza a escucharse es la de la memoria. La memoria es el refugio que encuentra la voz acallada. Los pensamientos se narran a partir de ella y en ella (en la memoria) también se articulan los recuerdos. Es la memoria la voz del relato, pero no como una confesión, sino como el único modo de poder seguir existiendo.

Lo hace a través de la narración de los propios recuerdos y también con historias, breves, casi pequeños cuentos que se van enhebrando, como en un viejo telar de mano, con morosidad. Serán historias sin final o sin cierre; solo estallidos de la memoria y esa necesidad de contar para poder sostener que algo permanece cuando ya no queda nada.

Pero quién realmente está narrando ¿es la mujer postrada, o es otra que cuenta? ¿o son las dos en un juego de desdoblamiento permanente?

Cito:

Siento como si de pronto fuera otra la que dice de mí algo así como: “Rebota en los huesos el pensamiento en diálogo con el alma misma”.

(La recurrencia a Platón para poder decir, ella, la que está incapacitada para hablar, que solo es el alma la que puede conversar).

Y más adelante insiste:

A veces hablaba sin saber si podría oírme, o, si me oía, sin saber si comprendía lo que decía.

 

No hay respuesta para estas cuestiones ni se busca resolver esta díada en la narración. Al lector no le queda más remedio que asistir al juego de una ella y de una otra, pensadas sobre sí, agitadas, sostenidas, ancladas en esa inmovilidad y, al mismo tiempo, liberadas por el fluir de la palabra.

 

Cuando comenzamos a leer un texto se pone en funcionamiento la maquinaria propia de lectura, la red intertextual, aquel bagaje que hemos ido acumulando por las distintas y otras lecturas. Este intercambio no solo se produce cuando ponemos en marcha la operación de leer, también sucede frente a la música, a la pintura. Si pudiera graficarlo, imagino un destello capturado en una palabra, un color o una melodía. Un brillo que no opaca ni vela; por el contrario, esa luminosidad hace que mi mirada se detenga y ponga en movimiento el entramado intertextual. Como “lectores en tránsito”, como alguna vez se autodefinió Roberto Ferro, atentos a las señales, intuimos y comprendemos a partir de la propia experiencia y el recorrido de lectura.

Pero eso solo ocurre, si lo que estamos leyendo o admirando produce esa luminosidad. Si no, pasa desapercibido y se pierde, como tantas otras cosas.

Ese es para mí, el valor de una obra.

De una buena obra.

Es, por lo tanto, un elogio a la lectura de Entretanto, que mi mano no dejara, a medida que avanzaba, de hacer marcas en los márgenes al percibir destellos.

Y debo confesar que, desde el inicio, hubo una marca que no pudo borrarse; persistente y obstinada, me acompañaba a medida que avanzaba por la lectura de Entretanto. Me refiero a Clarice Lispector, en particular a su novela La pasión según G.H.

Aquí tampoco (en Lispector) sabemos demasiado sobre la protagonista (apenas que es escultora y que vive en una posición acomodada en Río de Janeiro); una mujer que entra al cuarto de su empleada –un cuarto al que no suele ir, un espacio distinto dentro de un departamento en el que predomina con obsesión el orden– y encuentra allí una cucaracha; en un rapto de asco y de cobardía la aplasta, pero el insecto no muere del todo. En ese acto que las vincula, ambas, mujer e insecto, quedan vivas, petrificadas, y desde esa parálisis se contemplan, sin posibilidad de escapatoria. A partir de ese instante, casi diría vital, es que Lispector conjuga la inmovilidad física y la introspección, un pensarse desde afuera hacia adentro para encontrarle un nuevo sentido a la vida, una suerte, en el caso de su novela, de camino espiritual: Estoy pidiendo socorro, grité entonces de repente con el mutismo de aquellas personas cuya boca se llena gradualmente de arenas movedizas, estoy pidiendo socorro, pensé inmóvil y sentada.

Por otro lado, la mujer construida por Lispector, se dirige a un tú. Un tú amoroso, como una mano tendida a un afuera para poder seguir narrando: Ese esfuerzo que he de hacer ahora para dejar subir a la superficie un sentido, cualquiera que sea, ese esfuerzo se vería facilitado si fingiese escribir para alguien.

En Entretanto, la mujer postrada también se dirige a un tú, un “usted” al que asirse para poder deshilvanar los recuerdos. ¿Somos quizás los lectores esos destinatarios?, marcaba en el margen vinculando cada texto.

Encontré en ambas narradoras, además,  un mismo registro de voz, aquel que surge de la introspección. Y ese fue el destello fundamental, como si de pronto se hubieran enfrentado dos espejos y ambos reflejaran entonces por igual una misma luz: porque no hay otro modo de contar sino desde esa oquedad.

Me resultó paradójico que “oquedad” esté definida en el diccionario como “la insustancialidad de lo que dice o escribe” (se brinda un ejemplo: “la oquedad de un discurso”). La segunda acepción de la palabra, sin embargo, era más cercana a lo que necesitaba expresar y remite a la materialidad: “al espacio hueco dentro de un cuerpo sólido”.

A las mujeres de Entretanto y de La pasión según G.H., en las que la materialidad cobra la dimensión del mismo cuerpo, les corresponde por completo esta definición. El espacio no es el afuera, no es esa habitación blanca en la que nada parece estar sucediendo; el espacio son ellas mismas. Cito en Entretanto:

Hay un pequeño hueco dentro de mi cuerpo que parece dar lugar a la creación de mis manos, con formas, y ahora busca saber cómo llenar con palabras el balbuceo que se agita en mi interior.

¿Cuál es esa creación?

Para la mujer de Entretanto, son los hijos, la escultura, los amigos, los amantes; instancias a las que la mujer regresa como un modo de reconocerse viva. (y es una mujer, ya no hay dudas, por ese cuidado tan femenino, que pongo en valor y destaco como distinción feliz de género, por esa proliferación de gratuidades amorosas que solo puede experimentar una mujer con lo que la rodea). Pero, sobre todo, y vuelvo al inicio de esta reseña, está la memoria.

No hay límite para ese espacio que se torna más y más intenso.

 

Cito:

En ellos nos sumergimos una y otra vez. Los márgenes inestables entre lo vivido y lo imaginado se hacen menos nítidos…

Como lectores tampoco podemos estar seguros de esos márgenes, no sabemos. Ella misma no sabe y se entrega a esa suerte de collage (la palabra se repite con insistencia a lo largo del relato) de los recuerdos para armar el cuadro.

Las imágenes son poderosas, casi escenográficas. Imágenes que se asoman y se despliegan como en un escenario confuso, nos dice.

Imágenes de ensueño, de una memoria en suspenso, en estado de latencia que evoca encuentros de plenitud, de pura sensualidad, de bienvenido erotismo. Reminiscencias de Las mil y una noches en los roces de los sexos, en los besos, en esos encuentros donde prevalece el sentido cuando los cuerpos se entregan al goce.

Se señala:

Las paredes blancas, la inmovilidad del cuerpo se tropieza con el vértigo de la memoria, sigo en sus territorios…. Tanto mi escritura como las imágenes son el fluir del movimiento, afirma como un oxímoron que se repite si fin, la mujer postrada.

 

La escritura de Entretanto es por momentos poética, (lo mencioné en el inicio) y por lo tanto conmueve, pero nunca deja de ser urgente; en un devenir de la palabra que se pliega y se despliega incesantemente, en un deambular como condición de vida.

La lectura de Entretanto no es fácil. Requiere de pausas, las necesarias para dejarse atravesar por las sensaciones.

Y me he detenido más de una vez mientras leía, mi mano sosteniendo el trazo de una línea, los ojos observando el vacío, conmovidos, para luego regresar a la continuidad de las hojas, intentando comprender, emocionada; para asistir a ese último juego que nos propone Limanski en el final. Ya no es el de la infancia, es un juego en un lugar totalmente desconocido para todos, que también hemos estado inmersos en esa oquedad, en ese “entretanto” que pareciera ser el lapso de tiempo que media entre dos sucesos vitales: el nacer y el morir.

Para finalizar, he vuelto a esa cuestión que me ha interpelado ¿Qué estoy viendo ahora?  Una pregunta que se disemina en su significado con la cita de Borges, elegida por la autora para acápite de su libro. Y me detengo en las últimas palabras: … todo lo que realmente me pasa me pasa a mí.

María Claudia Otsubo – 3 de septiembre de 2019 – SADE

 

 

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