El buen y arduo oficio de escribir

Sobre Herejes, de Leonardo Padura

En esta mañana de finales de septiembre, salgo a caminar escuchando a Creedence. Hace frío, mucho más del que imaginaba, tal vez engañada por el calor que me acompañó, sobre todo en las últimas horas, mientras recorría una vez más junto a Conde las calles de La Habana. Dejo esta mañana que mis pies me lleven por las calles conocidas, cotidianas, con la mirada de quien regresa de un viaje, extrañada.

Siempre es difícil regresar de una travesía, inclusive –y ni más ni menos – si ésta ha sido literaria. Y por eso, busco el refugio del sol para sentir su calor y prolongar de algún modo su permanencia dentro de mi corazón.

La música me ayuda, pero no del todo. Creedence me vincula más al recuerdo de mi primer baile a los catorce años y Proud Mary, al contrario de la opinión de Conde, me gusta mucho más en la versión de Tina Turner.

La luz de la mañana, sin embargo, se cuela de pronto entre los claro oscuros de las pinturas de Rembrandt y esa luminosidad, no buscada voluntariamente (como así lo ha sido la música o el refugio del sol), es lo que me permite pensar en este libro que acabo de leer: Herejes.

Escribo sobre el texto, voluminoso, intenso, por esta necesidad de correspondencia sin destinatario. He buscado algún modo de conectarme con Padura y, entonces, caigo en la cuenta, de que ¡el hombre vive en Cuba! Si es que no viajo allí, y espero hacerlo en breve, ¿cómo voy a comunicarme con él on-line? Creo que es imposible.

Por eso, esta reseña es una botella lanzada desde las orillas de mi ciudad hacia aquella otra bañada de mar Caribe. Unas notas, apenas unos intentos de capturar el resto que queda luego de la lectura.

Y por, sobre todo, la certeza del escritor y su oficio. Solo quien así se asume, comprometido con él mismo en su vocación de narrador, además de librepensador, porque no deja de ser nunca un cubano, puede alcanzar como resultado un texto que en su extensión no pierde fuerza, con recursos que no son originales ni propios (investigación, trabajo sobre hechos reales, saltos en el tiempo), pero que Padura logra articular con maestría, cautivando así desde la primera página. No en balde, es uno de los mejores escritores latinoamericanos contemporáneo.

El libro se abre con tres acápites; los tres de una intensa profundidad y sobre los cuales Padura reflexionará a lo largo de todo el texto. También se presenta el significado de la palabra “Hereje”, con resaltados en negrita por el autor, que también serán una marca importante de lectura.

No quiero escribir sobre la trama, que podría si lo hiciera, resumirse en dos líneas. No es necesario y no hablaría sobre ella en esta conversación imaginada (o deseada) que tengo o tendría con Padura. Con él conversaría de otras cosas, pero fundamentalmente sobre esto que me ha conmovido, el oficio de escribir; esa voluntad (que me ha movilizado) persistente para articular con tanta precisión las palabras, con esa intencionalidad de contar la verdad, cruda y desgarradora, con levedad, sin pontificar, porque de eso se trata –sé que piensa y cree Conde–, que es al mismo tiempo tan necesaria para permitirnos seguir adelante con la vida, para olvidarnos por un instante de eso que hemos leído al inicio en la sentencia rabínica elegida por él mismo: quienquiera que haya reflexionado sobre estas cuatro cosas, mejor había hecho no viniendo al mundo…

Por eso la muerte, la pérdida –insondables y crecientes pérdidas– como también la amistad, el amor, la vejez, la melancolía.

Y frente a todo eso, la escritura como la posibilidad de ser un poco más libres.

De esa incertidumbre del vivir, y no de otra cosa, me gustaría hablar con Padura. Para escucharlo y agradecerle, tal vez sentados en algún espacio de su ciudad, que él, conocedor y anfitrión, elegiría, el punto donde el Pase del Prado se deshace, como una flor mustia, tras su encontronazo con la siempre agresiva intemperie del Malecón. Entonces le leería para reírnos juntos:

“Cuando despertó, dos horas después, se sentía húmedo y pesado. La pesadez la debía al sueño, la humedad, a Basura II que, necesitado de refugio para pasar el vendaval veraniego, lo había encontrado en toda la regla y dormía, con su pelambre todavía mojada, cara a cara con el Conde. El hombre pensó que debía aprovechar el sueño del perro para matarlo en ese mismo instante: era lo que se merecía aquel hijo de puta redomado. Pero al verlo dormir con la punta de la lengua asomada entre los dientes, mientras emitía unos levísimos gruñidos de felicidad, provocados por algún amable sueño perruno, se sintió desarmado y se levantó con la mayor delicadeza posible para no interrumpirle siesta a… aquel pedazo de cabrón que merecía que lo mataran por haberle mojado la cama”.

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María Claudia Otsubo