7 de enero

Me sorprendió la noche apenas iluminada por la línea blanca en el horizonte.
Se cumple la primera semana del año y el mundo sigue andando.
Busco entre mis papeles y encuentro:

Atravieso los ritos, la cotidianeidad, como un fantasma.
Escucho el viento que golpea en la ventana hasta que, de pronto, también llega el silencio.
El sol brilla con fuerza y recibo su calor en la espalda.
Atravieso las sensaciones como un niño sorprendido, con curiosidad.
Abro los ojos al rocío para descubrirlo desmayado sobre las hojas.
Percibo el aroma de algo que se hornea en la mañana.
En la calle se acomodan otros instantes, pero la pereza recién despierta se contenta con solo observar.
Y mientras los hombres trajinan su propio universo, me abrigo en el reposo, que se extiende como un manto sobre mi cuerpo.

Por la noche me envuelve la calma del roce de las sábanas, en soledad.
La tentación es grande (como el deseo) y la posibilidad de seguir probando, midiendo la superficie de la piel, me lleva a soñar otra realidad. Ya llegará la hora.

Porque de eso trata el tiempo, de lo intangible, de lo inalcanzable.
De lo que sucede por voluntad propia.
Luchar contra el tiempo es como querer luchar contra mí misma, es no dejar que las cosas se acomoden por sí solas con su propia sabiduría.
Todo tiene un motivo, una razón, y se trata de poder o querer (y a cierta altura de la vida, de ambas cuestiones) leer lo oculto, los signos escondidos, lo secreto.
El tiempo pasa y la imposibilidad que genera la distancia se achica cada día, un poco más.
No hay respuestas ante lo inevitable, sino entender, o intentar comprender.
Lo supe anoche al vislumbrar la existencia cierta de aquellas palabras. Como la línea que sostiene el entramado de la tela, quedó entonces en suspenso otra posibilidad y solo permaneció, como un eco, el arrullo de la melodía con la que echar a volar la imaginación. (7 de enero 2019)

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