Absalom, Absalom! de William Faulkner

Al ritmo de la música leo  Absalom, Absalom!, de William Faulkner (1936)

 

En la mañana recibo un video por WhatsApp. Es el homenaje que le hiciera Zubin Metha a ZuSeiji Ozawa, en el 2016. Al verlo experimento la misma emoción que con Claudio Abbado, las manos extendidas en una cruz abierta –y las mías evocan ahora la similitud en el recuerdo con el poema de Oliverio– y la última nota sostenida en el cielo, en esos cuarenta segundos, al finalizar de dirigir el Réquiem de Mozart.

Observo al gran director de orquesta indio subir al escenario junto a su par japonés, de quien se dijo sufre de Alzheimer —una fake news, leo más tarde, como una de las tantas que nos llegan a diario, ya que según explica el sitio Estado da Arte[1], de Brasil, Ozawa no tenía esa enfermedad. El video que he recibido corresponde al cierre del Concierto de Gala/30 años del Suntory Hall, la mayor sala de concierto de Japón, en Tokio, donde Zubin juega con Seiji, donde ambos se divierten con los músicos.

Me alegro por Osawa, claro, que ya va por los 85 años y no deja de maravillarnos.

Y aunque el acento puesto en la enfermedad fue el motor de la divulgación, la noticia de su salud no le resta espacio al deleite que me provocaron esos dos hombres, con sus gestos cómplices y a pura diversión, de frente a los maestros y sus instrumentos, entregados al placer que les proporciona el ímpetu y el gozo de la brillante música que están ejecutando.

Inicio la crónica con esta asociación que no he buscado, pero que se ha colado entre la lectura y las líneas que iba a comenzar a escribir sobre Absalom, Absalom!

Tal vez porque se trata de esto, de las emociones, y también de la admiración.

Llegué a la novela de Faulkner de la mano de Norah Lange, en este recorrido ya iniciado mientras aguardo con impaciencia el momento de poder leerla, ya que es poco lo que puedo encontrar de ella on-line: retazos de sus Cuadernos de Infancia, de Personas en la sala, y algunos poemas; aunque sí circulan excelentes ensayos y tesis sobre su obra.

Esa casi nada de su escritura digital me condujo, en el mientras tanto de mi vuelta al pago, a bucear en sus fuentes de lectura, en su contexto socio-cultural, y en sus posibles pasiones (como la actriz que, en la búsqueda del personaje, debe primero ella misma desaparecer y luego sin temores, sin juicios u otras opiniones, entregarse en cuerpo –arcilla viva que se moldeará hasta convertirse en el otro ajeno– y en alma a su rol).

Lange me conduce a la novela del escritor americano con su libro póstumo: El cuarto de vidrio, publicado en 2006 (lo estaba escribiendo cuando falleció en agosto de 1972); a lo que sumó luego el trabajo de María Cecilia Ferreira Prado sobre “La casa y su dimensión fantástica”[2], que incursiona en el tema.

Regreso pues a Faulkner, que es retornar de inmediato a la señorita Emily y a ese cuarto donde “El hombre yacía en la cama…”, un clásico entre los cuentos que se abordan en los talleres literarios.

Regreso a la atmósfera del sur americano, a la vecindad murmurante que, como las jóvenes de Pueblo Blanco que nos canta Serrat, espía tras los visillos el paso de todo aquello que aleje del aburrimiento, sobre todo si ese “aquello” da pie a habladurías y al escándalo. (¿no escribía hace unos instantes sobre las fakes? Nada ha cambiado).

Faulkner fue un escritor sureño, dicen que siempre quedó anclado a las orillas del Misisipi y a su historia, que creció entre los relatos que se narraban en las noches familiares, leyendas sobre los orígenes de los Falkner (ese era el apellido original), crónicas de la Guerra Civil y pormenores de los conflictos raciales; además de las lecturas, propiciadas por su madre y su abuela, de Dickens y los hermanos Grimm. Pero sería en la universidad, luego de leer a Joyce, que Faulkner tal vez pensó definitivamente en ser escritor.

Cuando escribe su primera novela, Banderas en el polvo, la ambienta en un lugar ficticio, difícil de pronunciar, pero que será tan inolvidable como el Macondo de García Márquez, la Santa María de Onetti o ese “no lugar”, aventuro, que construye, en las orillas del Paraná, Saer.

El impronunciable Yoknapatawpha es también el escenario de Absalom, Absalom!

Cuando comienzo la lectura, en edición on-line[3], leo una nota de la traductora (el nombre extraviado en la virtualidad) advirtiendo sobre la compleja prosa de Faulkner. Lo comprendo al promediar el texto. La lectura no puede ser la de un lector distraído.

Entonces vuelvo a las primeras líneas de mi crónica, a la música.

No ha dejado de acompañarme mientras escribo ya que he puesto al maestro Ozawa en mi Spotify para que sea su propia elección musical, que reúne las obras que ha dirigido, la que suene en mi pequeño parlante: Dvořák, Mozart, Offenbach, Respighi, Tchaivkovsky…

Escucho a estos grandes compositores sin preocuparme por no poder seguir la partitura, o por no reconocer alguno de los instrumentos que escapan al sonido del piano o de los violines. Sólo dejo que mi corazón se vaya acostumbrando a cada nota, que caen una a una como las gotas de la lluvia; aunque no podamos contabilizarlas no dejamos de percibir su hermosura.

Así va sucediendo con la novela que acabo de finalizar, el oído se fue haciendo a la escucha, al pase de las voces que iban contando la historia, a los monólogos interiores que irrumpían dentro de un párrafo, alterando la continuidad, incluso hasta confundiéndome por momentos. Pero que más daba, solo se trataba de dar dos o tres pasos hacia atrás para recobrar el aliento y poder continuar.

Dicen que el mismo Faulkner, cuando le preguntaban qué pasaba si luego de leerlo una, dos o tres veces, el lector seguía sin entenderlo, respondía que lo leyeran una cuarta. No sé, a esta altura de los rumores que circulan, si será cierto. También me suena habérselo escuchado a otros escritores. Pero vale.

Absalom, Absalom! cuenta una historia familiar —y la relación con García Márquez fue inevitable, luego pude leer sobre la influencia del escritor americano en la escritura de Cien años de soledad—. Aunque no es una voz la que cuenta sino varias, incluso algunas de ellas sin la certeza, incluso, de saber toda la verdad.

Solo uno de los personajes, Quentín Compson (personaje de la novela El ruido y la furia), un muchacho de apenas veinte años, se convierte en el receptor de todas las versiones. A él busca la señorita Coldfield para hacerlo partícipe de lo que ha sucedido, y también para que sea testigo del secreto que guarda el cuarto de la casa Sutpen (en un final sorpresivo de la novela al modo de “Una rosa para Emily”). A él le cuenta su padre, en persona y luego a través de una carta, lo transmitido por su propio padre; a él lo escucha y le pregunta el compañero de la universidad, Shreve, que mira con ojos “extranjeros” la realidad sureña.

Y aún así, el mismo Quentín no tiene certezas. Y esa misma ambigüedad, pero no por la trama, sino por cómo se cuenta, es lo que fue anudándome a la continuidad de lectura, a querer avanzar para saber más, al disfrute de la novela.

Mientras tanto mi mirada se posaba en la casa. Aquella por la que me había introducido Norah Lange.

La construcción que alzó con energía desmedida Sutpen, junto a esos “negros” traídos desde algún lugar ignoto, deslumbrando de inmediato con su grandeza a todo el pueblo de Jefferson. Una casa que recibirá en su seno tanto a la mujer como a los muebles, objetos indistintos en su utilidad para su dueño:

Un hogar, una posición, una esposa e hijos que él aceptó (junto con todo lo demás como elementos indispensables al ambiente de seriedad que le servía de escondite, como hubiera aceptado la molestia y aun el dolor de abrojos y espinas en medio de un matorral, si ese matorral le hubiera dado la protección que buscaba. (p.7-8)

 Una casa que tiene vida propia:

En esa casa vibraba una incontrovertible afirmación de soledad y vacío; parecía resistirse a ser ocupada sin la sanción y la salvaguardia de los fuertes y los despiadados. (p.43)

 Y que más tarde sucumbirá a la locura de la guerra, y luego a la humana, para terminar sus días convertida en cenizas.

También mi mirada recayó en las mujeres: la señorita Rosa, Elena, Judith, Clite, la madre de Bon. Personajes femeninos sufridos, silenciosos, obedientes (cuando deben hablar, un pastor lo hace por ellas, p.11). Condenadas al destino impuesto de antemano por los hombres. Pero pendientes de lo que sucede y a cargo de las habladurías. Las que según Compson viven (en ese momento es el narrador): “con esa audacia amoral, esa tendencia a la ratería que suelen tener las mujeres…” (p.39). Marcadas por esas divisiones, que corresponden a la época, en: “damas, mujeres y hembras…”. (p.55)

Pensando en Norah Lange, marqué en el texto una afirmación sobre Judith: “Pasaba por esa etapa en la cual las jóvenes, aunque visibles, pareces vistas a través de un cristal”. (¿habrá tenido esta línea influencia en su obra?).

Hay mucho para escribir sobre la novela. Se ha escrito sobre ella mucho mejor, por supuesto. Es irrisorio pensar que cuatro o cinco hojas pueden agotar el hablar de William Faulkner, tanto de su obra extensa como de su persona.

Esto no pretende más que dar cuenta, como lo son mis crónicas, del paso por los libros que recorro.

Lo que sí comprendí, porque mucho de lo que iba leyendo me era familiar o resonaba como ya leído, es que su escritura se ha ido diseminando en tantas otras, nutriéndolas. Así como el abono fresco que se hecha para que lo florecido sea no solo mejor, también, y de algún modo, nuevo.

Cuando lea a Lange podré ir corroborando esta influencia.

Finalizo y otra vez con la música, porque la historia me ha llevado a Nueva Orleans. Allí vivió Faulkner mientras escribía La paga de los soldados, entre 1924 y 1926. A la ciudad también le dedica un libro de relatos, Historias de Nueva Orleans.

No puedo dejar de vincular su escritura con el jazz. Porque más allá que encuentro una foto de Faulkner junto a Billie Holliday (fechada en 1956/1957), me pregunto si no hay algo de esa melodía disruptiva en la novela que he leído.

He experimentado, como Zubin Metha y Ozawa, la magia.

No sé si Faulkner pensaba en el jazz. Yo sí lo he hecho, una parte de mi cuerpo lo hacía, mientras lo leía.

 

 

[1] https://estadodaarte.estadao.com.br/falando-de-musica-fake-news-ozawa

[2]  María Cecilia Ferreira Prado “LA CASA Y SU DIMENSIÓN FANTÁSTICA EN EL CUARTO DE VIDRIO, DE NORAH LANGE”, Universidad de las Islas Baleares, diciembre 2018.

https://www.researchgate.net/publication/329942458_La_casa_y_su_dimension_fantastica_en_El_cuarto_de_vidrio_de_Norah_Lange_The_house_and_its_fantastic_dimension_in_El_cuarto_de_vidrio_by_Norah_Lange

[3] Todas las notas corresponden a la edición Libros Tauro, en www.librostauro.com.ar

 

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