El Castillo de Franz Kafka, ¿una obra inconclusa?

Cuarenta veces, puedo equivocarme, nombra Vila-Matas a Kafka, asociándolo por un lado con el personaje Bartleby y sumándolo a la extensa lista de los escritores del No, en su libro Bartleby y Compañía.

También lo menciona en el Mal de Montano (más de noventa veces). Pero mi crónica se detiene en una sola de esas menciones, la que describe el momento cuando el protagonista de la novela se dispone a leer El Castillo: “Extraordinario domingo de primavera en el que cierro las ventanas y releo El castillo, novela infinita e incapaz de tener fin”. Previamente se había referido al diario que llevaba Kafka:

No creo que haya enfermo de literatura más grande que Kafka. Su diario es aterrador. Por la mañana, a las ocho, llegaba puntual a su despacho. Escribía documentos e informes, hacía inspecciones. Sus superiores no sabían que él trabajaba allí, entre esa multitud de trabajadores y empleados desdichados, sólo porque sabía que no debía  dedicar todo su tiempo a la literatura. Temía que la literatura lo chupase, como un remolino, hasta hacerle perderse en sus comarcas sin límites. No podía ser libre, necesitaba una limitación, tener todo el tiempo para escribir le parecía peligroso, terrible. (Mal de Montano, p.136)[1]

Desde ese gesto provocador de Vila-Matas, que me dispuse a leer yo también la novela de Kafka. Tenía varias otras lecturas en fila, algunas aguardándome con urgencia —como viene siendo este tiempo extenso de pandemia, en el que he cambiado de escenario de lectura pero nunca he abandonado el acto; tiempos en que he procurado reemplazar la incertidumbre de la realidad por la que me provoca, con pleno goce, la literatura—.

Comencé a leer El Castillo con intervalos, algunos más extensos que me obligaban después incluso a retroceder algunas páginas para reencontrarme otra vez con el derrotero del señor K.

¿Sería también ese ir y venir consecuencia de lo árido que me iba resultando el texto? A veces me pregunto qué es lo que provoca la fidelidad a ciertas lecturas que, desde el inicio, se hacen cuesta arriba. ¿Sería, en este caso, que mi regreso a a la novela era por lealtad a su escritor, a Kakfa?

Por momentos recordaba lo dicho por Borges[2]:

Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo; aunque ese libro sea el Paraíso Perdido —para mí no es tedioso— o el Quijote—que para mí tampoco es tedioso—. Pero si hay un libro tedioso para ustedes, no lo lean; ese libro no ha sido escrito para ustedes.

Sin embargo, las últimas palabras, quizás así lo pensó Borges, plantearon el desafío. Permanecer en la novela se convirtió de pronto en una cuestión personal, un asunto a resolver entre Kafka y yo. Y debo decir que no se trató de una experiencia feliz, aunque esa misma incomodidad fue la que no me permitió abandonar en definitiva el texto.

Así que permanecí.

Me quedé en la aldea de la noche eterna, envuelta en la bruma y el frío, pero sobre todo en el desasosiego que provocaba tanta ambigüedad. ¿Quién era K? ¿Qué se proponía? ¿Por qué él también decidía seguir sufriendo en ese pueblo sometido a la burocracia, a los engaños, a las habladurías?

Como se pregunta Pepi, una de las tantas mujeres que se sienten atraídas por el protagonista: “Pero ante todo K, pues ¿qué quería? ¿Qué tipo de hombre tan extraño era? ¿A qué aspiraba? ¿Qué eran esas cosas tan importantes que le preocupaban y que le impulsaban a olvidar lo más próximo, lo mejor, lo más bello?”. (pos.18902).[3]

El clima de encierro en que me envolvió la narración me transportó de inmediato a la serie islandesa (en estos días se la puede ver por Netflix) Trapped: En la serie, la trama se desarrolla en una pequeña aldea pesquera al norte de Islandia, aislada al momento de los hechos por una fuerte tormenta de nieve. A ella llegan, al mismo tiempo, un ferry danés y un cadáver (mutilado, solo un tronco sin cabeza ni extremidades), que se descubre flotando en el mar, hecho que desencadena de inmediato la intervención de la policía local. Todo va sucediendo en el ambiente opresivo de calles invernales, por las que casi no se puede transitar. No obstante, los habitantes de la aldea parecen estar acostumbrados a las inclemencias del tiempo a la nieve, el viento helado, el aislamiento; similar a los personajes de Kafka, a excepción de K, que es el único que no logra andar sin ayuda y que se siente tan desorientado como perdido. Durante la serie, se asiste a un continuo abrir y cerrar de puertas, se sale poco y más se entra para buscar el refugio del adentro, un estar que tampoco es apacible porque esos ambientes no están liberados de las crisis y los conflictos personales de sus habitantes.

Las imágenes de la serie y de la novela se entretejen por el clima de opresión y penumbras. Tanto en unas como en las otras, el lector-espectador anhela el rayo de sol, la claridad que despeje en algo las tinieblas, no solo las provocadas por la tormenta. (en la serie, a diferencia de la novela, eso ocurre en algún momento).

Niebla y oscuridad tan bien descriptas en el texto de Kafka. Por el contrario, en todo lo demás no hay ninguna seguridad, ni siquiera sobre la existencia real del castillo. Del protagonista, el señor K, la visión es tan limitada como la de su nombre, tan solo una inicial: un hombre que llega a la aldea para desempeñarse como agrimensor, pero que pronto se encuentra entrampado entre esas pocas cuadras transitadas con dificultad, que lo comunican entre dos posadas, la escuela y dos o tres viviendas, ya que el resto del pueblo y los caminos se difuminan en contornos imprecisos.

K no dice nada de sí mismo. Son quienes lo tratan quienes nos dicen algo de él, y como las opiniones difieren de uno a otro, según la estima –o según el interés que sobre él tienen–, también escapa para la lectora terminar de conocer al personaje.

Lo que dice es lo que anuncia cuando llega, que es agrimensor. Sin embargo, más allá del enunciado no hay ninguna pista que agregue veracidad a la profesión, ni instrumentos, ni desarrollo de su competencia. Es más, en el transcurso de la novela, K pasará a desempeñarse como bedel de la escuela y casi criado de la posada, sin lamentar nunca no poder ejercer su oficio. Esta falta de información también contribuye, para el lector, al desconcierto.

Lo único claro es la existencia de una maquinaria burocrática, que en principio tiene su lugar en algún lugar del castillo: funcionarios, secretarios, criados al servicio de quienes mandan, de los cuales depende no solo K desde que llega al pueblo, sino también los mismos pobladores para su quehacer cotidiano.

La novela de Kafka se me antojó por todo esto, y quizás de ahí lo dificultoso de su lectura, una novela de lo imposible.

No es posible para K establecer vínculos con los demás.

No le es posible realizarse en el vínculo amoroso.

No le es posible trabajar o emplearse en lo que creía haber sido contratado.

No le es posible ni siquiera habitar: no hay casa, no hay cama propia; hasta el sueño o el descanso se tornan arduos o irrealizables.

Llegando a las últimas líneas, que recorro con gran velocidad, urgida tal vez por la necesidad imperiosa de escapar de ese pueblo, encuentro que Kafka dejó inconclusa la novela.

¿Por qué?

Kafka murió antes de terminar la novela. No se sabe si tenía pensando terminar la obra o si lo venció la tuberculosis. Tardó varios años en escribirla y en algún momento la abandonó y aunque su decisión final era que el manuscrito se quemara, su amigo Max Brod decidió publicarla, editándola por su cuenta.

Maurice Blanchot señalaba que “la obra (…) no es acabada ni inconclusa: es”. Lo leo en Vila-Matas y la cita, como ha ocurrido con tantas otras, despierta el interés por saber más. Encuentro el texto completo de Blanchot sobre Kafka, el que luego de leído seguramente merecerá una nueva crónica.

Aventuro en esta continuidad de lecturas que nace a partir del recorrido por El Castillo, la respuesta a la pregunta inicial de esto que hoy estoy escribiendo.

Regreso a Vila-Matas, y a la referencia que acerca del Diario de Kafka y en ese suspenso del vuelo de la palabra, por un instante (que puede ser eterno), detenido en la yema de los dedos.

Así me va el domingo apacible —escribe Kafka—, así me va el domingo lluvioso. Estoy sentado en el dormitorio y dispongo de silencio, pero en lugar de decidirme a escribir, actividad en la que anteayer, por ejemplo, hubiese querido volcarme con todo lo que soy, me he quedado ahora largo rato mirando fijamente mis dedos. Creo que esta semana he estado influido totalmente por Goethe, creo que acabo de agotar el vigor de dicho influjo y que por ello me he vuelto inútil. (Bartleby y Compañía, p.57)

 

 

[1] Vila-Matas, Enrique. El mal de Montano (Spanish Edition) Grupo Planeta. Edición de Kindle.

[2] Jorge Luis Borges. Borges para millones. Entrevista realizada en la Biblioteca Nacional en 1979.

https://calledelorco.com/2020/09/28/el-unico-modo-de-leer-jorge-luis-borges/

[3] Franz Kafka. Franz Kafka: Obras completas: nueva edición integral (biblioteca iberica) (Spanish Edition) . Wisehouse Classics. Edición de Kindle.

 

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