Mis dos mundos, de Sergio Chejfek

Mis dos mundos, de Sergio Chejfec

…porque, así como uno no elige el momento en que va a nacer, también ignora los mundos variables que va a habitar.

 

Regreso a mi casa.

Llego a mi casa con el mismo sentimiento de melancolía con el que me fui, sintiéndome aún muy pérdida. Salvo alguna escritura esporádica, este tiempo ha sido de pausa, de detenimiento, también de reflexión.

Forzando la voluntad, para salir de este estado de capullo en el que me encontraba sumergida, comencé la lectura de un libro de Sergio Chejfec, Mis dos mundos, recordando cuántas veces me había sugerido Roberto (Ferro) ese abordaje, y también que lo hiciera de otro texto: El aire.

Entonces pongo en funcionamiento lo que Noé Jitrik señala como “el acto de lectura”; pongo en movimiento la actividad, como un modo de salir de esta inercia que me atraviesa desde septiembre, más allá del ir y venir del cuerpo hacia otros horizontes y de los roces amorosos que me circundan.

Leo Chejfec a la par que releo este texto maravilloso de Noé, La lectura como actividad[1]. Ambos se complementan en el tono, en el discurrir del pensamiento a partir de la observación, de la mirada que circula por una ciudad y un parque, en el caso de Chejfec, por la mirada que se adentra en la reflexión sobre la propia experiencia de la lectura, para Jitrik.

“La lectura empieza en la mano que elige y crea la primera posibilidad de que un ojo se pose en una masa escrita”, señala Noé.

Y así fue. Mi mano anduvo de aquí para allá, rozando primero playa y océano hasta tener el coraje de llegar a hurgar entre títulos; avanzando para luego interrumpirse, en ese giro abismal ante el vacío que me provocaba las preguntas de para qué o cómo, por la certeza de la pérdida del interlocutor cotidiano de mis lecturas.

Y Chejfec fue, sin saberlo al inicio, una tabla de salvación.

No sé qué esperaba de esa voz, quizás prevalecía en el “acto de elegir (lo)” (y las comillas citan a Noé) la fidelidad a la promesa de aquel pedido que nunca había podido cumplir: –Te sugiero lo abordes–, me había dicho.

El momento de arranque fue en Imbassaí.

Ante la falta de otros medios, el libro que encontré de él en SCRIBD (ahora rebautizado como Everand) fue Mis dos mundos[2].

Aunque en apariencia el texto electrónico no sale de su “estado de reposo” –como así lo hace el objeto material libro comprado en una librería o tomado de una biblioteca, cuando emerge por el acto de elección de su letargo inmensurable–, la estantería virtual, a la que accedo por necesidad, casi de supervivencia, me proporciona la posibilidad y el placer de continuar leyendo en la distancia y conserva, entonces, la misma similitud. Ya sé que no es lo mismo, pero tener acceso a la lectura de aquello que queremos leer o estamos procurando supera todas las limitaciones.

En definitiva, y siguiendo a Noé, fue también “la mano” la que recorrió ese estante antes de encontrar al autor y su obra y la que luego, y con la ayuda de la otra, se abandonó, y con ello condujo al resto de mi cuerpo, a sumergirse en el placer de la lectura.

Así comienzo la “lectura propiamente dicha” de Mis dos mundos.

Su autor, Sergio Chejfec, nació el 28 de noviembre de 1956. En el 2022, para el mes de abril, lo vence un cáncer de páncreas (pienso en mi querida amiga Silvina, es inevitable) en la ciudad donde vivía desde hacía muchos años, Nueva York. En realidad, había dejado la Argentina en 1990, para instalarse en Caracas. En el 2004 se muda a los Estados Unidos, para dictar clases en la Universidad de Nueva York. Y allí se quedó.

Chejfec escribió cuentos, novelas, poesías, ensayos… Apenas he empezado con él y descubro que era cierto aquello de que es un escritor que merece ser abordado, pero llegué tarde a su encuentro y hoy lamento su partida. Mientras escribo la crónica de su libro, pienso en eso, que hubiera sido muy bueno conocerlo. Hay algo de su narrativa, morosa, de transeúnte, del detalle, que me cautiva.

Lo mismo le ha sucedido, descubro, a Enrique Vila-Matas, que prologa su libro.

No están tan alejados ambos autores en el tono y el ambiente de complicidad que crean con sus lectores. Y me complace el reconocimiento de admiración y respeto del español a su par contemporáneo al señalar: “Sergio Chejfek es un gran novelista argentino”, agregando un poco después:

Aunque, si lo pienso bien, Chejfec es alguien inteligente a quien no le cuadra bien la palabra novelista, porque él más bien crea artefactos, narraciones, libros, pensamiento narrado antes que novelas (pag.6)

 “Empiezo como terminaré: a la deriva”, es la primera línea de ese prólogo, y me dejo conducir por esa imagen, recordando por asociación a Horacio Quiroga un poema que le escribí alguna vez, del que copio solo un verso:

El sol se quiebra

en filamentos dorados,

y allá, en lo alto,

la copa del árbol

se mece en un mar verde.

Escribo para atesorar

el secreto aquí encontrado.

 

Debo reconocerlo, Vila-Matas provocó una empatía inmediata con la lectura por-venir que tenía entre manos. La otra fue la que me proporcionó el mismo autor, el relato ocurría en una ciudad del sur del Brasil. Esa cercanía (yo me encontraba en el norte) me acercaba en algo al andar del narrador de paso por una ciudad sin nombre.

El texto comienza con una oración que hoy, al escribir esta crónica, me conduce de nuevo a la melancolía: “Quedan pocos días hasta un nuevo cumpleaños…” (p.11). Me envuelve la melancolía –pero no lucho contra esa emoción, es inútil querer escaparle, hay que dejar que nos atraviese y que ella obre lo quiera en nosotros– al comprobar que apenas faltan cinco días para su aniversario el próximo 28 de noviembre, pero al momento de esta escritura o su publicación (2008), él no lo sabía.

El narrador, el mismo Chejfek, sale a caminar, por esa ciudad a la que ha llegado para participar de unas conferencias, con el objetivo de llegar a un parque, “una superficie verde más grande en el plano de la ciudad”. De inmediato imagino el gran manchón verde del Central Park en Nueva York; pero no, la mancha se enclava en una ciudad del sur de Brasil, por cuyas calles “la gente caminaba despacio”.

Narrador que camina, que pasea, trazando a partir de un mapa su propio recorrido.

Un narrador acostumbrado a desplazarse a pie: “Mi impresión es que durante las caminatas me gana una sensibilidad digital, desplegante” (p.30), en la que se “siente olvidado del mundo”.

Cada paso da lugar a una reflexión, no necesariamente siempre originada por un recuerdo. De eso trata la novela, de ese deambular concentrado, en su mayor parte, en la extensión del parque.

Un andar con detenciones y detalles, que me llevó por momentos a pensar en Borges y “El otro yo” (más allá de que el autor es mencionado, no el cuento); a Mujica Láinez con su libro Los Cisnes, a esa similitud en el tono de Chejfek con Vila-Matas, en el modo de pensarse sobre sí mismo y en relación a la tarea de escribir; y, sobre todo, me puso en contacto con el artista sudafricano William Kentridge, nacido en 1955, de quien Chejfek toma uno de sus dibujos animados, Félix:

No hace falta decir que cada vez con mayor frecuencia me siento un personaje de Kentridge, en especial Félix, ese ser errabundo, alguien versátil a la deriva de la historia y al curso de la economía, pero al mismo tiempo exageradamente indolente ante aquello que lo rodea, cosas o individuos, hasta el punto de sucumbir sin sobresaltos a las consecuencias, en ocasiones definitivas, de sus acciones. (p.110)

“Lo que se cuenta en Mis dos mundos no es fácil de sintetizar porque, como sucede en todas las demás novelas de este escritor, lo importante parece ser excusa para destacar el papel dramático de lo accesorio” (p.5), señala Vila-Matas; y en este punto (y sabiendo que puede ser un disparate) recordé al Brausen de Onetti.

En una entrevista que se encuentra en el sitio de “Eterna Cadencia”[3], el mismo Chejfek señala:

Por eso yo concibo un poco los textos que escribo como no enteramente ficcionales, pero tampoco enteramente no ficcionales, y por eso también para mí la escritura no tiene que ver solamente con la escritura propiamente dicha, sino que no hay diferencia entre escribir desde cero, con la página en blanco, y editar, corregir, reescribir, etcétera. Cuando corrijo, cuando reescribo, cuando cambio y expando, es lo mismo que escribir.

 

Voy cerrando esta crónica pensándola cada vez más en un homenaje próximo a la proximidad de la fecha de su cumpleaños. Chejfek regresa varias veces sobre esa cuestión, destaco entre las varias citas: “Pensé en mi cumpleaños, de una inminencia cargante. ¿Me había llegado la hora del balance?”. (p.120), como una continuidad a esa primera línea ya mencionada con la inicia la narración.

Me acordaré de él el 28 de noviembre, claro. Como también recuerdo a aquellos que hoy he citado.

Y seguiré leyéndolo, de eso no tengo dudas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Jitrik, Noé, La lectura como actividad, Premia Editora de Libros, México, 1982.

[2] Chejfek, Sergio, Mis dos mundos, Kindberg Editorial Ltda. Chile, 2015. En sitio Everand. Las citas corresponden a esta edición digital.

[3] Entrevista a Chejfek para Eterna Cadencia, 13 de junio 2017, en https://eternacadencia.com.ar/blog

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