Shakespeare – Sara Gallardo

La tempestad en enero

 

Pensé en escribir dos crónicas distintas luego de la lectura de Shakespeare y de Sara Gallardo, pero ambas se confabularon desde el inicio en una única, obsesionándome desde la posible elección de un título.

Fueron lecturas que se sucedieron durante el viaje con Bioy; cuando al tomar uno de los desvíos de la ruta me encontré frente a La tempestad primero, y más tarde con Enero.

¿Cómo unir esas dos lecturas? ¿Es posible?

Creo que sí, en la medida que soy yo, lectora, quien tiene frente a sí textos. Es en mí, donde se cifra la respuesta.

Ambas entraman la pasión, la que suele originar la tragedia y los dilemas en Shakespeare; la que es sinónimo de deseo, vulnerabilidad y desconsuelo en la breve novela de Gallardo.

La tempestad se representó por primera vez en 1611 en Londres. Enero se publica en 1958.

En la biografía de Shakespeare encuentro que:

La fuente de esta obra debe buscarse en la commedia dell’arte italiana; algunas intrigas análogas a la suya han sido descritas por diversos estudiosos. Shakespeare combinó con estos elementos italianos detalles del naufragio en las Bermudas de sir George Somers (25 de julio de 1609). Otros eruditos consideran como fuente probable de la tragedia la novela castellana La gran conquista de Ultramar.[1]

Con estos elementos, que no terminan nunca de estudiarse y ampliarse, construye esta obra considerada póstuma, ya que corresponde a la etapa de su madurez. Una obra que conmueve por la intimidad de los temas que plantea y la melancolía, quizás encarnada en la figura principal, Próspero, un anciano que busca, en el final de sus días redimirse con quienes fueron sus enemigos.

Así, introduciendo elementos sobrenaturales, conjurando situaciones oníricas y por momentos apelando al humor, se va desarrollando el drama que sucede en una isla, a la que ha llegado milagrosamente el duque de Milán, Próspero –junto a su pequeña hija, Miranda, y algunos libros de magia, su único tesoro– que ha sido desterrado y lanzado a alta mar por su hermano Antonio. En la isla vive Caliban, único habitante, mitad monstruo, mitad hombre, hijo de una hechicera que también había sido desterrada, y algunos seres sobrenaturales como Ariel, un elfo que se pone al servicio de Próspero cuando éste logra liberarlo del embrujo de la hechicera.

En ese escenario que, por momentos, recuerda al de La Invención de Morel, se desarrollará el resto de la trama: Una tempestad —provocada por Próspero, con ayuda de Ariel— hace naufragar el barco que lleva al hermano traidor, a su hijo, Fernando y al rey de Nápoles, trayéndolos a su lado, a la isla perdida.

El mismo sitio, anteriormente citado, señala que:

La tempestad es el más personal de sus dramas y parece reflejar a veces el pensamiento más profundo del dramaturgo: «Somos de la misma sustancia de que están hechos los sueños, y nuestra breve vida está rodeada de un sueño» (IV, esc. 1).

Me atengo al viaje que estoy todavía transitando con Bioy, buscando ese lazo visible que une las lecturas, apartándome de otras vinculaciones literarias, e incluso políticas, que se desprenden de esta obra de Shakespeare.

También el prófugo de La Invención llega a una isla desierta. Así por lo menos él lo piensa hasta que encuentra a Faustine y luego a los otros habitantes, que la trama develará como no reales. El protagonista termina fundido en esa irrealidad, casi como la de un “sueño”, para perpetuarse en su amor con la mujer. El encantamiento que ha creado Morel lo alcanza también, en algún punto redimiéndolo, liberándolo por la ilusión del amor, que prevalece sobre la situación penosa que lo llevó al exilio.

Recientemente el Ministerio de Cultura de la Ciudad puso a disposición, de modo virtual y gratuito, la reposición de La tempestad, en versión y dirección de Lluís Pasqual, pieza estrenada durante la temporada 2000 en la sala Casacuberta, y que forma parte del archivo histórico del Teatro San Martín.

Así, como en otras oportunidades, la coincidencia de poder asistir a la presentación veinte años después me emociona, también el actuar de Alfredo Alcón como Próspero, o el Cáliban que interpreta Carlos Belloso.

 

Sara Gallardo nació en Buenos Aires en 1931. Como Bioy creció en un ambiente donde prevalecía la cultura, lo literario. Estudió periodismo y fue una viajera incansable. Lamentablemente murió muy joven, a los 57 años por un ataque de asma.

Vagos recuerdos de haberla leído cuando era más chica. Los Galgos y de El país del humo, ambos heredados de mi madre…reposando en mi propia biblioteca; pero de regresar a su escritura quería que fuera por Enero, su primera novela publicada en 1958 y que no había leído nunca.

Creo que para ese entonces ya estaba llegando al fin de mi recorrido con Bioy. Me había detenido en De las cosas maravillosas DE LAS COSAS MARAVILLOSAS – Adolfo Bioy Casares, último volumen publicado y póstumo, estirando el momento de finalizarlo como quien comprende que son los últimos días de un viaje: Estiraba las páginas como se puede estirar una puesta de sol, sin remedio.

La ciudad de Buenos Aires, aún expuesta al virus y al maltrato político (como el resto de los que poblamos esta hermosa Argentina), se desplegaba con nuevos olores, esperanzadores para quienes aquí vivimos, que siempre trae el veranito de San Juan.

Así comienzo entonces el primer párrafo de Enero, y cuando llego al primer punto y aparte, comprendo que ya no podré detenerme. Estoy tentada de copiarlo, creo que en esas líneas, Gallardo ha sabido condensar todo lo que tan maravillosamente desplegará luego en el resto de la novela:

«Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya no habrá remedio —piensa Nefer—; todos los que están aquí y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar». La angustia le nubla los ojos y lentamente dobla su cabeza, mientras con la mano arrea modestos rebaños de miguitas por el hule gastado de la mesa. Su padre acaba de decir algo sobre la cosecha y estira la mano pidiendo el repasador que enjuga por turno manos y bocas, y que la madre le pasa, atropellando en su prisa un perro que aúlla y se refugia bajo el banco. Al caminar, su sombra pasa sobre los comensales, que la luz de un farol fija en los muros. «Va a llegar el día en que mi barriga empiece a crecer», piensa Nefer. Los bichos vibran, aletean y caen contra el farol, vuelven a trepar por la lata, vuelven a quemarse y a caer, y nadie la mira inmóvil en su rincón mientras comen inclinados sobre los platos y oyen de vez en cuando las frases que don Pedro cambia con el turco, que acaba de soltar los caballos del carro y traga su sopa resoplando.

Todas las imágenes de lo que le sucede a Nefer están condensadas en este primer párrafo, amen de la propia voz de la niña que abre el relato. Juego de luces y sombras en esa familia agrupada alrededor de una mesa en la que quedan solo miguitas por barrer; el calor que se intuye en los gestos lentos, en los bichos que revolotean, en el perro que no termina de acomodarse bajo las piernas; el resople de don Pedro; la incomodidad.

El primero que habla, después del punto y aparte, es el turco, un vendedor ambulante, alguien aceptado pero también ajeno a la pueblada. El resto calla, a veces parece ni observar qué sucede.

El silencio será un peso durante toda la novela porque es imposible hablar de ciertas cuestiones, menos de aquello que intenta ocultar, y que no mencionará tampoco Nefer.

Doble silencio en la niña-adolescente para no poner en palabras la violación primero, el embarazo después. Nefer niña abandona la infancia cuando su única intención es poder quitarse de encima el castigo del cuerpo.

Novela desgarradora, que no da descanso, y que Gallardo escribe con tanta maestría sin interponer juicios ni sentencias, simplemente narrando, acompañando el derrotero de la muchacha que, al final, como una parodia a los cuentos de hadas, se ve forzada a casarse con su violador: el exilio es la respuesta para preservar la decencia.

Encuentro muchas páginas en la red que enarbolan esta novela durante el tratamiento de la Ley de Aborto. Mi deseo sería que así como en su momento se la relegó a una literatura realista y ruralista (luego tanto Ricardo Piglia, como Leopoldo Brizuela y Leopoldo Mairal se encargaran de hacer la merecida relectura) no quede entrampada en cuestiones ideológicas o políticas. Creo que la novela de Gallardo se merece mucho más.

En el 2018 el Museo del Libro y de la Lengua inaugura una muestra sobre su obra. Lucia de Leone, doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, una las investigadoras que se ocupó de estudiar y rescatar la producción de Gallardo, señaló en ese momento:

Es actual no solo por sus temas que podríamos decir que tocan la propia patria, la cotidianidad, existenciales, revoltosos y con una gran anticipación en cuestiones de género sin ser feminista. Es decir, se la puede leer porque no creo que esté marcada por cronologías determinadas[2].

 

Buceo el nexo con mi compañero de ruta. Me llega vagamente a través de Silvina. Dice al respecto Leopoldo Brizuela:

Sara Gallardo no es una figura solitaria. Hay dos tríos de mujeres de esa época. Uno era el exitoso, el verdaderamente best-seller que aparecía en televisión. Eran Silvina Bullrich, Marta Lynch y Beatriz Guido. Y después había otro, más secreto, del que ahora se ve cada vez más su valor. Eran Silvina Ocampo, Elvira Orphée y Sara Gallardo, que además eran amigas.[3] (las negritas son del texto).

No encuentro mucho más sobre la amistad que pudieron haber tenido, con lógica por pertenecer ambas a un nivel sociocultural similar. Así que regreso a mi persona, a mi yo lectora que busca construir un paralelo.

Sara Gallardo se fue de este mundo muy temprano, a diferencia de Bioy que hubiera vivido, si le hubiera sido posible, muchísimo más.

Tienen en común que ambos son escritores y encuentran en su oficio la razón de ser.

En mi caso escribir –y escribir mucho, aunque sea de manera imperfecta– significa un esfuerzo por desenrollar una especie de madeja interna. Llegar a ser, mediante el trabajo, uno mismo. Es decir, trascenderse a sí mismo para llegar a ser quien uno es y no sabe.

dijo en una entrevista Sara;

un rostro de mujer; la libertad para quién está preso, la salud para quien está enfermo: algo que ve un chico en una juguetería; un cambio de luz después de la lluvia, que infunde intensidad en los colores de la tarde; una música; un poema; un premio inesperado; para algunos, por increíble que parezca, la esperanza de escribir una buena historia…

señaló Bioy cuando tuvo que enumerar las cosas maravillosas.

Agradezco de ambos, esa esperanza que trascendió su existencia.

 

 

 

[1] Biografías y Vida, https://www.biografiasyvidas.com/monografia/shakespeare/tempestad.htm

[2] https://www.cultura.gob.ar/a-sara-gallardo-le-costo-el-canon-literario-que-siempre-fue-patriarcal-y-normativista_6796/

[3]https://www.infobae.com/cultura/2018/06/14/sara-gallardo-la-escritora-luminosa-en-el-pais-del-humo/

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

uno × cinco =