18 de enero – EL JARDIN DE VIDRIO, de Tatiana Țîbuleac

He leído la novela de Tatiana Țîbuleac, El jardín de vidrio.[1]

Țîbuleac es escritora, periodista y traductora moldava-rumana. Nació en Moldavia (en Chisináu) en 1978.

Después de finalizar la novela, la busco en la red para descubrir que es una mujer hermosa. Las fotografías me sorprenden, quizás influenciada por la reciente lectura que resulta tan autobiográfica, en la que la protagonista se auto describe como una muchacha fea, además de abandonada, como si esos dos atributos no pudieran separarse nunca más en ella.

La novela trae una «Nota de la autora» a la edición en español, que pone el énfasis en la pérdida de la lengua:

La lengua en que fueron escritos (los libros que aún conservo) se ha perdido. «Y ni siquiera debería haber existido», les digo a mis hijos siempre y luego me callo y no añado nada más. Una lengua, como un invierno, no puede ser explicada. (p.9)

La lengua como sinónimo de identidad y pertenencia. Las referencias familiares (incluidas en esa Nota) se vinculan también a la lengua, a la migración y a la ruptura con las palabras aprendidas; entonces, pienso mientras leo, con aquello que reconocemos como patria. En este punto no pude dejar de recordar a una compañera de trabajo, hace muchísimos años. Sus padres, confundo hoy si ella también, habían nacido en la antigua Yugoeslavia. Con sus casi treinta años, mi compañera no dejaba de contarme (estábamos en 1993, la disolución del país era muy reciente) que en esos momentos su familia no sabía a dónde pertenecían.

La novela cuenta sobre Lastochka, una niña de siete años, “huérfana” y “adoptada” luego por Tamara Pavlova. Las comillas que he colocado obedecen a que, durante la narración, la niña, al ir creciendo, descubrirá la diferencia entre huérfana y abandonada; y entre adoptada y comprada. Pavlova con toda su incapacidad de amor a cuestas, será quien logre rescatarla de un destino invisible para insertarla, a su manera y con sus condiciones, en la vida social de Chisenáu.

[…] Me enseño la casa y cayó la tarde. Ese día lo llevo conmigo a todos los países, a todos los estados de ánimo. No he encontrado nada parecido ni en el dinero ni en el amor. Nadie me ha querido más. Ni siquiera vosotros. (p.21)

A través de los ojos de la niña se van dibujando las calles (con sus colores) y los vecinos (con sus costumbres); se irán describiendo a las mujeres –sobre todo, a las mujeres, que van conformando ese universo en que Lastochka crece: “De todas aprendí algo, de todas mis mujeres, algo”– y a los hombres –en general viejos, vencidos por un pasado de guerra, por la escasez de empleo y el alcohol.

Con saltos hacia el pasado (hacia las niñas y la vida del orfanato, no hay otros recuerdos más atrás que esos) que se intercalan con el presente de quien narra, una narradora que por momentos le da la voz a la niña (luego la joven) y, otras, a la adulta que ella es.

Aunque el tiempo va transcurriendo, no hay necesariamente un orden cronológico en lo que se cuenta porque, si bies existe el hilo conductor del ir haciéndose mayor, lo que más le interesa a la narradora es escribir sobre aquello que fue significativo tanto por la experiencia con el entorno como con las personas. Esa característica se concentra en los versos con los que se cierran algunos capítulos, que intentan transmitir con poesía lo que no se puede contar de otra manera. Y me identifico con el recurso, que también he usado cuando parecen no alcanzarme las palabras, que no dejan de ser las mismas, pero cobran otro significado trenzadas en la línea como un poema.

La vida en Chisenáu, que se narra, es de privaciones y austeridad. Capital de Moldavia, un país tironeado entre Rusia y Rumania, cargando sobre los hombros una historia de guerras que es difícil de comprender en un primer acercamiento, pero que no deja de estar presente en los vínculos y tratos cotidianos, en la pobreza y en la estrechez entre los que se mueve la protagonista. (aunque haya algunos que la pasen mejor). Conflicto que tiene su expresión más sensible en el uso de la lengua: “Había siempre una pelea entre los oídos y la lengua, pocas veces ganaba la lengua” (p.45)

Observo cómo van llegando los recuerdos en la novela. Al modo de Norah Lange, pensé en varias ocasiones. Como la escritora argentina, la moldava va dejando que sean los sentimientos, los pequeños detalles, similar a la evocación que desata una fotografía, quienes construyan la historia. Así escribe en su presente de narradora: “Se me han liado los folios, faltan algunos capítulos. No encuentro el final del primer día…” (p.77)

La memoria al servicio de ir contando como Lastochka va avanzando por la vida; de algún modo, cómo se va adaptando: “En cinco meses había aprendido mucho, pero, sobre todo, que no toda la gente es igual. Que tienes que conocer su sitio y ocuparlo”. (p.79); cómo se va reconociendo como una mujer y lucha por sus planes futuros.

La memoria al servicio de develar con crudeza y sin alivianar nada la realidad, cómo era el día a día moldavo. Mientras, y al mismo tiempo, se nos va contando que tampoco el presente es de cuento de hadas (una hija pequeña muy enferma, una pareja no funcional, un trabajo como “médico” por momentos también agobiante).

El jardín de vidrio es una novela para no olvidar.

Fue construida con pequeños retazos (capítulos breves, algunos incluso no alcanzan a cubrir la página) como los pedazos de las botellas que Lastochka recogía con Tamara para sobrevivir (y hacer negocio). Vidrios de colores hundidos en la tierra para suplantar las flores que debieron estar (y faltaron) en su patio de la infancia. Vidrios que permitían, iluminados por el sol, tal vez colorear desde sus ojos tanta desolación.

Un jardín de vidrio, por qué no, donde plantar también la lengua a la que alguna vez se perteneció.

 

Imbassaí, 18 de enero 2022

[1] TÎbuleac Tatiana. El jardín de vidrio. Ed. Impedimenta: Madrid. Primera impresión en Argentina, julio 2021

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

tres × 3 =