Fosse Jon, Ales junto a la hoguera

Ales junto a la hoguera

 

Y su rostro está ahí como un cielo vacío

 

 

Escribo que pronuncié un ay, que fue casi una exhalación, como un suspiro del alma que allí, donde me encontraba en ese instante leyendo, intentaba sostener como podía al resto de mi cuerpo. Escribo que entonces intenté recordar cuándo había exclamado un ay similar al finalizar una lectura, un ay exclamado así, como una expiación. Enseguida también recuerdo que, y escribo eso, interrumpí esa búsqueda de la memoria para que el rumor de los pensamientos no me hiciera perder la intensidad de la emoción.

Así fue el instante luego del punto final de Ales junto a la hoguera[1].

John Fosse publica este texto en el 2004, cotejando sus obras podría decir a mitad de camino del resto de sus novelas, obras de teatro y ensayos. La primera novela fue publicada en 1983, Raudt, svart – (Rojo Negro, aún sin traducción al español,); la última, Kvitleik – (Blancura), en el 2023.

El texto comienza así: “Veo a Signe ahí echada en el banco de la sala, …”. Y así como el narrador, yo también entonces la veo, y a través de ella veo esa ventana por la que aguarda a Asle.

Así que estás ahí, dice Signe

y el se vuelve hacia ella y ella ve que la oscuridad está también en sus ojos (p. 11)

En esa incierta oscuridad en la que ambos se observan, Signe permanece esperando a ese hombre de “pelo largo y negro” (p.8) que desapareció de su vida en una tarde invernal, hace veinte años, abandonándola en la “casa vieja”, igual que a su bote, que  solitario fondea en la playa proclamando de este modo la ausencia del hombre.

Y en esa espera, a través de los ojos que miran sin ver de Signe, como en una suerte de película que se proyecta más allá de la ventana, sobre el horizonte gélido y desolado de los fiordos, se mueve, habla y revive, el pasado. El pasado de ambos, el de Asle, trágicamente desaparecido y el de Signe, que aún y a su pesar, subsistiendo, mira.

Y así como me ocurrió con la lectura de Mañana y tarde[2], reseñada en mi última crónica, la historia de los protagonistas, Signe y Asle, se cuenta a través de la narración de los recuerdos.

Bien señala la contratapa, y lo tomo porque me gustó mucho la imagen, “en una suerte de caleidoscopio” se van sucediendo entonces las distintas generaciones que precedieron ambos y que Signe, mirando el vacío, recuerda.

El ojo entonces (el de Signe, el de Asle, el del lector) observa por ese punto (la ventana – el pequeño círculo del caleidoscopio) como van apareciendo –alternándose incluso, del mismo modo que se van alternando los cristales de colores al girar el tubo– aquellos que caminaron algún día por la misma playa, que por la mañana navegaron la costa del fiordo, regresando para entrar y salir por la puerta de la vieja casa. Y con aquellos “fantasmas del pasado” también reviven los acontecimientos; en especial, ese trágico y determinante en la historia familiar de Asle, que pareciera volver a repetirse años después con su desaparición.

Como me ha sucedido ya con la lectura de su otra novela, se desprende de las líneas recorridas algo así como un susurro (no encuentro otra palabra), que crea a mi alrededor una melodía particular –casi única, porque único es el modo de narrar de Fosse–, también muy vinculada al silencio, con sus diálogos escasos, casi los necesarios, como imagino (y vuelve a repetirme en este pensar idealizado) que así debe ser el intercambio de las voces que circulan por meses en una eterna noche, cuando la oscuridad, cuando el frío, cuando la melancolía se posa sobre ese paisaje blanco. Se me ocurre pensar que melodía tan distinta me acompaña, por ejemplo, cuando leo a Jorge Amado y la sonora sensualidad que desprende su lenguaje. En Fosse esa austeridad denota en las conversaciones con la ausencia de los guiones y de la puntuación:

Menudo eres tú, dice Ales

Aparto la mirada y te echas al mar, dice

Hay que ver, dice (p.49)

 

Resuena como una letanía en el repetido “dice”, o en el “piensa” que acompaña el monólogo interior del personaje

… y él no tardará en llegar, piensa, es ella que se inquieta, pero solo, es que, bueno, ya está, piensa, no puede seguir aquí quieta, pero puede salir, bajar al Fiordo a ver si lo ve, piensa… (p.72)

 

Aclarando que mi ay exhalado al final fue el modo involuntario de expresar todo lo que me había gustado la novela, comparto también una asociación, que es muy personal. En algún momento del relato, llegó a la mesa de lectura aquel cuento de Cortázar “Continuidad de los parques”[3]. Por supuesto, al finalizar la novela, volví a leer ese texto, esperando encontrar la clave a simple vista. No fue así, el cuento de don Julio rumbeaba por otras cuestiones. Sin embargo, algo había disparado la asociación, esa imagen primera de la novela: Signe echada en el banco observando frente a la ventana, que me recordé al hombre del cuento de Cortázar que se arrellana en su sillón favorito para leer; mientras otras cosas se proyectan, como una película, en la ventana que lo enfrenta:

Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.

Cortázar, con un remate excelente y en escasas líneas, conjuga magistralmente el afuera y el adentro que se concentran en esa única figura frente a la ventana.

Curiosa, busco algo más sobre ese cuento y así encuentro una reseña, de la que copio un párrafo que responde a mi inquietud:

El primer mundo, al que podríamos llamar ficción primaria, y que corresponde a la realidad de un hombre que está leyendo una novela, termina por comunicarse con un segundo mundo ficcional correspondiente a los acontecimientos que suceden en la novela que está leyendo. El lugar donde van a converger los mundos es precisamente en los parques, el del lector de la novela (ficción primaria) y el del bosque de la cabaña de los amantes (ficción secundaria), que terminarán fundiéndose, fusionándose, continuándose.[4]

 

Y es que en la plegaria última de Signe se fusionan esas dos ficciones, su presente y todo el pasado, atravesándola por completo. Signe frente a la ventana se convierte en una testigo de la historia y no puede abandonar ese sitio porque hacerlo es escaparle a la memoria, o porque dejar de estar ahí es quizás abandonar lo que ya se perdió; la certeza de que eso que mira es en definitiva el vacío, el total desamparo, la soledad.

De la pérdida, de la memoria, y del dejar ir.

Por eso tal vez fue que suspiré, al finalizar, con un ay la novela.

 

 

[1] Fosse Jon, Ales junto a la hoguera, Ed. Random House, Bs. As, 2024

[2] Fosse Jon, Mañana y tarde, Ed. Nórdica Libros, Ed, en ebook, Madrid 2023

[3] Publicado en Final de juego, 1956

[4] Fernando Chelle, Culturamas https://narrativabreve.com/2014/07/continuidad-de-los-parques-cuento-cortazar.html