La mujer de la arena
He dejado a un costado a Nothomb, solo por apenas unos días, me digo, tentada por la lectura de La mujer de la arena[1], escrita por Abe Kōbō, en el marco de un curso de Cine y Literatura japonesa, durante el cual se proyectaron fragmentos de la película basada en ese libro, dirigida por Hiroshi Teshigahara, en 1964. (Se la puede ver por Youtube, solo colocando el título, subtitulada al español)
La película requiere mucha atención, difícil en estos tiempos donde invaden otras imágenes y otros sonidos. Observo que cada vez resulta más difícil permanecer, estar, comprometerse de algún modo con una lectura o la pantalla de un cine (que no permite levantarse para hacer otra cosa al mismo tiempo), espacios alejados tantas veces del estímulo breve y consecuente movimiento de la mano para pasar al siguiente. Me veo reflejada en el conojo saltarían. Somos (e incluyo un nos al continuar) como conejos inquietos, en oposición a los sapos nocturnos que me visitan en las noches de tormenta de Imbassaí, esos que se quedan tiesos emulándose como piedras por su gran tamaño, en una postura casi de meditación y de conversación íntima con la Luna, como me recuerda la canción.
Y al mismo tiempo, me falta tiempo, pienso enseguida como una paradoja, o digo como acariciando una excusa.
Hay tanto para leer, tanto para ver.
Entonces voy acumulando en una fila de pendientes.
Por eso quiero terminar esta crónica, aun cuando ya he dejado hace varios días atrás la novela. Quiero finalizar esta crónica y subirla a mi sitio para continuar siendo fiel a mí misma, a esta conversación que establezco con la lectura casi como un pacto y romper así, de algún modo esa inquietud de no poder permanecer.
Dejo así por unos días esta compulsión por Nothomb, demoro buscar la película completa del libro en Youtube, decido que luego seguiré investigando sobre el autor, pospongo también la ya iniciada lectura de Dorayaki y la urgencia que me suponen algunos relatos de escritoras africanas que tengo que atravesar… y escribo.
Me refugio en esta escritura antes de salir encarar trámites por Buenos Aires, de ver hijos, nietos, amigos. Me llevará un poco menos de una hora,, tal vez más, qué importa intentando recuperar la inercia productiva de las mareas que me regala Imbassaí.
La novela, escrita por Abe Kōbō (1924-1993[2]), escritor japonés, también guionista y fotógrafo, fue publicada en 1962. Le valió reconocimiento internacional y fue galardonada con el Premio Yomiuri. Kōbō ya había recibido el Premio Akutagawa en 1951 por su novela La pared o El crimen del señor Koruma.
Comienzo a leerla en Imbassaí. Entonces, de pronto, la arena, que está en la playa, que decorosa se abstiene de invadir mi casa al regresar de un paseo junto al mar limpiándome los pies, la que sacudo de algún bolso o pareo; esa arena cobra una fuerza inusual. Porque toda la novela (desde el mismo título) está impregnada de ella.
Un hombre llamado Jumpei, coleccionista de insectos, viaja a una aldea cercana al mar para investigar sobre un nuevo espécimen. Pero él nunca regresará porque contra su voluntad queda atrapado dentro de una casa hundida por la arena, donde vive una mujer viuda trabajando día y noche para palear la arena que se filtra por el techo y las paredes.
La atmósfera que logra transmitir Abe Kōbō de la situación es asfixiante, abrasadora por momentos y, sin dudas, angustiante. Los otros personajes son los aldeanos de los que se respira (celebro esta palabra en una narración en la que cuesta tanto respirar) maldad o perversión. Jumpei es retenido contra su voluntad por años (para el mundo exterior ha desaparecido o se ha suicidado) y cuando llegue al final, la decisión sobre su destino será sorpresiva.
Demoré el tiempo de la lectura por la morosidad del mismo texto: entraba y salía de él con aprensión, como si yo misma corriera el riesgo de ser atrapada en esa realidad casi surrealista.
Kōbō tiene un libro, que se titula Los cuentos siniestros. El escritor venezolano, Gregory Zambrano, en el prólogo a ese libro señala: “Las escenas por lo general se desarrollan en espacios signados por la opacidad y sus personajes pueden parecer fantasmas que merodean convertidos en corporeidades etéreas”. Y eso se vivencia en este texto.
Como me ha sucedido con otras lecturas, como resulta luego de leer a Kafka o Poe mi mirada sobre las cosas (en este caso, la arena) se ha modificado. Hay muchas otras cuestiones: el vínculo expuesto del hombre y la mujer hundidos en esa vivienda precaria, la actitud de los aldeanos los conflictos que asolan a Jumpei, los intentos primeros para escapar… pero lo más inquietante es cómo la arena va cubriendo todo sin descanso, cada día avanzando, borrando huellas.. Las pisadas del hombre, su pasado, se han perdido, como también se va diluyendo su ayer, el tiempo ya vivido, su pasado. Evoco lo que escribí alguna vez.
Corro,
corro,
corro.
Dejo atrás una hilera
de huellas desparejas
que abandono
a su destino.
En el final, la sopresa que cobra fuerza en la pantalla por la imagen de los ojos del hombre. No voy a escribir sobre eso porque es spoliar el final, pero la acción de la arena tiene mucho que ver con esa última decisión.
Para finalizar y en relación a la película que vi después y en la que tuvo gran participación Kōbō, hay dos cuestiones que se refuerzan en relación al texto: la cara de maldad y picardía de los aldeanos, que saben de qué trata todo mientras lo llevan a la casa hundida o cuando lo dejan caer en las arenas movedizas, de modo que como espectador enseguida desconfiamos de su buena voluntad de ayudar al visitante. Y la detención en los insectos pinchados que él va coleccionando en su encierro. Sobre todo, esta última imagen me pareció alegórica a lo que le está sucediendo al personaje. También en lo visual es mucho más intenso el encuentro sexual de la pareja. O me agarró distraída o estaba tan sumergida con la presencia de la arena que no tuve esa percepción en el libro. En resumen, me pareció muy buena esta diferencia con el texto, en donde quizás es más fuerte la experiencia sombría, angustiante y hasta sofocante de Jumpei.
Me quedo pensando, al cerrar la crónica, en estas cuestiones.
[1] Kobo, Abe. La mujer de la arena, “Sunna no onna” (1962). Editora Nacional de Madrid 2002. Leido por SCRIBDD, pdf.
[2] Solo para mí. El escritor muere un 22 de enero. Evoco: embarazada de mi último hijo que nació el 16 de febrero siguiente.


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