Durian Sukegawa – Doriyaki

  Dorayaki [1]

El Japón de ese entonces y el Japón de ahora son dos países distintos.

Durian Sukegawa, escritor japonés, es el autor de Dorayaki (título original An). Nació en Tokio en 1962 y además de novelista y poeta, es cantante y profesor en la Universidad de Waseda. Es también director del PEN Club de Japón. Publicó la novela que acabo de leer en el 2013. La traducción al español fue recién en el 2024 y la hizo mi querida Amalia Sato; la lectura activó el vínculo y permitió el encuentro feliz y personal de ambas, más tarde, en un café de Buenos Aires.

Voy leyendo el texto cobijándome en el abrigo de sus páginas, a resguardo del frio repentino que ha llegado a la ciudad.

Luego de La mujer de la arena, el tránsito por esta novela es balsámico. No porque se trate de una lectura light, sino porque el recorrido es diferente. Ya no me acompaña la angustia de una marea asfixiante de arena por doquier, sino que asisto a la historia de un hombre solitario rescatado por una mujer mayor. Ese vínculo cambiará no tanto la vida del protagonista, sino el modo de pararse frente a su cotidianeidad, o mejor dicho en el aprendizaje a aprender a “escucharla”.

El factor común será los dorayakis, un postre japonés muy popular, sobre todo entre los niños por la serie animada “Doraemon”. El dorayaki es un dulce japonés compuesto por dos panqueques esponjosos rellenos de pasta de judías (porotos) rojas (anko), famoso por ser el favorito del personaje de esa serie. Unos días después de finalizar la novela, encontré quién vende esas “galletas o panqueques” en Buenos Aires. Se trata de una pastelería japonesa Wagashi (@wagashipasteleria en Instagram). Los ofrecen con tres rellenos distintos. Compré el original y me encantó.

Regresando a la novela: el personaje central, Sentaro, es empleado en una tienda ubicada en un callejón comercial al amparo de un conjunto de hermosos sakuras. Allí llega Takeo, una anciana, solicitando trabajo, y desde ese encuentro se inicia la historia que se desliza conmoviendo.

La novela pone el énfasis (¿o lo puse yo?) en algo tan pasado de moda como es hoy el “escuchar”.

Sentaro exhaló con fuerza. Pensó en la carta de Tokue. Escucha, había escrito ella. ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué se suponía que tenía que escuchar? (p.174).

Hay una práctica japonesa que bien podría asociarse a lo planteado por Takeo en la novela de Sukegawa. Se llama Kōdō el arte japonés de escuchar el incienso. Transcribo lo que señala la página que explica la técnica:

En Japón, la ceremonia Kōdō (香道) —el camino del incienso— es una de las tres grandes artes clásicas junto al Chadō (té) y el Ikebana (flores). Este refinado ritual invita a detener el tiempo y a sumergirse en el silencio, donde el alma “escucha” los aromas que emanan de maderas preciosas como el kyara o el jinkō.

La ceremonia se desarrolla sobre un tatami, en un ambiente de calma y respeto. Guiados por el maestro del incienso, los participantes pasan el incensario de mano en mano y “escuchan” la fragancia con el espíritu además del olfato. [2]

Como en la novela, en la que Takeo escucha las judías cocinándose –no el borboteo de la ebullición, sino el olor que ellas desprenden y hasta el cambio de color–, lo que se propone con la práctica Kōdō es “escuchar” el aroma del incienso.

Sería como escuchar entonces algo más que el sonido del mar, escuchar también su olor o el roce de la sal sobre la piel. Viendo y no viendo, cerrando los ojos o no; en silencio, sí, pero para poner los otros sentidos, los que estamos acostumbrados a usar con tanta naturalidad (si no hay impedimento), como la mirada, el tacto, el gusto, el olfato, al servicio de la escucha.

Entonces es más que el pájaro cantando en la ventana, es también su cuerpo temblando en el esfuerzo, su aroma silvestre, la suavidad del plumaje; entonces es más que la voz amada, es el recuerdo de su piel, de su perfume favorito, de sus ojos que transmiten sin hablar.

Es la escucha del que no puede oír y sin embargo oye.

Es escuchar con todos los sentidos, en el adentro de mí y en el afuera.

Esto es lo que reflexiono hoy, luego de leer la novela y al sentarme a escribir sobre ella. Es lo que me transmite Sukegawa a través de su historia.

En la novela también está presente el tema de la lepra.

Existe en Japón una literatura llamada “de la lepra”. Uno de sus principales escritores fue Tamio Hōjō (1914-1937) que a los diecinueve años fue diagnosticado con la enfermedad y debió internarse en un leprosario hasta su muerte. Su libro La primera noche de la vida, Cuentos y memorias sobre la lepra, tiene en su contratapa reseña de Kawabata (quien rescatará su obra e incluso llegará a tener correspondencia con él). y de nuestro autor en esta crónica. Transcribo el texto, que cobra tanta significancia en el vínculo con la novela leída.

Cuando leí “La primera noche de la vida” sentí una conmoción similar a la que me causó “El tren nocturno de la Vía Láctea”, de Kenji Miyazawa. La calidad de su trabajo, creado hace más de ochenta años, cuando tenía apenas 22, me sensibilizó y me dejó impresionado. Pensé: “No hay forma de que yo pueda lograr algo así”. Casi abandono la escritura.

La investigación de la literatura de “la lepra” me va atrapando y me lleva por un sendero por el que no puedo andar hoy, mirando la hilera cada vez más alta de pendientes, pero me apasiona y sería un buen mapa de navegación para recorrer con quien sepa más. Algún día, digo para consolarme.

En este mientras tanto, y como dentro de unos instantes debo salir, agudizo mi escucha para permitirme oír el universo de otro modo.


[1] Sukegawa, Durian. Dorayaki (título original An), 2013. Chai Editora, Madrid, 2024. Leido em versión digital octubre 2025.

[2] https://vidazen.es/blog/80_kodo-el-arte-japones-de-escuchar-el-incienso.html         

2 Comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *