Un sol que me disuelva de Mariel Pardo
(Una historia de historias incontenibles como un río)
Me gusta repetir las horizontales y verticales en voz alta porque, a veces, se genera una pausa especial, un resonar en el silencio.
Comienzo la novela de Mariel Pardo Un sol que me disuelva[1]. y enseguida encuentro como acápite del libro una cita de Roland Barthes. Ya antes de leerla, festejo. Para quienes sentimos debilidad por el “tío Rolando”, siempre es celebratorio salir a su encuentro. La cita se resignificará durante la lectura, pero aún no lo sabía en esa primera intimidad con el texto. Incluso ella crecerá en su sentido mientras escribo estas líneas.
También cobrará importancia el título del que no encontré el guiño o la repetición en el texto (tal vez se me pasó, pienso dudando) que me sirviera de referencia. ¿Por qué Mariel hizo esa elección? Entonces busqué; y buscando, encontré un poema de Alfonsina Storni “Un sol” y los cuatro últimos versos que dicen:
¿En dónde está el que con su amor me envuelva?
Ha de traer su gran verdad sabida…
Hielo y más hielo recogí en la vida:
Yo necesito un sol que me disuelva.
Y de esto trata la novela, dividida en cuatro partes, cada una diferenciada con un nombre propio. La historia se inicia con la voz de Diego, pero se continua con la de Magalí, con la de Osiris y, finalmente, con Andy. Los cuatro son protagonistas; a los cuatro se les permite contar su historia y el conjunto final es un entramado en el que me vi atrapada (pero no enredada) de inmediato. Las interrupciones que me fueron acompañando a medida que avanzaba tuvieron más que ver con el afuera –con la cotidianeidad, con los pendientes que van sumando en altura junto a mi computadora– que con la trama. A partir de Diego, no podía abandonar cada nueva historia que, encadenada a la anterior, y así en sucesivo, armaban un coral completo.
No hay en la novela lo que fue conocido como “efecto Rashomon”[2], ya que no se trata de la misma historia contada desde cuatro puntos de vista, sino que Mariel Pardo me invita a un concierto de cuatro voces, claramente diferentes, que cuentan un poco (una parte quizás) de su propia historia. Y de ese modo, al escucharlos voy descubriendo que todas esas voces tienen un punto en común (los mismos protagonistas, creo no llegan a saberlo del todo cómo lo sabremos nosotros, los lectores).
Mariel se lanza a esta tarea desafiante con una narración que fluye con maestría, sin errores o equivocaciones que me hagan dudar o detenerme. A veces, sí confieso, debía ir un poco hacia atrás (no podía distraerme) cuando la historia me proponía bifurcaciones con nuevos personajes y situaciones. Luego, más adelante, como un caminante experimentado aprendí que solo debía dejarme llevar; la narración me conduciría otra vez con soltura al sendero principal.
En la novela los personajes buscan. Como Osiris, emulando al poeta, intentando encontrar la palabra justa de su crucigrama, o Diego a su amor perdido. Busca Magalí algo más profundo que su belleza; busca Andy el hogar perdido y el refugio de su identidad. “En dónde está el amor que me envuelva?”, decía Alfonsina, y es lo que van reclamando los cuatro protagonistas de esta historia.
Por todo eso digo que la disfruté mientras no podía dejar de admirar eso que se me da por llamar “una buena pluma”, la que poseen como un don los buenos cuentistas. “No recrimino, no sospecho, no busco las causas…”, escribía Barthes en la primera línea de la cita; y así narra Mariel, solo exponiendo “con el goce de una ficción exuberante”, como escribe Gonzalo Garcés en contratapa.
[1] Pardo Mariel, Un sol que me disuelva, Ed. Diotima, Bs.As. 2023
[2] es el efecto producido por la subjetividad y la percepción personal a la hora de contar la misma historia o situación,


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