Armonía Somers 2

Desnuda o Rota

 

Rebeca Linke, treinta años. Dejó su vida personal atrás, sobre una rara frontera sin memoria.

 

 

Me acerco a la escritora uruguaya Armonía Somers (1914-1994) a partir de la lectura de La mujer desnuda, novela publicada en 1950.

Mi primera correspondencia con el texto diseñó un poema. Las palabras surgieron, luego de la pausa, suspendidas en el instante que le sigue a la buena lectura, similar a la calma luego del goce de los cuerpos, y se anudaron en los versos que se fueron escribiendo uno a uno, con ritmo propio, sobre la hoja.

Había dado el paso inicial por la narrativa de Somers, sin sospechar que no habría camino de retorno y que, por lo contrario, solo sentiría necesidad de continuar avanzando.

El acceso a su obra fue gracias (otra vez agradecida, ya me he referido a este tema, en relación a la ausencia en la red de Norah Lange) a encontrar sus novelas y cuentos digitalizados.

Descubrir que podía tener acceso a Somers, como me había ocurrido con María Luisa Bombal[1], renovó la obsesión, que había logrado acallar, de intentarlo otra vez más con la escritora argentina. ¿Sería posible que no hubiera implementado las herramientas de búsqueda adecuadas?, me preguntaba con renovada incredulidad ante ese vacío. No puede ser, pensaba mientras regresaba a los sitios ya visitados o me sumergía en otros nuevos; para comprender, por fin, que no hay modo de leer on line a Lange, salvo pocos poemas o algunos desordenados fragmentos de su narrativa.

 

La mujer desnuda, a continuación de la lectura de Bombal, incrementó mi admiración por estas narradoras latinoamericanas que, debo confesar, no conocía.

Para la fecha de la publicación de la novela, Somers se desempeña como maestra, pero también comienza a especializarse en criminalidad juvenil (A partir de la experiencia que adquiere trabajando en barrios marginales de Montevideo). Su trabajo se ve reflejado en distintas publicaciones; comienza a participar de seminarios internacionales (OEA, UNESCO). En 1957, recibe por su labor recibe el Premio Universidad de la República y también es invitada a Europa: Francia, Inglaterra y Alemania. Distintas becas le permiten incluso vivir en Ginebra y Madrid. Sin embargo, en 1971, a los 57 años deja las funciones oficiales y se dedica solo a escribir.

La mujer desnuda, tanto como los cuentos que le siguen, en especial “El derrumbamiento”, son por sobre todo provocativos, audaces; y para la época, sin duda, escandalosos. (La autora elige hacerlo con el seudónimo con el que la conoceremos: Armonía Somers, manteniendo el nombre, pero no el apellido, Etchepare).

La protagonista de La mujer desnuda es Rebeca Linke quien, el mismo día en que cumple treinta años, se corta, ella misma, la cabeza. No hay dolor o terror, tampoco sorpresa en ese gesto tremendo; y luego, así como la cabeza cae, se la vuelve a colocar. Con naturalidad, al ver que encaja perfectamente, toma la decisión de “aventurarse desnuda al exterior”.

Un inicio surrealista, en algún punto gótico, perturbador, deslumbrante.

En su peregrinar, la mujer se detiene a plena luz –cuando la desnudez ya no puede quedar resguardada por la oscuridad de la noche– en un pueblo. Su visión esporádica, confusa, no creíble incluso por la imposibilidad de encontrar a una mujer desnuda por los caminos, alimenta no solo la leyenda (la duda) de su existencia, enciende también todas las pasiones ocultas, reprimidas o simplemente olvidadas a fuerza de tedio, de hastío o por la costumbre. Su aparición fugaz enciende el erotismo entre los esposos, hace tambalear la vocación del cura (pintor frustrado que, ya incapaz de ver la realidad en un solo matiz, se inmolará luego en el fuego); desata la ira de los iracundos y la ceguera de los fanáticos que, ante lo que los perturba, recurren a la violencia. Su presencia despierta la pasión de Juan y también la de ella misma, regresándola a la Eva original del paraíso:

 

—Dame esa manzana, no la cortes —dijo de pronto obsedido siempre por los mismos pensamientos.” (p. 68)

 

—¿Fuiste tú quien mordió una manzana de estas cercas? (p. 86)

 

—Bah… —contestó ella evasivamente—, es una historia demasiado vieja. Hace miles de años y yo no tenía ombligo. ¿Qué puede importarte a ti de la desgraciada manzana? (p.86-87). [2].

 

Mientras leía, la memoria me iba trayendo recuerdos de otras narraciones, de imágenes de películas, incluso de cuadros. Podía llegar a percibir también las propias lecturas de Somers, como ese verso que se cita entrelineas de César Vallejo (el subrayado en la cita es mío para marcar el intertexto):

 

Alguien que había dicho cosas del dolor del hombre, el hombre de todos los lugares, cosas que podrían servir entonces para andar cualquier camino y hacia cualesquiera de los vientos. «Mi dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi novia, mi dolor sería igual…». (p.103)

 

Una de las asociaciones que traía mi biblioteca, fue la de La mujer rota, (1967) de Simone de Beauvoir, incluso siendo una historia disímil, muy diferente a la novela que estaba leyendo. Busqué el texto y pronto recordé la línea del primer párrafo:

Doble sensación de extrañamiento: me iba muy lejos, a orillas de un río desconocido; alzaba la vista y volvía a encontrarme en medio de estas piedras, lejos de mi vida

 

La novela de Somers es anterior, pero parece continuarse en esas palabras de la novela de la escritora francesa; en el “Yo perdí mi imagen” tanto como en las últimas líneas desesperadas de la mujer que pierde el amor de su marido (su único afán de vivir), y que por ello se quiebra como la figura de porcelana que forma parte de la decoración de su casa.

¿Habrá leído Somers a de Beauvoir, y viceversa, cuando estuvo residiendo en Francia?

No hay similitud aparente en las historias narradas en los dos textos. Sin embargo, se trata de dos mujeres “mutiladas”. En el caso de La mujer rota, la protagonista se va desmembrando en su afán por asirse a su obsesión –Maurice, el marido infiel y el pasado que tienen en común–; la mujer de La mujer desnuda decide auto decapitarse para poder ser ella misma. Las dos, en ese trance, emprenden un camino existencial con un final que considero abierto en ambos casos:

 

Rebeca Linke pasó por segunda vez junto al bosque, con su largo pelo suelto. Flotaba boca abajo, como lo hacen ellas a causa de la pesantez de los pechos. Fuertemente violácea en su último desnudo, en su definitivo intento de justificación sobre el féretro deslizante del agua. (LMD, p.107)

⸻¿No nacerá una mujer nueva de las aguas?

 

Pero sé que me moveré. La puerta se abrirá lentamente y veré lo que hay detrás de la puerta. Es el porvenir. -La puerta del porvenir va a abrirse. Lentamente. Implacablemente. Estoy sobre el umbral. No hay más que esta puerta y lo que acecha detrás. Tengo miedo. Y no puedo llamar a nadie en mi auxilio. Tengo miedo. (LMR, final).

⸻¿Podrá ella girar el picaporte que la haga dueña de su destino?

 

La infancia de ambas autoras no es muy diferente en cuanto a las posibilidades económicas, Simone nace en una familia burguesa y adinerada, pero que pronto queda en la ruina y debe hacer cambios drásticos para acomodarse. La familia de Somers es muy pobre.

Ambas se crían en ámbitos muy particulares: madres muy católicas, pero intelectuales y muy personales; y los padres: el de Somers, anarquista, que no se casa con su mujer por sus convicciones, y que tiene dos hijos más con su cuñada; el de Beauvoir, abogado, pero también actor aficionado y bastante bohemio.

(Recomiendo con énfasis la lectura del capítulo dedicado a Armonía Somers, escrito por Ana Inés Larre Borges, que forma parte del libro coordinado por Cielo Pereira, Mujeres uruguayas. El lado femenino de nuestra historia.[3]).

De cualquier modo, ambas autoras, la “no visible” uruguaya y la reconocida francesa, provocan, desafían y estimulan desde su narrativa particular y por su tratamiento de lo femenino, tópico impensado para la época.

Un año antes de la publicación de La mujer desnuda, se editaba El segundo sexo, un ensayo feminista (que no he leído) de Beauvoir, que en su momento escandalizó por su abordaje.

Quizás esta vinculación pueda resultar forzosa o sea incluso inexistente.

Hoy diría que, así como, en algunos aspectos (no todavía en lo que hace a la obsesión y en el perderse en un otro sin poder reconocerse a sí misma), la mujer de La mujer rota ha avanzado varios casilleros; la protagonista de La mujer desnuda es eterna, porque su perdurabilidad se centra en ese gesto inicial de la novela: auto-decapitarse para permitirse un nuevo inicio como mujer.

No he podido separar a las dos escritoras desde el inicio de la lectura de la novela de Somers, y el vínculo que estableció mi memoria literaria es lanzado al viento como estas crónicas de viaje, que solo resultan de la experiencia de mi andar. Nada más, ni nada menos que eso.

 

 

[1] Ver crónicas sobre la autora en este mismo sitio.

[2] Somers, Armonía. La mujer desnuda (TRAMPA) (Spanish Edition) Trampa ediciones. Edición de Kindle. Las citas sobre la novela corresponden a esta edición.

[3] ArmoniaSommers_MujeresUruguayas_Tomo2_Coord_CieloPereira_2001.p

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

diecisiete − dos =