Armonía Somers 3

Relatos del derrumbe

(“El derrumbamiento” y otros cuentos, de Armonía Somers)

 

Hay cosas que no pueden decirse, no por lo que expresan, sino por la soledad que encierran.

 

Derrumbamiento.

Según el diccionario: “Destrucción, hundimiento o caída de una cosa que está derecha o en equilibrio […].

La definición les cabe a los cinco cuentos que conforman este volumen publicado en 1953, porque todo se desmorona en los relatos: lo sagrado, las normas morales; los cuerpos se desnudan, sufren o son maltratados y se convierten en “despojos”.

Armonía Somers señala sobre la escritura del cuento “El derrumbamiento”:

 

El relato de cómo lo escribió está también lleno de sonido y de furia, aunque tampoco exento de humor: “sobre una roca de Podios nuevo, luchando con el viento que quería llevarse los papeles y el diablo que pugnaba por mi alma”[1]

 

En el cuento, un negro escapa de un asesinato (a “un bruto blanco”) que ha cometido con sus propias manos. El relato se inicia a media res, el hombre está huyendo bajo la lluvia y maldice: “Sigue lloviendo. Maldita virgen, maldita sea. ¿Por qué sigue lloviendo?”.

Aterido de frio, empapado, lastimado, “a paso lento, pero persistente”, encuentra refugio en una cabaña, donde se producirá el encuentro con la “Virgen blanca”. Allí se le destina un lugar para dormir, que se asemeja a un “valle”, entre otros cuerpos olorosos y cansados como el de él, y en el que deja caer el suyo agotado (en este valle de lágrimas, leo evocando la oración). Desde allí descubre a la Virgen, “la rosa blanca”, que se corporizará a su lado y que lo llamará por su nombre, Tristán, para pedirle que la ayude a liberarla de su caparazón de cera:

Que luego no pude llorar más por haberlo perdido. Desde que me hicieron de mármol, de cera, de madera tallada, de oro, de marfil, de mentira, yo no tengo otro llanto. Y debo vivir así, mintiendo, con esta sonrisa estúpida que me han puesto en la cara.[2]

Y luego “yo no quiero ser más virgen”.

Con sus manos avergonzadas y torpes, pero guiado por las de ella, el negro la irá recorriendo palmo a palmo hasta lograr que aflore (desflorar, leo) la verdadera carne de la mujer. “Has derretido una virgen”, le dirá entonces la virgen, para agregar después: “Alcanza con que el hombre sepa derretir a una virgen. Es la verdadera gloria de un hombre”.

Una vez liberada de sus ataduras, la mujer escapa por la ventana, al mismo tiempo que llegan los que persiguen al negro, ya enfermo y condenado de antemano. Es entonces, en ese instante que la cabaña se deshace “como un esqueleto” por el derrumbamiento.

Encuentro diferentes trabajos sobre este relato que se abre a tantas interpretaciones.

Entiendo que escribir es hacer un recorte. En las palabras que se eligen para componer la oración se desechan otras, que no por eso dejan de existir o tener valor; también así los caminos que se toman, no hacen desaparecer los otros no recorridos.

Por lo que, de este cuento, elijo desde donde mirar; y decido situarme en ese movimiento de la Virgen y en su deseo. Observo al hombre, un negro desnudo que no puede negarse a sus pedidos, convirtiéndose tan solo en un instrumento. Como sus manos sirvieron para matar al “bruto blanco” (que asesinó a su Hijo, dice la Virgen), ahora ellas se ofrecen para satisfacer a la mujer.

Es posible que ninguna imagen que enfrente de aquí en más de la Virgen, escape al recuerdo del cuento, pero, y aun entendiendo el escándalo que pudo haber provocado en su momento, no hay en todo el relato nada ofensivo, ni brutal. Solo puro erotismo y fascinación.

Las palabras son las exactas para describir el deseo temeroso y respetuoso del negro; y el casi visceral de la virgen. Las palabras transmiten, sobre todo, muchísima ternura. Y es esta perfección narrativa lo que dimensiona y da valor el relato.

 

El segundo cuento es “Réquiem para Goyo Ribera”, que se inicia cuando Miguel Bogard (el apellido produce una aliteración de su profesión, abogado) llega al cuarto donde está muerto Goyo Ribera, para ser testigo de su triste y solitario final.

Afuera, ya estaba esperando el furgón, también de la misma calidad de la caja, color, beneficencia, y de acuerdo al estilo total de la habitación indescriptible donde estaban embalando a un hombre, no se sabía para que suerte de viaje expreso.

Todo era irreal, nebuloso, inasible. (p.28)

La particular relación de Miguel con Goyo, que se va intercalando en las evocaciones de Miguel, se lee en entrelineas y sugiere un amor no correspondido por parte de su amigo.

El número tres emergía una y otra vez en el texto y lo fui marcando, porque creí que establecía lo que fue la relación entre ambos, la de un trío: Miguel, Goyo y la chica que, según Miguel, no lo merece y por la que, en su momento, discuten.

El número se destaca incluso en la esfera del reloj que encuentra Miguel en el cuarto:

Se veía en un rincón un lecho desordenado, dos sillas, un reloj colgado en el muro. Un reloj. Martin se precipitó en la esfera, desesperadamente, buscando allí algo vivo donde asirse de la muerte de Goyo. Pero el reloj estaba detenido. Las tres. (p. 28)

Tres años –le señala Goyo cuando ambos discuten– es el tiempo que ha perdido la chica a su lado. O cuando le pide tres días para confiarle una conversación, una “cuestión de conciencia”. O se repite en las recriminaciones que le hace Miguel:

Tus hijos a medio plasmar tirados al caño de la m… cada tres meses, o cada tres días si pudiera hacerlo. ¿0 crees que no sé a dónde va a parar periódicamente tu reloj de oro para pagar esa traición inaudita con tu sangre? Sí, tu formidable sangre, más formidable que todo tú, menospreciada por esa matriz sin vibraciones, por esa alma sin sexo, por esa infrahumana cosa que ya nació perdida. (p. 39)

Son también tres las mujeres que aparecen en el cuento: la otra, que le disputó el amor de su amigo; una viuda joven italiana, dueña del restaurante donde almuerza el día del entierro y frente a la que se siente impotente para brindarle consuelo sexual; y la propia mujer de Miguel, María-la señora Bogard, que hace muchos años navega en un mar de frivolidad, lejana en todo sentido a lo que él siente (lejana desde siempre, ya que Miguel no pudo nunca desearla).

El mundo ha dejado de girar para Goyo (cuyo oficio fue relojero), y para Miguel ante su muerte. Así es su desgarro, con las rodillas clavadas en la tierra recién removidas, que voluntariamente retendrá bajo las uñas: “No me dejan, nunca me dejaron, jamás me permitirán tenerte, Goyo Ribera” (p. 44); así lo siente al regresar a su casa, decorada en exceso con flores –por su aniversario número veinticinco de casados, que ha olvidado–, como si se tratara de un velorio “su velorio”, ya que es en ese instante cuando se da cuenta que, como su amigo, él también hace rato que se ha muerto.

 

El cuento “El despojo” se estructura en tres mini relatos.

El primero es “la araña”, que se inicia con un hombre que huye de una granja (muy similar al negro del cuento primero) y de su opresor: “…escapaba de la granja tal como había llegado, completamente dueño de su alma y de su cuerpo”. En la huida, se adentra entre las mieses y se lastima: “parecía que era necesario rasgarse, meterse aquella experiencia en la carne para saberlo, …”. La experiencia dolorosa del cuerpo es también la del recuerdo del contacto con la mujer del patrón, que tenía lugar en el mismo lecho de la pareja mientras el marido dormía. Pero desde la distancia entiende que tanto él como el otro se han comportado como “arañas” con ella, una víctima como otras que “noche a noche, son devoradas en silencio, a grandes saltos”; para confesarse por fin que “el hombre sólo se ama a sí mismo y en los otros hombres”.

El segundo relato es “la violación”. Un hombre entra a robar pan, pero termina violando a la hija, casi una niña, del panadero. “Era inocente como la harina de los sacos”. Otra vez son los cuerpos los protagonistas. Este hombre, como el del anterior relato “Necesitaba volver a tener los huesos duros para alcanzar cuanto antes la sombra” y poder seguir huyendo, que parece ser el destino de los infelices.

El tercero, “El enjuiciado” narra el despertar de un hombre sobre una pila de heno, la extrañeza de su condición (¿está vivo o muerto?, ¿todo es un sueño?), y luego la escena donde una mujer lo amamanta (¿real o imaginada?, y erótica por demás); para, en el fin del relato, comprender que siempre se trató del mismo hombre, aquel huía de la granja con su caramillo (con la flauta, la única posesión que lleva consigo). Un instrumento que ahora solo emite una música vulgar, como ha sido siempre él mismo en el recuerdo de ““[…] aquellas míseras mujeres lo habían transmigrado a tantas formas, Aquellas mujeres… Quiso volver a pensarlas a todas, desde el primer deseo de la vida”.

Como anunciaba el título del cuento, «El despojo», eso que queda finalmente del hombre mientras se adentra en la muerte.

 

El cuento “La puerta violentada” me sienta (y la palabra es la adecuada) en la mesa donde están comiendo Juan y sus tres hermanas solteras (Virginia, Clara y Violeta), para asistir desde ese lugar a la progresiva locura de todos –como si esa condición hubiera sido, desde siempre, el destino de sangre familiar–. Resalto algunas intervenciones, donde se escucha la voz de la narradora; como, por ejemplo:

No hay nada más obsesionante para el hombre que eso que ha convenido en llamar el paraíso. No tanto porque lo imagine hermoso e interminable. Aunque se persista en decir lo contrario, nadie piensa que pueda existir algo que supere a la tierra, aún en la precariedad de su tránsito.

El cuento parece cerrarse con Clara tragando

[…]en su quemada salivilla antigua lo que los demás se estaban perdiendo estúpidamente, la maravillosa corporeidad de la locura, su sabor insuperable. (p.

Pero ya ni esa misma saliva podría ser suya. Acababan de violentar también su boca cerrada.

Y subrayo el “parece” porque la saliva y el paraíso conforman el título del siguiente cuento: “Saliva del paraíso”.

Que es un relato muy difícil de leer por la variedad de voces que lo pueblan.

En lo central, una pareja en un parque conversa en un cono de sombra que se abre entre la luminaria del parque. A pesar de esa supuesta intimidad que les proporciona la penumbra son observados por dos ancianos: un vagabundo, “un pobre diablo” enfermo, al borde la muerte, y por otro “el banquero”, que los descubre desde su auto, donde está junto a sus dos nietos de “orejas telepáticas”, conducido por su chofer.

A partir de la visión de la pareja, los dos viejos recuerdan sus propios abrazos (otra vez en Somers lo perdido o lo olvidado). Ambos son, en el presente, un “despojo” de lo que eran y saben que morirán solos. Pero antes de ese final, o mientras eso va sucediendo, porque a partir de ese instante las escenas se superponen, (el paso de una a otra lo marcan los puntos suspensivos al inicio de cada párrafo), la pareja del parque pasa frente al Hotel donde dos mujeres y un hombre están ingresando: una mujer soltera y una pareja:

Ellos pidieron las llaves, con una inconfundible sonrisa de alta clase. La frágil y dorada mujer soltera tomó la suya con cierto aire de ausencia. El joven matrimonio pareció atársela al cuello.

¿Cómo no admirar en esta síntesis la capacidad narrativa de Somers, que se centra en el objeto, la llave, y su significado para la pareja o para la mujer soltera?

¿Qué es en realidad lo que sucede luego? Es confuso, ambiguo. La escena dentro del cuarto del hotel ¿es un recuerdo del anciano banquero?, la pareja del parque ¿una evocación del vagabundo?

Ya en el supuesto “paraíso”, el viejo vagabundo comprende que nada es como se cuenta allá abajo.

Mentira con la música sacra. Un silencio monstruoso había endurecido el espacio. Quizás el cielo fuera de granito, siempre había tenido él esa sospecha, un cielo duro, tan íntegro, que no se rompía en pedazos sobre el dolor de los hombres.

Ninguna de las situaciones que se fueron planteando tienen desenlace, y el cuento finaliza con la rebeldía del viejo vagabundo, que desde el paraíso se da el gusto de salivar a la pareja, gesto que recuerda el refrán: “el que al cielo escupe, en la cara le cae”, pero que “ahora no servía para nada”.

 

 

[1] ArmoniaSommers_MujeresUruguayas_Tomo2_Coord_CieloPereira_2001. p. 335

[2] Somers, Armonía. El derrumbamiento. https://anaforas.fic.edu.uy

 

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