(en tiempos de Coronavirus)
En 1954, Adolfo Bioy Casares publica El sueño de los héroes. En una nota preliminar a la novela cuenta haberla comenzado a escribir en 1949 y que la narración propone: […] la idea de que la realidad puede ser fantástica en cualquier momento […] como si el mundo estuviera hecho de infinitos mundos que de vez en cuando confluyen.
Esta vez el territorio donde se desarrolla la trama no es una isla del Caribe. El joven protagonista, Emilio Gauna, se desplaza por los barrios de Buenos Aires, por sus calles, plazas. Reconozco cruces de avenidas, vecindarios de la periferia de la ciudad, que se describen con detalle, y que no creo se hallan modificado demasiado con el paso de años; en su esencia algunos lugares no pierden jamás su identidad.
Así, como se sigue a Leopold Bloom, en el Ulises de James Joyce, morosamente, voy tras los pasos de Gauna, advertida desde las primeras líneas, que una misteriosa “culminación” alterará “el fluir de los acontecimientos”.
Leo culminación como “desenlace” y continuo.
Sin embargo antes hago una pausa para asomarme a la terraza desde donde observo la ciudad silenciosa, en apariencia dormida por el encierro forzoso. No es la que me describe Bioy en la novela, pienso, convencida de que el ámbito para esta lectura debería ser un café de Buenos Aires, incluso distintos cafés a los que iría llegando a lo largo de los días. Entonces me hubiera sentado en una mesa junto a una ventana mientras se escucha en algún lado un tango, y hubiera dejado que mis ojos, abandonaran por un instante el libro para perderse distraídos en algo que sucede del otro lado del vidrio, quizás esa puesta de sol que se desplazando por la vereda y las primera luces que se encienden para hacerme saber que, sin darme, cuenta ya anochece.
Pero leo dentro de mi casa, en este universo casi paralelo al ficticio que intento burlar como si estuviera de verdad en el afuera.
Continuo reflexionando que las pausas que voy realizando, a veces no relacionadas con esta vital melancolía de la cuarentena, sino por lo que provoca la misma lectura de la novela.
Se ha escrito mucho sobre El sueño de los héroes y mi discurrir no busca agregar una reseña más, solo volcarse en estas crónicas, que como las de un viaje, surgen a partir de la vivencia por la geografía del texto.
Creo que tal vez, por eso, lo que escribo hoy no se agota en un punto final. Como al final de una travesía, regresamos a las imágenes, algunas con suerte capturadas en fotografías, para recrear el camino transitado, que es otro, es diferente porque se le ha agregado al paisaje nuestra propia experiencia.
Porque es casi imposible leer a Bioy sin reparar en el intertexto.
Dice Roland Barthes al respecto, en 1968:
Todo texto es un intertexto. Hay otros textos presentes en él, en distintos niveles y en formas más o menos reconocibles: los textos de la cultura anterior y los de la cultura contemporánea. Todo texto es un tejido realizado a partir de citas anteriores […]
Roberto Ferro al finalizar el capítulo «Borges y Mugica, dos miradas y una esquina» (en El lector apócrifo, 1998) escribe:
[…] el cruce de los textos, cualquiera sea su soporte semiótico, es laberíntico no porque sus lectores o espectadores no encuentren la salida, sino porque nunca sabrán el origen.
La lectura supone entonces una instancia de búsqueda, casi detectivesca, de huellas por donde la escritura ha transitado antes de hacerse un nuevo texto. En algunos casos, esa instancia es clara o se evidencia por un acápite que nos brinda una pista. Tomo como ejemplo el cuento «Volvedor» de Abelardo Castillo y su cita de inicio: A Julio Cortázar y a usted, Borges, y perdón si los salpiqué; en otros, la palabra se roza con una anterior sin señalamientos.
Así, de ese modo, se intuye el diálogo que establece Fernando Pessoa/Bernardo Soares, en su Libro del Desasosiego, con la lectura de Proust:
[…] A través del sabor leve del humo revivo el pasado. Otras veces será un cierto dulce. Un simple bombón de chocolate me descompone los nervios por un exceso de recuerdos que los estremece. ¡La infancia! […]. Con qué sutil posibilidad de sabor-aroma reconstruyo los escenarios muertos […], tan medieval por lo inevitablemente perdido.
Textos que se cruzan, como señala Ferro, que se entrelazan a su vez y dialogan con otros previos, y así infinitamente en el discurrir incesante de la palabra. Si pensamos que hubo un tiempo en que lo que se escribía era pensado para ser transmitida oralmente, cobra mayor sentido esta superposición que no aplasta sino que dimensiona la narración.
Se escribe en diálogo con la propia lectura que es, a su vez, escritura de otro, para recrear lo leído con la nueva expansión que provoca el nuevo texto que se va creando.
Quizás por eso se sigue escribiendo.
Cuando como una luz se enciende para mí, lectora, esta pista —de otra lectura— y, de pronto, esta pausa detiene el andar del ojo sobre la línea, es cuando el texto hace hondura. Me sucede también con la música y con la pintura, y ese intento, a veces casi obsesivo de descubrir la nota o el trazo íntimo sin que ello opaque el placer.
Me sucede con la novela que estoy leyendo que se suma a un todo de otras lecturas que se van abriendo a medida que avanzo.
La lectura se trata de una experiencia viva.
Así entiendo este ida y vuelta entre el libro que tengo entre manos y mis ojos.
En todo esto estaba pensando mientras regresaba a la hoja marcada en la novela, cuando llegó un correo de mi sobrino filósofo, radicado temporalmente en Madrid–Barcelona. Me dice:
[…] filosofar es una aventura dinámica: no se agota ni aquí ni allá […]. El movimiento encuentra muchas maneras. Es el despliegue de las ideas buscando su forma, haciéndose en el discurrir. Me gusta la ambigüedad de esta palabra: discurrir. Remite tanto al extenderse de algo a través del espacio (por ejemplo, las aguas de un río discurren a través de su cauce) como a la actividad de reflexionar o pensar sobre un asunto. Discurrir es moverse avanzando por un lugar y es, también, uno de los nombres del tiempo.[1]
A eso me refería antes. Martín lo ha expresado mejor.
Regreso a Emilio Gauna
El protagonista tiene apenas veintiún años y su deambular al inicio del relato se vincula con lo que le da seguridad: el club de barrio y los amigos. Hasta que ocurre el “acontecimiento” que alterará el fluir de su vida y que modificará su conciencia y el modo de percibirse a sí mismo; porque esa experiencia marcará su destino. El narrador no me cuenta que fue lo que sucedió esa noche tan perturbadora, aunque páginas más adelante, algo se intuya, nunca develará el secreto —Cómo pasaron de ahí a otra parte era un misterio—. Comparto con el protagonista ese misterio y su inquietud por esa experiencia que él recuerda como un sueño, porque el narrador insiste: que Después de la aventura, Gauna nunca fue el mismo.
Sobre esa trama de enigma se acomoda el resto de los personajes: las conversaciones con Larsen que son como la patria del alma; el Dr. Valerga un personaje que resulta desagradable (con ese adjetivo lo define luego Bioy), aunque por momentos el vínculo sea para Gauna la íntima vivencia de padre-hijo, el “brujo” Taboada, padre de Clara, quién desde su sapiencia parece saber lo que le está sucediendo realmente a Gauna, y los demás compañeros de ruta (del fútbol, del taller, algunos comerciantes claves), ese grupo de hombres que en ésta y otras narraciones, acompañan al protagonista. Por fin, la mujer, en el personaje de Clara, sobre la que confluyen distintos sentimientos; sobre todo, el temor o la duda por lo indescifrable. Esta imposibilidad que lo repele y acerca, al mismo tiempo; y que se condensará en la búsqueda y el encuentro con la “máscara”.
Debo escribir que el relato me atrapó en el momento en que el narrador me pregunta. ¿Qué habría pasado si algunos hechos hubieran sido distintos? (capitulo XXXV); cuando ya se ha armado el escenario, se han presentado los actores y, entonces, asisto a la tragedia.
Gauna reconstruye el propio recuerdo, necesita revivirlo para poder continuar sin imaginar, ¿o sí? que ese movimiento lo llevará hacia propia muerte. Cuando al fin comprendió también entrevió el coraje. Entonces pudo experimentar el gran final, la muerte esplendorosa.
Cierro el libro, otra vez, agradecida por la lectura.
Mi edición de Emecé corresponde a una publicada, en color azul para el diario La Nación (cuando los diarios invertían en estas colecciones maravillosas, algunas de lujo como las Obras Completas de Federico García Lorca, que tengo en uno de los estantes de mi biblioteca), Leo la cita en la contratapa del libro, tomada de la misma novela (y vuelvo a pensar en el discurrir que propuso Martín, mi sobrino):
En el futuro corre, como un río, nuestro destino, según lo dibujamos aquí abajo. En el futuro está todo, porque todo es posible. Allí usted murió la semana pasada y allí está viviendo para siempre.
[1] En Amar la trama-Filosofía en movimiento, http://eepurl.com/gZtkUT

