DIARIO DE LA GUERRA DEL CERDO – Adolfo Bioy Casares

(en tiempo de coronavirus)

He leído y finalizado la novela en la edición que tenía en casa, que forma parte de la colección de tapas azules ya comentada en mi última crónica.

Al abrirla he encontrado inscriptos mi nombre y una fecha, 14 de septiembre 2001. Me detengo para evocar ese momento, el mes, el año, las circunstancias. Muchas son las vivencias que surgen al pensar en un tiempo concreto; más abismal pero similar en algún sentido al desafío que le plantea a la memoria el encuentro con una fotografía. Solo rescato ahora, lo que sucedió un mes después de esa marca. En octubre publicaba mi primer libro De eso se trata, un conjunto de doce cuentos breves.

Uno de esos relatos “Suburbios” comienza así:

Quizás como al resto de los mortales, lo que más le cuesta al comisario Ramírez es poner en acto la decisión de levantarse por las mañanas”.

Casi veinte años después, apoyo a un costado de la computadora ambos libros: el de Bioy, tapas azules y el mío. Los dos se sostienen, uno sobre el otro, en la apertura del cuento que geminaría en una nueva novela, publicada ayer en Amazon, Las niñas de los fósforos (https://www.amazon.com/dp/B0883H2QF7/ref=dp-kindle-redirect?_encoding=UTF8&btkr=1 ). De esa versión a la novela, Ramírez ha mutado en Rodríguez, pero sigue siendo el mismo, más envejecido, ya que para todos pasa el tiempo.

No puedo dejar de registrar, antes de comenzar a escribir sobre el Diario…, el círculo de escritura, el entramado mágico, casi fantástico, que se corresponde tan bien con el universo que, en cada nuevo texto, despliega Bioy.

Me detuve, antes de comenzar a leer, para pensar qué recordaba de la trama. Había olvidado sin embargo, la vivencia del espanto. Pero eso llegaría luego. En el inicio todavía me distrajo otra constatación, que no había ocurrido en la lectura del 2001. En ese entonces, vivía fuera de la ciudad y, por lo tanto, el barrio elegido por Bioy para ubicar la trama, me era conocido, pero ajeno. Hoy esas calles son mi barrio, es el tránsito cotidiano, como lo experimenta Vidal, el protagonista (tránsito, en estos momentos de refugio, añorado).

La circunstancia (me repito en la palabra escrita al inicio de este texto) produjo de inmediato una inusual cercanía; lo fortuito entremezclaba ficción y realidad; Vidal me cruzaba en el cruce de Las Heras y Salguero; Vidal se escapaba entre casas que hoy ya no existen en la calle Paunero; Vidal se corporizaba.

Leí la novela en dos días, casi sin detenerme. Apenas para dar cuenta de la existencia por los reclamos del afuera. Reconocí dos marcas antiguas en el libro; una que recordé enseguida (y hoy hubiera vuelto a subrayar) “…los comió con queso rayado…” (en página 42 de mi edición de La Nación – corresponde al cáp. VII); y otra línea, ya no por error ortográfico, y no recuerdo qué motivó entonces mi atención: “Ocasionales recuerdos de Néstor, que ya señalaban la presencia del olvido, añadían remordimiento al cansancio”;  la hubiera vuelto a subrayar, me sigue pareciendo magnífica.

En el presente he hecho muchas más marcas. Algunas se vinculan con el modo de narrar: imágenes, descripciones detalladas que nunca asfixian. Otras, destacan los pensamientos que Bioy expresa más allá de la trama “… meditó que una vida, por breve que sea, alcanza para dos o tres hombres”; o aquellas que refieren a los otros textos: “en el gran desfile de máscaras…”; la máscara ineludible en la lectura continuada del autor.

Vuelvo a constatar, y es el tema que voy recogiendo para el armado de otro texto, la intimidante y, a la vez, necesaria presencia de las mujeres en las novelas de Bioy:” precisamente, porque la quería tanto, la convencería de que el amor por un viejo como él era ilusorio”. La mujer, de la que se enamoran los protagonistas (de esta novela y las anteriores), nunca se alcanza del todo y provoca desaciertos, resistencias, que resultan en desazón, celos, en el fracaso o en la necesidad, casi como destinada, a estar solo.

Como en la novela anterior (El sueño de los héroes), no he hecho otra cosa que admirar la narrativa de Bioy. El vaivén entre la inercia que va produciendo la misma trama —el recorrido del caminante, el devenir de los días que se suceden hasta que se condense la tragedia o se devele el enigma— y el movimiento dinámico que generan los diálogos entre los personajes.

No quiero escribir sobre lo que hoy podría decirse sobre la temática de los “viejos”. Solo agregar que las hogueras del veranillo de San Juan ya no son necesarias para que sigan muriendo de modo cruel e injusto, en este país, las personas mayores.

Tampoco puedo soslayar el contexto histórico. Bioy sitúa la narración en el período correspondiente a la presidencia de facto del general Farrell (1943) aunque la publicación sea en 1969, bajo otra dictadura militar, en este caso la de Onganía, y la aparición de las guerrillas. Se puede escribir mucho sobre eso como así también del recurso del diario, herramienta para la denuncia.

¿Podría haber hecho esta crónica en el 2001? ¿Estaba capacitada para observar todas estas cuestiones?

Creo que no.

En estos casi veinte años, mi biblioteca ha permitido que pueda establecer otros modos de lectura. Lo importante o lo maravilloso,  lo que hace trascendente un texto como esta novela, es que el valor literario se acrecienta con cada mirada. La mía, la personal, seguramente la de otros. En mi caso, impulsa a continuar con impulso renovado la ruta bioysiana.

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