DIARIO DE LA GUERRA DEL CERDO – Adolfo Bioy Casares

(en tiempo de coronavirus)

 

He finalizado la novela gracias a una edición que tenía en mi biblioteca, otro volumen de la colección de tapas azules ya comentada en mi última crónica.

Al iniciar la lectura, encontré escritos en la portada mi nombre y una fecha, 14 de septiembre de 2001. Me detuve para evocar ese momento que se condensaba en un mes y en un año; una experiencia similar, en algún sentido, al desafío que se le plantea a la memoria cuando se encuentra frente a una fotografía.

Mi memoria hace un recorte que sirve para esta crónica. La publicación de mi primer libro De eso se trata, un conjunto de doce cuentos breves.

Uno de esos relatos “Suburbios” comienza así:

 

Quizás como al resto de los mortales, lo que más le cuesta al comisario Ramírez es poner en acto la decisión de levantarse por las mañanas.

 

Casi veinte años después, apoyo a un costado de la computadora ambos libros: el de Bioy, tapas azules, y el mío. Los dos se sostienen, uno sobre el otro, en la apertura del cuento que geminaría en una nueva novela, publicada ayer de modo electrónica, vía Amazon, Las niñas de los fósforos.[1]

De esa versión a la novela publicada, Ramírez ha mutado en Rodríguez, pero sigue siendo el mismo, más envejecido, ya que para todos pasa el tiempo.

No puedo dejar de destacar, antes de comenzar a escribir sobre el Diario…, acerca del círculo de la escritura, del entramado mágico, casi fantástico, que se corresponde tan bien con los universos que, en cada nuevo texto, despliega ante mis ojos Bioy.

 

Las primeras páginas de la novela me recordaron enseguida la trama, no así la vivencia del espanto, que quizás voluntariamente había olvidado. Pero eso llegaría luego. En el inicio todavía me sorprendí con otra revelación, que no había ocurrido en la lectura del 2001. En ese entonces, vivía fuera de la ciudad y, por lo tanto, el barrio elegido por Bioy para ubicar la narración, aunque conocido me era ajeno.

Hoy, tantos años después, esas calles son mi barrio, el tránsito cotidiano como lo experimenta Vidal, el protagonista (tránsito, en estos momentos de refugio, añorado).

Esa coincidencia produjo de inmediato una inusual cercanía; lo fortuito entremezclaba ficción y realidad; Vidal me cruzaba en el cruce de Las Heras y Salguero; Vidal se escapaba entre casas que hoy ya no existen en la calle Paunero; Vidal se corporizaba.

Leí la novela en dos días, casi sin detenerme, apenas para dar cuenta de mi existencia por los reclamos del afuera.

Encontré dos marcas personales dentro del libro; una que recordé enseguida (y hoy hubiera vuelto a subrayar): …los comió con queso rayado… (en mi edición para La Nación, pág. 42); y otra línea, ya no por error tipográfico, y de la que no recuerdo por qué llamó mi atención: Ocasionales recuerdos de Néstor, que ya señalaban la presencia del olvido, añadían remordimiento al cansancio; la hubiera vuelto a resaltar, me sigue pareciendo magnífica.

En el presente he hecho muchas más marcas. Algunas se vinculan con la escritura de Bioy: imágenes, descripciones detalladas que nunca asfixian. Otras, destacan los pensamientos que el autor expresa más allá de la trama [] meditó que una vida, por breve que sea, alcanza para dos o tres hombres; o aquellas que me vinculan con aquellos temas que develan a Bioy, como las referencias a las máscaras.

Vuelvo a constatar —estoy trabajando en este tópico para una ponencia— lo determinante de la presencia de las mujeres en las novelas de Bioy: […]  precisamente, porque la quería tanto, la convencería de que el amor por un viejo como él era ilusorio.

La mujer, de la que se enamoran los protagonistas (de esta novela y las anteriores), nunca se alcanza del todo y provoca desaciertos, resistencias, que resultan en desazón, celos, en el fracaso, en la imposibilidad o en la necesidad, casi como parte del destino, a estar solo.

Como en El sueño de los héroes me he admirado por la maquinaria narrativa de Bioy que permite el vaivén entre la inercia que transmite la trama —el monótono recorrido del caminante y el devenir de los días que se suceden, como la vida, hasta que se condensa la tragedia— y el movimiento dinámico generado por los diálogos entre los personajes.

No quiero escribir sobre lo que hoy podría decirse sobre la temática de los “viejos”. Solo agregar que las hogueras del veranillo de San Juan ya no son necesarias para que sigan muriendo, o se sigan posponiendo de modo cruel e injusto, en este país especialmente, las personas mayores.

Llevo en mi sangre la japonesa, sociedad que respeta y venera a sus mayores. Encuentro muy difícil entender la ausencia de esos valores en la nuestra.

Tampoco puedo soslayar el contexto histórico de la novela. Bioy sitúa la narración en el período correspondiente a la presidencia de facto del general Farrell (1943) aunque la publicación ocurra en 1969, bajo otra dictadura militar, en este caso la de Onganía, y la aparición de las guerrillas. Se puede escribir mucho sobre eso como así también del recurso del diario como herramienta para la denuncia.

 

Al finalizar me pregunto si podría haber hecho esta crónica en el 2001. ¿Podía en ese entonces observar todas estas cuestiones?

Creo que no.

En estos casi veinte años, mi biblioteca ha permitido que pueda establecer otros modos de lectura, e incluso que surja como movimiento la escritura.

Pero sí la había disfrutado. Y eso es lo importante o lo maravilloso en un texto, lo que hace a su trascendencia, como ocurre con esta novela: el valor literario se acrecienta con cada mirada, la mía, la personal, seguramente la de otros.

En todo caso, la última línea de este libro inicia la siguiente en el volumen que la sigue en este recorrido renovado por la ruta bioysiana.

 

 

[1] https://www.amazon.com/dp/B0883H2QF7/ref=dp-kindle-redirect?_encoding=UTF8&btkr=1

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