La emoción en suspenso – Yasunari Kawabata

Lectura de Bailarinas y “La bailarina de Izu”, de Yasunari Kawabata

I

Acabo de finalizar Bailarinas (1955) de Yasunari Kawabata, publicado por Emecé, traducido (una muy bella traducción, por cierto) por Amalia Sato y Mami Goda.

Me permito, para comenzar, la libertad de tomar una nota del Prólogo (que escriben las traductoras) como la mejor síntesis de esta obra. Transcribo solo unas líneas, pero vale la pena leer el texto completo:

Bailarinas (Maihime) de Yasunari Kawabata se publicó por entregas en el diario Asahi y se editó como libro en 1955 en la editorial Shinchosha. Mikio Naruse, con guión de Kaneto Shindo, la filmó dándole el papel protagónico a la actriz Mieko Takamine.

Curiosas son las observaciones de Yukio Mishima, amigo y admirador de Kawabata, que constan en una nota epílogo en la primera edición. Opina que es una novela donde los personajes aparecen, nos intrigan y desaparecen sin que ninguna relación se desarrolle.[1]

 

Yasunari Kawabata nació en Osaka, en 1899, y murió en Zushi, en 1972.

La novela se inicia con una primera línea muy corta:

Tokio, el sol se ponía a las cuatro y media a mediados de noviembre.

Me detengo en estas pocas palabras para pensar que es difícil escapar a la oscuridad cuando el sol abandona tempranamente el horizonte en invierno, quizás porque la línea me evocó de inmediato un viaje a Irlanda, realizado también en noviembre.

La línea recuperaba la vivencia de la noche temprana, no prevista al momento de planificar el recorrido, y el recuerdo de mi corazón hundido en una profunda desazón, al punto que por momento era tan solo el cuerpo quien hacía el esfuerzo para seguir adelante, desafiando además el frío y una persistente lluvia. (Aun así, regresaría, tal vez en una mejor época del año, cuando la luz del solar acompaña hasta el tardísimo anochecer).

Matsuo Bashō el poeta japonés nacido en Ueno, en 1644, describió esa intensa nostalgia en un haiku:

Flores de cerezo en el cielo oscuro
entre ellas
la melancolía florece

 

Encuentro una similitud poética en las palabras conque Kawabata describe la ciudad, en el inicio de la novela.

El relato se continua con Namiko, la protagonista, refugiada junto a su amante en un taxi:

El taxi se detuvo con un chirrido y echando humo, llevaba colgados en la parte trasera atados de carbón y leña, y un balde viejo abollado. El toque de una bocina hizo girar la cabeza a Namiko y, temerosa, se acurrucó sobre Takehara. Para esconder la cara, levantó las manos sobre el pecho. A él le sorprendió el temblor de las puntas de los dedos.

 

Namiko tiene temor (tiembla) de ser encontrada por su marido y le recrimina a su amante la situación en la que le ha sumergido. Serán ellos también los que luego, al finalizar, seguirán en marcha, entre ruinas, sin ir hacia ningún lugar, sin que termine de suceder nada, completando así el círculo narrativo en el que esa mujer, cautivadora y misteriosa, apenas me ha dejado entrever algo de su intimidad y mucho de su profunda melancolía.

Namiko es una dedicada bailarina. Su academia de ballet clásico occidental es una de las más antiguas y prestigiosas; sin embargo, en el presente debe competir con tantas otras que han comenzado a proliferar en Tokio. Namiko además se lamenta del paso del tiempo, y no haber podido realizarse, como ambicionaba, en su profesión. Su hija, Sumiko, que también es bailarina, tampoco consigue romper ese destino de la madre.

Namiko aún vive con su esposo Yagi, aunque el matrimonio se desintegra:

Al recordar esos diálogos (dice Namiko), sintió compasión por la joven que fue y su rostro se bañó de lágrimas […]. Enseguida el rencor y la degradación le mordieron el corazón. Prometió que sería la última vez, trató de grabarse ese voto y a la vez disculparse a sí misma. Pero en veinte años nunca lo rechazó, nunca lo deseó. Era algo tan misterioso el abismo entre hombre y mujer, esposo y esposa, tan terrible la diferencia. La humildad y la timidez femeninas, la docilidad, marcas de la mujer japonesa atrapada por la tradición.

 

La mujer mantiene un vínculo de muchos años con Takehara, su amante:

…el gesto de Takehara se volvió un abrazo suave que le permitió sentir los latidos violentos de su corazón. Ni la rozaba, pero los sentía.

 

Son los hijos, Takao y Sumiko, los testigos del clima opresivo que une a sus padres, mientras a su vez transitan sus propios vínculos amorosos: en el caso de Takao, ambiguo; irrealizable o idílico para Sumiko. Ambos apuestan a construir su futuro, como una paradoja del Japón de posguerra. “¿Será necesario entonces emigrar para cumplir los sueños?”, se pregunta Takao.

Precisamente el afuera está presente en todo el relato. Un Japón de posguerra del que ya se cuenta en el primer capítulo: “Japón perdió la guerra y la belleza de su corazón se arruinó”.

Kawabata vuelve a condesar en una línea el núcleo de la narración.

Por eso encuentro me atrevo a decir que se trata de una novela de lo efímero, de lo simbólico; de las costumbres y el silencio.

Hay una permanente referencia al arte, a la actividad artísticas, pero como lo añorado, lo que ya no puede volver a repetirse:

…Recuerdo lo espléndida que fue la obra Manos de Buda que ideó para su esposa hace ya tiempo….

 

A tal punto es la levedad de lo transitorio que las únicas conversaciones posibles parecen ocurrir en los trenes, yendo de un sitio a otro, estando en movimiento.

Allí es donde pueden oírse los diálogos entre padre e hijo, entre madre e hija, entre los amantes. Como si otro espacio, el de la familia o la pertenencia, no los habilitara a comunicarse.

 

Bailarina se vincula con la primera obra consagratoria de Kawabata “La bailarina de Izu”, que se señala en el prólogo citado:

Agreguemos que Bailarinas funciona también como un espejo empañado de la primera obra consagratoria […], pues en ambas la península de Izu y la ciudad de Shimoda son los destinos finales del relato. Lugares cargados, por otra parte, de mucha simbología, pues fue el puerto de Shimoda uno de los que debió abrirse a Occidente ante la presión de los navíos negros del comandante Perry.

 

“La bailarina de Izu” es el primer cuento publicado por Kawabata en 1926 (tenía entonces 27 años). La primera traducción al castellano fue recién en 1969.

Lo leo a continuación de Bailarinas, intrigada por la imagen presente en el prólogo citado: “espejo empañado”.

No podía dejar de asociarlo con el vidrio esmerilado de Saer y aventuro una cierta correspondencia (por lo menos, la advierto en este acto de lectura, personal e intransferible) entre ñ modo de narrar de Saer y el escritor japonés.

Cito un párrafo extraído del ensayo leído por Kawabata, en la Universidad de Hawai:[2]:

 

No obstante, aunque se suponía que empezara mi charla con una referencia a La historia de Genji, he comenzado a hablar sobre unos vasos en un restaurante. Sin embargo, aun cuando he estado hablando de vasos, siempre, tenía en mente La historia de Genji. Esto es verdad, aunque algunos no comprendan lo que digo o yo no pueda lograr que me crean. Además, he hablado demasiado y tediosamente acerca de estos vasos. Esto también es un signo de la crudeza de mi literatura y mi vida, y muy característico en mí. Por tanto, hubiera sido realmente mejor si hubiera empezado con La historia de Genji. Hubiera sido mejor si yo hubiera captado el resplandor de los vasos en unas pocas palabras: en un haiku de diecisiete sílabas o en un tanka de treinta y una sílabas. Pero también tenía el deseo intenso de plasmar ahora, con mis propias palabras, mi descubrimiento y experiencia de la belleza de unos vasos resplandeciendo a la luz matinal. Por cierto, puede muy bien haber una belleza similar a la de los vasos en cualquier otro lugar, en otra tierra o en otro tiempo y, sin embargo, ¿no podría ser también cierto que en otra tierra y en otro tiempo quizá no haya una belleza precisamente como ésta? Por lo menos, como yo no la había visto hasta ahora, quizá podría decir que era «un encuentro único en mi vida» (ichigo ichie).

 

Regreso al vidrio esmerilado y al espejo empañado.

Aunque ambas son imágenes diferentes, se sostienen en la similitud de que las dos no permiten ver con claridad. En el primer caso, lo que hay del otro lado; en el segundo, lo que se refleja.

En el extracto citado, Kawabata recurre al haiku, uno propio, y luego establece referencias con Takahama Kyoshi (1874-1959), Kobayashi Issa (1763-1827), y Bashô (1644-1694).

Me pregunto si no pueden leerse, tanto su cuento como la novela, como extensos poemas, justamente por ese movimiento (y se trata del desplazarse de los cuerpos) de intentar no develar, del misterio que no logran alcanzar las palabras; como ocurre en la composición medida y a la vez tan poética y bella, como es el haiku.

Es cierto que “La Bailarina de Izu” es un relato que corresponde a un escritor joven, no desencantado aún de la realidad que lo rodea, ni por la ausencia de lo bello o de lo perdido, como le sucederá más tarde, desasosiego tan presente en la novela escrita mucho más tarde que acabo de leer.

Pero, en definitiva, de eso trata la obsesión del escritor, intentar atrapar en las líneas aquello que lo conmueve y que siempre le resulta tan inasible.

En el caso de Kawabata, es la belleza; y ante ella solo, entiendo, puede inclinarse emocionado.

 

 

 

[1] Puede encontrarse en https://amaliasato.com/bailarinas-maihime-de-yasunari-kawabata-prologo-a-su-edicion/

[2] “Yasunari Kawabata: La existencia y el descubrimiento de la belleza”, ensayo leído en la Universidad de Hawái, 12 y 16 de mayo de 1969. (https://bibliotecaignoria.blogspot.com/2012/06/yasunari-kawabata-la-existencia-y-el.html).

 

 

 

 

 

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