LOS DOS RETRATOS, de Norah Lange

VIENTO NORTE

 

Aunque alguien se propusiera ponerlo a duda, sabía que fue una tarde de mucho viento; viento norte.

 

Para leer Los dos retratos (1956), la novela de Norah Lange es imprescindible tener a mano papel y lápiz. También un buen café y, sin dudas, la anchura que regala el tiempo para extenderme con todo el cuerpo por las distintas direcciones hacia donde me va llevando la narración.

Papel y lápiz, materiales que junto con el libro conforman el trío que acompaña mi mano en el tránsito de lectura.

Papel y lápiz.

No solo para apuntar las marcas en pequeñas tiras de papel blanco –las que, como sucedió con la lectura de Personas en la sala, se impusieron para preservar el mismo objeto, el libro, una edición intuyo primera de Losada, que llegó hasta mis manos con sus hojas intactas, aún unidas por los bordes por más de sesenta años, que debí separar con la espadita de bronce “ya inútil” y por lo tanto olvidada hace tiempo en algún estante de la biblioteca–.

Papel y lápiz también para poder hacer un dibujo, de lo que escribiré luego.

No se transita por Los dos retratos con facilidad. Hay que estar muy atento a las señales del camino. Tampoco era sencillo seguir la mirada de la protagonista porque ¿qué es en definitiva lo que ella observa? Por un lado, en la pared del comedor de la casa de la abuela, los dos retratos, dos fotografías ampliadas que fueron tomadas con apenas unos segundos de diferencia entre una y otra, en la que se pueden ver los mismos personajes que a lo largo de los años, los domingos a la noche, se reúnen a cenar.

A esos espacios visuales –los dos retratos en la pared, la escena alrededor de la mesa– se suma el reflejo en el espejo, “ancho y alto”, ubicado a espaldas del asiento de la abuela. Durante la narración que, más que nada trata de suposiciones acerca de los dos retratos, los pensamientos de la muchacha se pierden, como me sucedió a mí, en la confusión de esos planos.

Como en la novela anterior, Personas en la sala, la protagonista es una muchacha joven –que en este relato tiene nombre, Marta–. Pero no sé mucho más acerca de ella, qué hace, además de leer (según se infiere por algunas menciones a los libros en su cuarto); que se ha mudado a vivir con su abuela, por pedido de ella hacia su “nieta preferida”.

La novela se inicia cuando la muchacha ya ha regresado a su casa, después de dos años, a su antiguo cuarto (la abuela ya ha fallecido, aunque eso no se cuenta en ese comienzo, y los dos años son unos de los pocos datos concretos que ofrece la narración); y se encuentra frente al dilema, planteado por sus hermanos, de colocar un espejo en su cuarto.

Colocar un espejo en su cuarto, sabe ella, no reemplazaría nunca el que coronaba el comedor de la casa de su abuela. Instalar un espejo tampoco le devolvería el rostro de ella, ni reparar lo que sucedió cuando se tomaron las fotografías de los dos retratos; y esa suposición “que su muerte (la de su abuela) no podía circunscribirse a un espejo”. Pero, además, el espejo, como si tuviera vida propia, es la posibilidad (y el miedo también) de ser absorbida por el reflejo: “Ningún espejo se conformaría, además, con un objeto cualquiera, unos cuantos libros, la mitad de una ventana, mi cara transitoria y huidiza” (p.14)[1]

Un camino en la solución de ese dilema impuesto del espejo, es regresar, evocando, a esos años transcurridos en lo de su abuela, rememorando el comedor, las caras de los domingos y las de los retratos. La historia está incrustada en esas dos fotografías. Develarla es el camino incierto y complejo del lector.

 

Mis marcas

Para dar cuenta de mi recorrido por el texto, voy a seguir las propias marcas (registradas en los papeles blancos), mi modo de conversar con, en este caso, la narradora de Los dos retratos.

Marcas que voy a ir rescatando entre las páginas del libro, porque cada uno de ellas me permitirá desarrollar algún particular. La enumeración a continuación responde entonces a esas detenciones sobre el terreno, sin jerarquías, porque cada una de ellas se entrecruza con otras, y se impusieron con el mismo asombro que en un sendero puede despertarme una pequeña flor o la más imponente cascada.

 

1.- Dos marcas se abrazan a la primera hoja de la novela. Una vinculada a la “mirada” de la protagonista, ya presente en la primera línea del texto. La mirada de la muchacha, la única que, además de Teresa, puede “mirar los retratos desde afuera” porque ella, como la otra, no están presentes en las dos fotografías ampliadas que cuelgan en el comedor de la abuela.

La segunda marca tiene que ver con mi propia escritura, aquella que despliego al iniciar una lectura y que queda registrada, con su fecha, en la portada del libro, intercalándose entre el título y el autor. En el final de esa dedicatoria, escribí:

La elipsis entre el ayer y el hoy; y Norah sentada frente a mí, como aquella primera vez.

Para encontrar enseguida, en esa primera hoja, lo escrito por la narradora:

[…] pues no sería la primera vez que los retratos se parecían a las noches de los domingos. (p.7)

 

2) Rescato luego marcas que refieren a citas:

transformarse …; …permitiendo que creciera dentro de ella ese deseo inútil de alterar su rostro, su resto, lo que queda cuando ya se está tranquilo (p.10-11).

Si me viese obligada a describirlo no podría pasar por algo las dos ventanas situadas en la pared más larga y que se abrían sobre el jardín del frente. (p.15); … los dos retratos reflejados. (p.16).

…me impusieran una vigilancia a la cual me era difícil sustraerme… (p.29).

…descuidase mi papel de espectadora… (p.31).

Por eso, no era lo misma hablar de los retratos o de las personas sentadas a esa mesa, que referirme al espejo, aunque todo cupiese en su fondo frío. (p.41).

…permanecí en mi cuarto… (p.57) … junto a mi mesa cargada de libros, al mazo de cartas… (p.50).

Las palabras: transformarse-inútil-ventana-vigilancia-espectadora, cuarto, entre muchas más de las primeras páginas. se confabulaban con Personas en la sala, situándome en un escenario muy similar. Solo que “las ventanas” se abrían ahora al interior de la casa; las ventanas eran los dos retratos y por ellos se asomaba la protagonista como mi ojo lector.

 

3) El enigma o la sospecha:

La muchacha empieza a comprender que algo sucedió el día de la toma de esas fotografías, sospecha que comienza a instalarse casi de inmediato, pero, definitivamente cuando la protagonista observa una particularidad del primer retrato:

La mano que se destacaba sobre el respaldo de mimbre seguía pareciendo de más junto al hermoso brazo que era imposible adjudicarle. (p.58).

Mi marca, en este caso, era además la similitud con un cuento propio: “Hermanas”, en el que también una mano –que aparece desplazada sobre el hombro de una de las dos mujeres de la pintura– es el disparador del relato.

La presencia del viento norte (p.17) contribuye a la confusión. Su mención es determinante en el relato, no solo porque este viento está asociado a cierto malestar físico, que como dice el dicho popular: “con viento norte no hay hombre bueno, ni mujer amable, ni caballo manso, ni víbora que no muerda”; sino también porque por momentos el viento toma la consistencia de una niebla, envolviendo a las figuras de las fotografías, empañando lo que “no se dice y se cree sucedió”, imponiéndose como el recuerdo más importante, sobre los otros de los que es mejor no hablar o, mejor dicho, sobre los que conviene olvidar.

La marca respondía también a la elipsis, palabra también escrita por mí en la dedicatoria de portada anterior a la lectura. El entramado de la novela se teje en base a las omisiones, a no saber realmente qué es lo que sucedió el día en que los personajes de la familia accedieron a ser fotografiados (en duplicado, además), y ese suspense se mantendrá hasta el final. “Entonces yo reunía pedacitos sueltos…”. (p.61).

En ese “los retratos no son iguales” se centra la mirada de Marta. Ella intuye que hay una historia no dicha (la elipsis) sobre las relaciones de las figuras de los retratos que se evidencia en los ligeros cambios entre uno y otro. ¿Infidelidad de la abuela, celos, triángulo amoroso? De cualquier modo, nada se cuenta del todo y prevalece la sospecha, fruto de los rumores o como dice la narradora: la maledicencia.

 

4) El dibujo:

Llegando a la página 73 del texto, la narradora describe la ubicación de las figuras del retrato. Fue entonces que se impuso el dibujo para terminar de comprender esa disposición. Fue para mí la única manera posible de seguir avanzando, de ordenar de algún modo los nombres y, sobre todo, poder intentar descubrir también los pequeños cambios, esos sutiles movimientos entre uno y otro retrato. Como en el juego de encontrar las diferencias, imperceptibles si no se les presta la debida atención.

 

5) la escritura:

Las referencias al poder ver-poder escribir, esa relación directa entre el ojo y la mano, ya presentes en Personas en la sala, regresan en esta novela:

—Tengo las manos de persona que retiraba caras de un espejo para colocarlas sobre sus propios retratos— queriéndolas aún más, acostadas sobre las palmas de mis manos…

 

6) la mirada

Eje de todo el relato, desde la primera línea del inicio. La de la protagonista sobre los retratos y sobre la cena de los domingos, sobre su abuela con su presente y su “pasado”; la mirada sobre el paso del tiempo, el que quedó detenido en las fotografías (inclemente), y el que retrata el presente (también anquilosado por ese ayer no dicho). Las miradas dentro y fuera de los retratos. La de Daniel sobre la abuela, la de Teresa sobre ambos; observados ambos por la muchacha, escena que, a su vez, puedo mirar como espectadora.

Miradas que se duplican en el espejo, reparando que como se señala en el inicio del relato: “Yo sabía que todos llegan a un espejo de distinta manera”.

La abuela está sentada de espaldas al espejo, de frente a los retratos.

¿Podría haber sido de otro modo? Creo que no, que Lange también diseña el escenario en función de lo que está contando, no le serviría de otro modo.

De espaldas al espejo, la abuela parece así no sumarse al poder verse como la ven los demás (y se preserva). Pienso esto en función de “Yo soy el único que nunca me veo”, escrito por Roland Barthes, y en la idea de que el rostro que percibimos de nosotros mismos es siempre el de un reflejo.

Siguiendo a Barthes, traigo a la crónica, dos citas que no puedo dejar pasar, en relación con la novela por la que voy transitando:

“Lo que la Fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez”, de su libro La cámara Lúcida, notas sobre la fotografía[2]; y “Foto de mamá niña, a lo lejos —ante mí sobre mi mesa. Me bastaba mirarla, captar lo tal de su ser (que me debato para describir) para estar reinvestido por, sumergido en, invadido por su bondad”, de Diario de duelo[3].

“Lo que extrañas es la mirada”, dice la abuela, cuando ya ha descolgado el segundo retrato para colocar uno de ella sola, anticipándose así a su propio deseo de encontrar algo de paz entre tantas habladurías, previendo quizás su próximo final; estableciendo “para siempre, la manera nueva con que miraría el rostro de mi abuela, si es que alguna vez se decidía a mirarlo nuevamente”.

 

Cierro esta crónica difícil o ardua –no puedo precisar la palabra–, tal como lo ha sido, para mí, la lectura de la novela.

Porque además del esfuerzo que me impuso la triple mirada sobre la escena, está la cuestión de lo no develado, de la ambigüedad de los personajes, sus conflictos contados a media. En definitiva, nada de lo que sucede en el grupo familiar escapa a lo que podría ocurrir en otros similares aprisionados en ese destino impuesto de las reuniones dominicales.

Lange logra ir más allá, escapándole a un relato costumbrista, a partir del recurso que le brindan, en este caso, las dos fotografías y haciendo del texto un fantástico.

No alcanza una sola lectura de la novela porque hay mucho para escribir y decir sobre ella.

No comprendo por qué fue olvidada. Cuando y por qué dejó de circular, la dificultad para conseguirlo y la edición que por fin consigo dan cuenta de ello.

Esta crónica se suma a otra más extensa que estoy terminando sobre la obra de Norah Lange. Confieso que no había leído nada de ella hasta hoy. Su voz ha permanecido oculta, creo que no solo para mí.

Más de sesenta años después llega a mi ventana Los dos retratos, como el viento norte, provocándome. “El viento Norte viene levantándose, ladino”, escribió Gabriela Mistral, y el verso titila en la pantalla, acalorado.

 

 

[1] Norah Lange, Los dos retratos, Ed.Losada, Buenos Aires, 6 de septiembre de 1956. Todas las citas corresponden a esta edición.

[2] Barthes Roland, La cámara lúcida, notas sobre la fotografía, Paidós Comunicación. Versión pdf. Pág. 31

[3] Barthes Roland, Diario de duelo, Versión pdf. Pág.225.

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María Claudia Otsubo