1 de enero

 

Inicio de año en las tierras de Kvothe mientras atravesando las copas de los árboles del parque oigo el saxo, como todas las tardes de los fines de semana, y desde antes de la pandemia. La melodía la siguen mis pies mientras los ojos continúan atrapados en las hojas de El nombre del viento[1].

Buen inicio de año, digo para mí, repitiendo las palabras que he ido copiando en los contactos del teléfono,  a veces la única posibilidad de acercamiento. «Buen arranque, que todo sea mejor, que quede atrás el 2021 pronto», lo mismo decíamos del 2020, como si los años tuvieran la culpa de nuestras improvisaciones.

Un comienzo singular, sin dudas, sin saltos a las doce en punto desde lo alto del pequeño muro, sin el desborde de abrazos y besos -solo uno e importante, por cierto- sin grandes preparativos, ni luces brillantes, unas pocas velas que no opaquen el misterioso silencio de la noche cargada de estrellas.  Ni siquiera los  fuegos artificiales, débiles y lejanos, opacaron su hermosura.

Un despertar de melancolías por la llegada de las ausencias,  presentes más que nunca en estas fechas, como esas pequeñas cosas que nos canta Serrat, listas para darnos el golpe bajo cuando menos lo esperamos.

Y enseguida las ocho de la noche y levantar la vista para descubrir esa linea casi perfecta en que se divide el cielo, y escribir que lo nuevo comienza a ser también usado, pero que me siento igual para establecer propósitos antes de que finalice el día, este primero del año.

 

[1] Rothfuss Patrick, El nombre del viento, Random House Grupo editorial, Buenos Aires 2016

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

7 + 1 =

María Claudia Otsubo