ERNESTO SÁBATO – El túnel

Mi biblioteca es de madera, de buena madera y es una copia, aunque no exacta, de la que tenía Caetano Veloso en su casa, por lo menos en la casa donde vivía al momento de una filmación que encontré en You Tube[1], donde se lo puede ver tocando la guitarra, mientras la cámara va y viene por el amplio espacio que, de extremo a extremo de la pared, ocupa su biblioteca.

Imaginé algo similar cuando tuve que pensar la mía. Se la encargué a un amigo carpintero, que trabajó con esmero, y desde entonces ella me acompaña a diario.

Debido a mudanzas posteriores ha sufrido algunos cambios (como su dueña), pero sigue conservando sus estantes firmes, resistentes, nobles, capaces de soportar el peso invalorable de los libros.

Delante de los lomos, ordenados por autor y alfabéticamente, se fueron colando algunas fotos y recuerdos: el retrato de mi abuelo japonés; otro de mi abuela italiana sentada con sus hijos –mi tía de pie a su lado y, sobre la falda, mi papá pequeño (el tercer hijo aún no había llegado)–, detrás de ella, posando distinguidos, el esposo oriental junto a sus hermanos recién llegados del Japón. Otra foto conserva para siempre la memoria de Gordon, con sus patas de labrador extendidas, la lengua afuera, feliz en la postura, casi risueño. Por allá andan mi hija mayor y su novio, en la época de sus primeros pasos como pareja en Brasil; en otro estante, algunas piedras traídas de lugares exóticos que hoy se apoyan confundidas y olvidadas de sus orígenes; también están los rostros y momentos cercanos a quien me acompaña hoy en esta vida.

La biblioteca de Caetano Veloso puede verse en ese canal de YouTube, aunque tampoco ella es la original, la que me había cautivado hace tantos años.

¿Por qué inicio la crónica con esta digresión personal –que se impuso con voluntad propia al inicio de la escritura– cuando mi intención era escribir sobre El túnel, la novela de Ernesto Sábato de 1948?

Quizás tuvo que ver con el hecho, curioso, mágico o previsible, que sucedió al navegar por la red.

Es que, al ir deslizándome por tantos sitios vinculados a Caetano Veloso apareció también la entrevista que le hiciera Mariano Grondona a Ernesto Sábato para su programa Hora Clave (estimo que en 1993). [2]

¿Por qué el link en la búsqueda del cantor brasileño?

¿Sería porque unas horas antes había procurado datos de Sábato, y entonces es cierto aquello de que vamos dejando huellas en cada paso que damos por la red?

Sin embargo, lo curioso no sería esa constatación, sino el hecho de que mi crónica se iniciara con un recorrido personal, en el que comencé discurriendo sobre mi biblioteca, que me llevó a esa búsqueda en internet.

Este hallazgo de la entrevista provocaba otro punto de vista, ya que, al comenzar a escribir sobre Sábato, me había propuesto dejar de lado la figura pública, por momentos tan polémica, para enfocarme solo en esa, su primera novela. Sin embargo, la entrevista, en la que el periodista, Grondona, presenta al escritor como “el hombre”, me detuvo precisamente en reparar aquello que procuraba evitar.

Así que antes de continuar adelante, con El túnel, me dispongo a escucharla.

Y estos son mis apuntes:

Entonces me demoro en el hombre. En un Sábato maduro, pero no por eso menos escéptico y “trágico”, palabra que él repetirá una y otra vez a lo largo de la entrevista.

Rescato algunas de sus frases de la excelente conversación que mantiene con Grondona, donde Sábato habla (porque se lo deja hablar) sin interrupciones; y es escuchado con admiración y con respeto. Destaco esta entrevista de Grondona que hace del encuentro entre ambos, arte.

“La vida recomienza todos los días”, dice Sábato, al hablar de la muerte que, como lo trágico forma parte de las cuestiones existenciales de la vida. “Todos nos morimos, eso es universal y democrático”.

Es el hombre que invita a que nos detengamos en la simpleza de “los animalitos”, aquellos que no tienen grandes cuestionamientos porque simplemente viven. Evoco, mientras lo escucho, el párrafo de Sobre Héroes y Tumbas; tantos años después Sábato hace suya la reflexión de Bruno:

Un pajarito […] buscando aquí alguna pajita para su nido, algún grano perdido de trigo o de avena, algún gusanito de interés alimenticio para él o para sus pichones […] gusanos, hormigas (no solo las grandes y negras, sino las rojizas chiquitas y aun otras más pequeñas que con casi invisibles) y cantidades de otros bichitos más insignificantes. […] Algunos miran el suelo y se distraen por minutos y hasta por horas con las numerosas y anónimas actividades de los animalitos a mencionados […].[3]

Ernesto Sábato ya es el hombre alejado de la ciencia (en realidad se aleja en 1943 cuando se entrega a la escritura) y es el que afirma que “la inteligencia no sirve para nada”, porque “la sabiduría es otra cosa, es la intuición, las miradas, las cosas pequeñas”.

Es el maestro que enseña que “las novelas que perduran son las trágicas y que el problema fundamental es el del bien y el mal”, todo otro estudio posterior, sociológico, político de una obra no hace al valor de la misma ni a su trascendencia, si la obra no contempla ese dilema.

Es el escritor que sabe que es “tan solo la poesía la que tiene la verdad”.

La entrevista muestra incluso al Sábato gruñón o con baja tolerancia a las preguntas “etiquetadas” que le hacen los estudiantes. (aunque luego se disculpará por sus exabruptos). También deja entrever al hombre agradecido, admirador (¿enamorado?) de Matilde, su mujer de toda la vida. “El amor es fundamental para mí”, señala para afirmar que “sin amor nada vale, ni vale la literatura sin amor, ni vale la convivencia sin amor, ni vale la muerte sin amor”.

Dos invitados de lujo al finalizar: Eladia Blazquez, que cantará a capella y sentadita junto al escritor, su tema “Honrar la vida” (no pude dejar de emocionarme por el vínculo que esa canción tiene con mi madre) y el poeta Hugo Mujica.

Al cierre de la entrevista me quedo con la imagen que recorta el video: el hombre tras las gafas oscuras, en el que se adivina una excesiva sensibilidad; el hombre que, en el final de su vida, incita no obstante a no abandonar la “resistencia” y la lucha por las cosas importantes en todas las cuestiones de la vida. La de ser fiel a uno mismo.

 

El túnel fue la segunda novela de Ernesto Sábato (hubo una anterior que se llamó La fuente muda, escrita en París en 1934).

No recuerdo ahora cuando fue mi primera lectura, pero su inicio y el nombre Juan Pablo Castel me regresó enseguida a recuperar la historia. El dèjá vú fue similar al experimentado con el inicio de la relectura de La invención de Morel, de Bioy Casares.

Justamente, en 1941, para la revista Teseo de la Plata, Sábato escribirá sobre esta novela:

El libro está maravillosamente escrito, hasta cuando está mal escrito (mal escrito por coquetería, por cierto desgaire aristocrático de gente que sabe de sobra lo que hace; como cuando Picasso dibuja “mal” o cuando Pasteur bebe el agua donde acaba de lavar las uvas. Las reglas están hechas para los pobres diablos, y si no recuérdese lo que dijo Moussorgsky.[4]

 

He escrito en otras crónicas sobre lo maravilloso de algunos comienzos de relatos. Creo que el inicio de “El túnel” se ubica en esa lista de favoritos:

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.

 

A partir de esa presentación, la historia develará cómo es que Castel se deja llevar por la locura, por los celos hasta el asesinato. Lo magistral del relato es que quien asiste a la tragedia también tiende a sentirse ultrajado, confundido, perplejo frente a los gestos de María y los hombres que la rodean; pero, y al mismo tiempo, sin tomar partido ya que es clara la obsesión enfermiza de quien nos cuenta.

El final tampoco brinda mayor certeza. El “insensato” que le echa en cara el esposo de María –Allende– a Castel, aún más desgarrador el grito al provenir desde la hondura de sus ojos muertos, no aclara el tema. Salvo que todos los hombres que han rodeado a la mujer: Allende, Hunter y Castel (como ese novio que ella cuenta se suicidó) terminan muertos o en el caso del protagonista, encerrado para siempre.

 

La novela preanuncia la escritura por venir de Ernesto Sábato: la tragedia, la ceguera, la importancia de la pintura, entre otros temas, sin dejar de lado, por supuesto, la cuestión existencial.

Quizás deba regresar a su biografía para intentar comprender el sentido trágico de la vida en Sábato: hijo penúltimo de once hermanos y ese nombre que recibe, herencia pesada si las hay, del hermano que le precede, muerto antes que él naciera. La importancia de llamarse Ernesto, llega desde algún estante de la biblioteca. Aunque trata de una comedia, que pone en evidencia las costumbres y la sociedad inglesa en los tiempos de Oscar Wilde, también plantea un problema de identidad, una real y otra ficticia confundida en el nombre: “Ernesto”.

También pienso en Nietzche y su primera obra (1872), El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música.

Aventuro que hay un desdoblamiento del autor de El túnel en el protagonista Juan Pablo Castel, explícito en el acápite de la novela: “…en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío”, que puede leerse luego completo en el texto:

… en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. (p. 137)

 

El túnel es el protagonista de este capítulo (uno de los últimos):

Y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos, si saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí como clave destinada a ella sola […] (p.136)

 

Advierto en esta lectura detenida que, en ese espacio de encierro, donde se encuentra “el hombre y sus secretos” (p. 139) aparece la “pintura”. Será la pintura la que lo acompañe, en los últimos años de su vida, precisamente a partir de 1979 cuando le diagnostican a Sábato una enfermedad en los ojos que le impedirá leer y escribir, porque ella había sido su pasión de joven:

Desde ese momento tuve una enorme alegría porque no podía hacer otra cosa que la pintura, el tamaño me lo permitía. Y así estoy terminando mi vida, volviendo a mi pasión de la infancia. Empecé haciendo algunos retratos expresionistas… después lo que me salía de mi inconsciente, haciendo una pintura que prefiero denominar sobre naturalista. [6]

 

También Castel es pintor, y un cuadro suyo lo pondrá en contacto con María; luego será la pintura el refugio a los años de encierro.

Voy escribiendo de modo encadenado porque al hacer hincapié en el problema de la vista de Sábato (¿se puede no pensar en Borges?) voy llegando a otro tema presente en la novela, como es el de la ceguera.

La ceguera física se relaciona con la moral y más allá de la simbología psicoanalista, la figura del ciego representa nuestros miedos e incapacidades tanto individuales como colectivas[7]

 

No me extiendo sobre esta recurrencia de Sábato, una cuestión cobrará mayor dimensión en su novela siguiente Sobre Héroes y Tumbas –la tercera parte del libro se titula “Informe sobre ciegos”– porque supera el objetivo de mi crónica, pero sí dejo nota que la ceguera de Allende, el esposo de María Iribarne, es determinante en la narración de El Túnel, la imposibilidad de no ver, el hombre expuesto a la soledad y a la incertidumbre que provoca su incapacidad, son el campo propicio para que germine la desconfianza, la sospecha, la duda que, como ya expresé, atraviesan todo el relato.

También destaco –teniendo en cuenta lo extenso del tema y lo mucho escrito sobre ello–la influencia en esta primera novela del pensamiento existencialista. Solo traer aquí lo dicho por el propio Sábato sobre la existencia:

La existencia es trágica por su radical dualidad, por pertenecer a la vez al reino de la naturaleza y al reino del espíritu: en tanto que cuerpo somos naturaleza, y, en consecuencia, perecederos y relativos; en tanto que espíritu participamos de lo absoluto y la eternidad. El alma tironeada hacia arriba por nuestra ansia de eternidad y condenada a la muerte por su encarnación, parece ser la verdadera representante de la condición humana y la auténtica sede de nuestra infelicidad. Podríamos ser felices como animal o como espíritu puro, pero no como seres humanos.

¿Qué diferencia hay entre el escritor de 1948 y el hombre que conversa con Grondona?

Imagino que la misma que (ojalá así sea) que media entre la lectora primera de El túnel y la que ahora teclea esta crónica.

En ese mientras tanto, (o Entretanto, como bien escribió una querida amiga escritora) ha transcurrido la vida, la existencia.

De eso dan testimonio algunas cosas, como mi querida biblioteca o tal vez mi propia escritura:

 

EL TÚNEL

Con ojos miopes

y anhelantes,

mastiqué el polvo

de mis pies.

El cuerpo fatigado

desde hace tanto tiempo.

Seguir avanzando,

infinito túnel,

oscuridad completa.

Buscar, intentar,

saber.

Si es cierto,

que no somos

más que sombras

en el crepúsculo

de la noche.

 

 

 

[1] https://www.youtube.com/watch?v=26Mma-aGvT8

[2] https://www.youtube.com/watch?v=H4A2wfaMZNo

[3] Sábato, Ernesto, Sobre Héroes y Tumbas, Editorial Planeta para diario La Nación, Bs. As. 2001, págs. 28-29

[4]https://elcaliban.blogspot.com/2020/06/la-invencion-de-morel-segun-ernesto.html

[6] En https://www.cultura.gob.ar/ernesto-sabato-pintor-8978/

[7] Loscos-Arenas J., De la Cámara J. La ceguera en la obra de E. Sábato: el informe sobre ciegos, https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0365-66912009000300011

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