3 de enero

Comienzo a leer el libro que me hace llegar Ana Abregú, su última publicación, Pentimentos, y quedo de inmediato maravilla por su escritura; al mismo tiempo resuena un eco, algo así como si alguien hubiera pronunciado a mi lado la palabra «invierno». Registro la sonoridad que retumba sola, independiente, arbitraria, libre…  luego, más adelante, intentaré descubrir, en la continuidad de la lectura, el por qué. «Invierno», la palabra contrasta con el calor intenso  de este tercer día de enero que,  como todos los anteriores y los últimos de diciembre incluso, se instala en la garganta, seca de lluvia. Así que he regado con esmero las plantas dejando correr el agua hacia las raíces hasta sentir también el frescor en las plantas de mis pies, mientras mis pensamientos volaban hacia Imbassaí hasta dolerme el corazón. Ya no falta tanto,  digo como consuelo mientras imagino que mis manos  se ocupan también y pronto de las plantas de mi jardincito brasilero. Los pájaros  no dejan de aproximarse en esta hora de más alivio, ansiando ellos también, presumo, humedecer sus patas y picos en el agua fresca. Así estamos, con calor y escribiendo. Afuera, sobre una silla, he dejado el libro que había comenzado antes de zambullirme en El nombre del viento, o sea, el libro que estaba leyendo el año pasado, un conjunto de relatos eróticos de George Bataille que guardaba mi biblioteca desde diciembre del 2009. Comencé a leerlo trece años después; una barbaridad de años, comprimidos de pronto en esas dos fechas que atestiguan el paso del tiempo en la primera hoja del libro.  Trece años… para esa época ya había viajado y regresado de Australia y todo mi ser pensaba y amaba  con intensidad en inglés…;  mi madre aún vivía, con ella me sentaría por esos días en su casa instaurando un tiempo nuevo entre nosotras, mi hermano festejaría sus cincuenta primeros años y luego, seguramente, sin miedos a abrazos y besos, nos habremos juntados todos en alguna casa a festejar las fiestas… Más tarde llegaría el momento de la playa junto a mis hijos hasta el instante en que me decidí a probar nuevamente con el otro lado del mundo;  por un mes, apenas, por eso de lo que escribía Bataille:

Vivir: comenzar lo que sin terminar, termina. Lo que hasta el final espero en el tumulto de la noche; lo que hasta el final espero en la sencillez del día…

y regresar luego a mi ciudad para comenzar de nuevo lo que sin terminar, termina. Como la lectura del cuento «Charlotte d Ingerville», que ha quedado suspendida en el libro abierto sobre la silla, allí afuera, por esta necesidad imperiosa de escribir que me provoca suspender toda lectura. Hoy ha servido para rescatar recuerdos.

 

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María Claudia Otsubo