A orillas del Paraná (sobre El Astillero, de Juan Carlos Onetti)

Finalizo El Astillero, la novela de Onetti, publicada en 1961, con los pies hundidos en las orillas del Paraná. El río es la única certeza entre esos lugares imprecisos por donde se mueve Larsen, y a él he llegado conducida por la memoria.

Hoy recuerdo ese día, como recupero las notas que tomé cuando me encontré, por fin, frente a la casa, ya con sus tablas de madera completas, blanqueadas, y su techo de chapa reparado. Entonces escribí:

La vimos ponerse más linda. Como una mujer dormida, manos de hombres la despertaron para que pudiéramos gozarla. Y despertó con los ojos cargados de Paraná, los oídos susurrantes de viento y con los perfumes que derrama la abundancia de la selva.

Evoco mi paso ingresando por la pequeña puerta, con el mismo respeto con el que se entra a una iglesia, y haberme quedado admirando las ilustraciones de Alberto Breccia[1] perdiendo por un buen rato la noción del tiempo, hasta que bajo una ventana me topé con la bicicleta de ruedas desiguales, y entonces lo imaginé pedaleando por los caminos de tierra colorada, para regresar luego, quizás con urgencia a la mesa solitaria y a la antigua máquina de escribir, a la que recuerdo haber acariciado. Algunos utensilios de cocina, herramientas de trabajo, y el viejo catre estrecho que intentaría, en vano, contener sus miedos. No mucho más, evoco ahora, salvo mi figura contemplando la austeridad.

Al salir recuerdo que continué el sendero hacia el río para respirar la intensidad de la selva misionera. Algunas cosas —sé hoy— creí intuir en ese momento, mientras me acercaba a la corriente veloz del Paraná, y me abría paso entre la vegetación exuberante. Quizás algo sobre cómo algunos lugares habilitan el poder abandonarlos para siempre, como lo hizo Quiroga luego de convivir tantos años con la muerte.

Pensé en todo eso mientras leía a Onetti (sin poder escaparle a la fuerza del recuerdo) y recorría los lugares-no lugares (Santa María, Puerto Astillero) donde se asientan sus narraciones.

En el inicio, se cuenta que Larsen ya ha estado antes en Santa María. Me lo cuentan las múltiples voces, que conforman ese “nosotros”, que lo reconocen como el que fue expulsado de la ciudad hace cinco años. Hoy, desplegada la “saga” que conforma la totalidad de las novelas de Onetti, puedo saber que Juntacadáveres, escrito entre paréntesis luego del nombre Larsen, corresponde al título de su siguiente novela, que Onetti publicará años después que El Astillero. Pero en esta lectura no sé qué ha sucedido en el pasado. Imagino que se me develará más adelante, un pacto de lectura que finalmente no acontecerá.

Pero los otros, los que pueblan la novela como un coro griego, sí saben; ese “nosotros” que son los que habitan Santa María pueden dar cuenta de ello, como de quién es Jeremías Petrus y hasta dónde llega el retraso –única, idiota, soltera– de su hija.

El segundo capítulo corresponde ya a la llegada de Larsen al astillero abandonado de Petrus, donde se encuentra con Gálvez y Kunz, “la administración y la parte técnica de la empresa”.

De la empresa no queda nada:

[…] miró el par de grúas herrumbradas, el edificio gris, cúbico, excesivo en el paisaje llano, las letras enormes, carcomidas, que apenas susurraban, como un gigante afónico, Jeremías Petrus & Cía. (p.5)[2]

Recuerdo que fue en ese momento cuando comencé a sentir que mis pies se hundían en la orilla fangosa del Paraná, y me envolvía la bruma fantasmal de la selva, esa misma que me había acompañado en el final de la tarde en la casa de Horacio Quiroga.

Atrapada, entre la casilla miserable (como sus habitantes) y la espeluznante glorieta. Derrotada dentro del deterioro del astillero, seguía los pasos de Larsen, las miradas indolentes, burlonas, de desprecio de Gálvez y de Kunz. Lo recibía y, al mismo tiempo lo rechazaba, como la mujer hombruna de Gálvez, como la niña boba –“«la loquita» y «la preñada»”–, o como Josefina, la sirvienta.

Sabiendo que nada me sería contado del todo. Que asistía, al igual que el resto del pueblo, a la tragedia que provocaba tanto desasosiego. Hasta llegar a ese “último viaje” de Larsen:

Estaba entonces no simplemente solo, sino también despavorido y con ese inquietante principio de lucidez de los que empiezan a desconfiar, a regañadientes, sin vanidad ni conciencia de astucia, de su propia incredulidad. Sabía pocas cosas y rechazaba muequeando a las que lo rondaban queriendo ser sabidas.(p.101)

Cuando acepta “sin reparos la convicción de estar muerto”. ¿No lo estuvo desde el inicio de la novela?

La última noche la pasa con Josefina: “Estar con la mujer había sido una visita al pasado, una entrevista lograda en una sesión de espiritismo, una sonrisa, un consuelo, una niebla que cualquier otro podría haber conocido en su lugar”. Su última visión de la casilla y de toda esa realidad, antes de huir asqueado, es la de la mujer preñada pariendo sola, como un animal.

Así como en el inicio, no tuve certezas cuando llego al final de la novela.

No sé si fue Larsen quien entregó lo único que tenía, su reloj, para el pago del pasaje a los lancheros, o si éstos lo tomaron con lástima –sumándolo a los objetos robados del astillero–luego de golpearlo.

Como sea, quizás la segunda versión sea la creíble, ya que es la que se cuenta. Es la versión que también me susurra el río, el mismo que navegó Paulino, a la deriva, en un intento por sobrevivir a la muerte.

 

 

[1] Alberto Breccia (1919-1993) fue un historietista uruguayo que desarrolló toda su carrera artística en La Argentina. Las ilustraciones referidas son sobre el cuento “La gallina degollada”.

[2] Leo la novela en versión pdf, proporcionado por el sitio. Las citas corresponden a este material.  http://recursosbiblio.url.edu.gt/publicjlg/Libros_y_mas/2016/04/el_astill.pdf

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