María Luisa Bombal – LLueve

LLUEVE

 

¿Era preciso morir para saber ciertas cosas?

¡Ah, Dios mío, Dios mío! ¿Es preciso morir para saber?

 

 

Llueve en Imbassaí. Por momentos a la lluvia se le suman el viento arremetiendo contra los ventanales y el quejido del mar. Ese mar que avanza sobre la playa con olas remotas y abundantes, desplegándose desde el horizonte. Un horizonte que, incluso, se disuelve en la bruma fantasmal hasta confundirse con el gris del cielo.

El murmullo de la lluvia me acompaña mientras voy leyendo La amortajada:

La lluvia, cae, fina, obstinada, tranquila. Y ella la escucha caer. Caer sobre los techos, caer hasta domar los quitasoles de los pinos, y los anchos brazos de los cedros azules, caer. Caer hasta anegar los tréboles y borrar los senderos, caer. (p.8)[1]

 

Y me abre a las sensaciones, como a la protagonista de La última niebla:

Fuera crecía y se esparcía el murmullo de la lluvia, como si ésta multiplicara cada una de sus hebras de plata. Un soplo de brisa hacia palpitar las sedas de las ventanas. (p.41)[2].

La lluvia está presente en las dos novelas breves de María Luisa Bombal, y su presencia perturbadora me envuelve –la del agua y la de la lectura– de un modo tan particular que, habiendo iniciado y finalizado el primero de los textos, me sumerjo de inmediato en el otro, sin que importe ahora develar el orden en que llego a ellos porque ambos se corresponden en lo que me provocan.

Suena entonces en mi parlante Gymnopédie N°1, de Erik Satie.

Las notas del piano parecen fundirse con las gotas que, una a una, van haciendo un charco junto al tronco de la aroeira. Algunas quedan suspendidas, aferradas y enamoradas a los pequeños frutos rojos, y serán el oasis de los pájaros.

En ese mientras tanto leo a María Luisa Bombal, escritora chilena, nacida en Viña del Mar en 1910, que se crio y educó en París, ciudad a la que llegaría junto con su madre y hermanas, después de la muerte del padre, a los doce años. Allí incluso estudiará Letras en la Universidad de la Sorbona, como también arte dramático y violín, éste último su declarada vocación frustrada.

 

Pausa

 

La escritura hace una pausa, detenida ante Alexis Ffrench y su Bluebird. Pareciera que la música se fuera anticipando –como ocurrió con Satie– a mi mano. Porque estaba a punto de teclear que Bombal debió ser, por lo que me cuenta su biografía, un espíritu libre, en el contexto de los años cuarenta y cincuenta. Casada dos veces –la primera solo de fachada, ya que esa primera pareja es homosexual (lo conoce a través de García Lorca), de la que se divorcia para casarse luego con un conde francés, en Estados Unidos donde residió treinta años (de este matrimonio nacerá su única hija Brigitte)– y con una vida en algún sentido nómada e imagino por lo mismo difícil.

Descubro que Neruda la llamaba “mangosta”: “nombre de un animalito oriental que se acomoda en cualquier parte y es suave y discreto”[3], y fue entonces que llegó esa imagen, no la de una pequeña langosta, sino la de un sutil pájaro; y fue entonces que comenzó a sonar Bluebird.

 

Buenos Aires y Norah Lange

 

Bombal vive en Buenos Aires desde 1933, ciudad a la que llega acompañada por su amigo Pablo Neruda. Allí conoce a la pareja Girondo-Lange. A ellos, como lo hace Onetti con La vida breve, les dedica su primera novela, La última niebla. Sin embargo, mujer, al fin y al cabo, es capaz de agregar bajo el nombre de sus amigos: con admiración y gratitud.

Imagino, por lo que voy leyendo de ella, que debió ser una persona subyugante, tanto por su personalidad como por su presencia, según me confían las fotos.

Encuentro también dos tesoros en la red: una filmación (dos capítulos) sobre su vida[4], y la grabación de la entrevista que le realiza Victoria Pueyrredón (creo que fue en 1972, el audio es bastante malo)[5], material auspiciado por el ministerio de cultura chileno. En esa charla, Bombal destaca preferir dentro de su narrativa, el cuento “Lo secreto”; confiesa su predilección frustrada por el violín; recuerda al profesor Ferdinand Strowski, de la Sorbona, que premió entre cientos presentados, un cuento suyo; y anticipa sobre la novela en la que está trabajando, vinculada al Antiguo Testamento, que creo no llegó a publicar.

Pero regreso a las dos novelas ya leídas.

La última niebla (LUN) se publica en Buenos Aires en 1934. La primera edición la realiza la editorial Francisco A. Colombo, a cargo de Oliverio Girondo, con prólogo de Norah Lange y con ilustraciones de Jorge Larco. No logro encontrar ese texto de Lange.

La amortajada (LA) publicada en 1938 ganó el Premio de la Novela de la Municipalidad de Santiago, Chile.

En ambas, la voz femenina, alternando la primera y la tercera persona, es quien narra, sin un orden cronológico, de modo fragmentario y a partir de la propia vivencia y de lo que provee la memoria.

Si tuviera que precisar una palabra clave para ambos textos, escribiría en primer lugar: erotismo, y luego sensualidad.

Mis trenzas aletearon deshechas, se te enroscaban al cuello. (LA-p.18)

Así vivía golosa de olores, de color, de sabores. (LA-p.23)

Casi sin tocarme, me desata los cabellos y empieza a quitarme los vestidos. Me someto a su deseo callada y con el corazón palpitante. Una secreta aprensión me estremece cuando mis ropas refrenan la impaciencia de sus dedos. Ardo en deseos de que me descubra cuanto antes su mirada. La belleza de mi cuerpo ansía, por fin, su parte de homenaje. Una vez desnuda, permanezco sentada al borde de la cama. (LUN-50)

Entonces me quito las ropas, todas, hasta que mi carne se tiñe del mismo resplandor que flota entre los árboles. Y así, desnuda y dorada, me sumerjo en el estanque.

No me sabía tan blanca y tan hermosa. (LUN-41).

 

Construidas con párrafos breves, cinco líneas lo máximo (en especial en La amortajada). Una escritura de fragmentos.

Una narrativa por sobre todo poética:

 

Y ya no deseaba sino quedarse crucificada a la tierra, sufriendo y gozando en su carne el ir y venir de lejanas, muy lejanas mareas; sintiendo crecer la hierba, emerger islas nuevas y abrirse, en otro continente, la flor ignorada que no vive sino en un día de eclipse. Y sintiendo aún bullir y estallar soles, y derrumbarse, quien sabe adónde, montañas gigantes de arena. (LA-p.91)

 

¿Cómo no identificarme con ambas mujeres si las dos me remiten a mi propia escritura, a mis cuentos “Amalfi” o “Amor de una noche”[6]? ¿Cómo no admirar su narrativa breve, concisa, que no raya nunca el lugar común, que hace de la poesía su esencia?

Leo ambas novelas casi en simultáneo, encontrando que ya en La última niebla hay indicios que aparecen desplegados en La amortajada: la muerta que se interpone entre los casados: “En aquella inmovilidad y también en la de esa muerta estirada allá arriba, hay como un peligro oculto”; la mención al convento, el escenario del campo, la distancia con la ciudad; como Reina (la otra mujer, la que se anima a tener una aventura con su amante en LUN), y lo que ella despierta en la protagonista: sensualidad, la tentación del roce de las pieles, la seducción femenina, que también creí leer en LA, y en el vínculo que la muerte tuvo (¿amor prohibido?, todo se intuye, nada se cuenta) con su nuera, María Griselda.

Ya ni sé si sigue lloviendo en Imbassaí.

He perdido la noción del tiempo, del espacio.

Suele suceder cuando algo me sorprende y me toma por completo.

Leer a María Luisa Bombal (y aún no he terminado, a corto plazo abordaré “Lo secreto” y luego sus otros textos, su obra no fue extensa) me acerca de algún modo a Norah Lange. La voy cercando, la voy rodeando, husmeando aquí y allá hasta poder abarcarla por completo a mi regreso.

Intuyo, porque aún no lo sé, que a través de Bombal he estado casi en el umbral de su puerta. Golpeo, quizás me abre.

 

 

[1] Leo La última niebla y La amortajada, en versión digitalizada por el sitio Memoria Chilena. Las citas corresponden a estas ediciones.

http://www.memoriachilena.gob.cl › archivos2 › pdf

[2] Bombal, María Luisa. Obra completa Tomo1, pdf. e-bookelo.com

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Luisa_Bombal

[4] https://eligecultura.gob.cl/cultural-sections/15/

[5] http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-87138.html

[6] Ambos cuentos en Mujeres al sol, sábanas al viento y en Memoria de un roce. Ver en Publicaciones, en este mismo sitio.

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