BUSCO (Sobre La vida breve, de Juan Carlos Onetti)

 

Día I

 

He comenzado una y otra vez la crónica, quizás porque luego de finalizar la lectura, cuando me dispongo a dar cuenta de mi experiencia, comprendo que La vida breve, de Juan Carlos Onetti, me exige otro impulso en mi escritura. Tan profundo es el click interno, aún inasible –en su misterio–, e inquietante por lo que ha provocado que, durante el recorrido por la novela, lo he volcado en mi poesía.

Copio las primeras líneas del poema, dedicadas al escritor uruguayo.

Busco

la palabra

que quiebre

la línea indecible

que sostiene el mar,

mientras en el horizonte

se alza la bruma fantasmal

que precede a la tormenta.

 

En primer lugar descubro con sorpresa que, despojados de la totalidad del poema, los versos que he rescatado dibujan una hilera de líneas escalonadas, en la cima la palabra inicial, que además se separa del resto por un espacio; como si hiciera falta una pausa para recuperar el aliento tras el impulso que da origen a la escritura.

Me detengo también en la cantidad de palabras en cada línea: 1-2-2-3-4-4 5-5, y me pregunto si existirá un significado oculto, velado a mi entendimiento, encerrado en el diseño involuntario que realizó mi mano.

Evoco ahora el instante del poema, cuando dejé descansar a mi lado la novela de Onetti para perderme en el misterio del paisaje frente a mis ojos desplegado en estos últimos meses —tan diferente cada día y aun así tan predecible en su existencia—, cuando lancé al aire el grito que concentraba el deseo de encontrar otro modo de decir.

Porque la lectura que estaba transitando me iba conduciendo hacia otro territorio. Y no porque leer a Onetti fuera mejor que leer a Bioy, a Padura, o al mismo recientemente incursionado Faulkner, por nombrar solo algunos escritores que pueblan mis crónicas. Era distinto, quizás también porque, como dice el título de la película argentina del 2004, No sos vos soy yo, algo en mí buscaba quebrar esa línea extendida y conocida por la que suele pasearse, a veces con cierta comodidad, mi escritura. ¿Cómo lograrlo?

Imagino ahora, aún en Imbassaí, que cuando por fin comience a escribir sobre Norah Lange, seguramente daré cuenta de los días frente al mar (incluso de éste que se materializa hoy por mis manos).  El escenario era otro cuando leía y escribía sobre mi querido Bioy Casares, cuando la mirada, también buscando las palabras que me permitieran dar cuenta del viaje que estaba recorriendo, se perdía en la anchura del cielo que me regalaba la ciudad.

Hoy el escenario es indecible, lanzándome más lejos de esa línea inabarcable del horizonte. Sobre ella se ha extendido la novela, el desasosiego de Brausen y el mío propio por intentar ir un poco más allá; en mi caso, aunque sea, tan solo un poco.

 

Día II

 

¿Por qué Onetti?

La respuesta es Norah Lange. Así como atravesé Absalóm, Absalóm! de Faulkner, llego a Onetti por la imposibilidad, en este momento de mis días en Brasil, de leer a Lange. Y como ya expliqué en otras crónicas, pensando que un modo de acercamiento a ella pudiera producirse a través de sus fuentes, las lecturas que poblaban la casa que compartía con Girondo.

La vida breve, por otra parte, está dedicada a la pareja argentina. “No es común que Onetti hable mucho sobre sus relaciones con los círculos intelectuales; es más, generalmente y cuando lo hace su tono es de reserva, cuando no de condena. En las dedicatorias de sus novelas es posible leer, entonces, cuáles son las relaciones que privilegia”, señala Roberto Ferro en su trabajo sobre la novela[1] (p.33).

Norah Lange debe haber devorado el libro, como lo hice yo, y quizás también sintió ese escozor en las manos al momento de sentarse a escribir.

Onetti publica La vida breve en 1950, en edición de Sudamericana. Estaba residiendo hace varios años en la Argentina y ya había sido premiado por la novela Tierra de Nadie. “La novela obtuvo el segundo premio en el concurso Ricardo Güiraldes instituido por esa editorial. El jurado estaba integrado por Jorge L. Borges, Norah Lange y Guillermo de Torre” (RF. p. 14).

En ese año, 1950, Lange publica Personas en la sala. María Cecilia Ferreira Prado —a quien voy siguiendo en sus ensayos sobre Norah Lange— destaca de la novela “el elemento fantástico, tan recurrente y fundamental en su narrativa”[2]; y en relación a eso, enumera, en cita a pie de página, a varios autores que incidieron en la escritora argentina. Entre ellos, a Onetti: “La lista no es exhaustiva, ni mucho menos, pero hemos de añadir, ahora, a Juan Carlos Onetti que dedica su novela La vida breve (1950), la cual indaga en la problemática del doble o del desdoblamiento del yo”.

Pero ya lo he declarado, aún no he leído a Norah Lange, no puedo todavía escribir sobre ella. Pero sí a Onetti, del que quiero dar cuenta, sin otros mediadores.

La primera tentativa de leerlo, en la modalidad on-line a la que me obliga la estadía brasilera resultó exitosa. Encontré la versión digitalizada, de la Biblioteca Artigas –edición que forma parte de la Colección de Clásicos Uruguayos, Volumen 183, publicada en Montevideo en el 2009– que cuenta con un excelente prólogo de Hortensia Campanella. (http://bibliotecadigital.bibna.gub.uy). Pero ya en los finales del libro, comenzaron a faltar páginas o alterarse la secuencia de las hojas. Así que continué la lectura en la edición de la biblioteca digital de Amazon.[3]

El texto se inicia con un epígrafe de Walt Whitman, unos versos de A Songs o f Joy. Como no puedo dejar de curiosear, porque la cita me interpela y me posiciona frente al resto de texto que voy a leer, encuentro:

Lo curioso de la cita es que los mismos versos se citan (de manera ligeramente equivocada) en un cuento de Chesterton en The Club of Queer Trades. De hecho, la falta de paréntesis (y la falta de cualquier relación fuerte entre la novela de Onetti y el poema de Whitman en su totalidad) sugiere que el cuento de Chesterton es una fuente del epígrafe. La cita, por lo tanto, ya está marcada como elemento metaliterario, de manera semejante al funcionamiento de las múltiples connotaciones del título de la novela de Onetti.[4]

El primer capítulo “Santa Rosa” alude a la tormenta. Y regreso al inicio de esta crónica y a mi poema, para darme cuenta, en este instante, que las líneas de mi verso responden a este primer capítulo; que he repetido en el gesto poético ese mismo anhelo de Brausen: la búsqueda:

Entonces descubrí que yo había estado pensando lo mismo desde una semana atrás, recordé mi esperanza de un milagro impreciso que haría para mí la primavera. Hacía horas que un insecto zumbaba, desconcertado y furioso entre el agua de la ducha y la última claridad del ventanuco. Me sacudí el agua como un perro, y miré hacia la penumbra de la habitación, donde el calor encerrado estaría latiendo. No me sería posible escribir el argumento para cine de que me había hablado Stein mientras no lograra olvidar aquel pecho cortado, sin forma ahora, aplastándose sobre la mesa de operaciones como una medusa, ofreciéndose como una copa. (p.8-9)

Cualquier cosa repentina y simple iba a suceder y yo podría salvarme escribiendo. (p.33)

La novela se inicia con algo que dice una mujer. Es Brausen, el protagonista, un “yo” en primera persona al comienzo, que es quien escucha la conversación ajena, pared de por medio, de esa mujer que aún no ha visto, a la que tan solo imagina, en esos días calurosos, densos y expectantes de “el veranillo de San Juan”, mientras a su lado yace (tendida, recostada y sufriente) su propia mujer, Gertrudis, a la que le han amputado un pecho.

Habría llegado entonces el momento de mi mano derecha, la hora de la farsa de apretar en el aire, exactamente, una forma y una resistencia que no estaban y que no habían sido olvidadas aún por mis dedos. «Mi palma tendrá miedo de ahuecarse exageradamente, mis yemas tendrán que rozar la superficie áspera o resbaladiza, desconocida y sin promesa de intimidad de la cicatriz redonda.» (p.10)

Nada puede ser igual –luego del vacío que hace visible la cicatriz– para ninguno de los dos. Y así como Gertrudis busca refugio en la imagen, que proyecta de sí, en la adolescencia, para eyectarse del vínculo actual y su presente, Brausen se duplica imaginando el personaje que construye en ese territorio nuevo e incierto de Santa María, el doctor Diaz Grey (escritura que surge en principio como un encargo para un guion de cine); o también por el desdoblamiento en Arce.

Casi finalizando la novela, conversando con Roberto Ferro, es que puedo comprender ese procedimiento de la narrativa de Onetti, “la triple adjetivación”, que se apoya en el sustantivo, sin recarga ni empalago, cadencia que oía, pero no lograba precisar hasta saberlo.

O como bien señala citada Hortensia Campanella, apreciar “la clara influencia del cine como nuevo modo de contar historias”; descubriendo el estilo que me introdujo cada escena por su olor, color; por el recorte de una sensación.

Donde la sombra del anochecer era más espesa, próxima al ruido de disputas y fregado del pasillo, del otro lado del mostrador metálico que dividía la sala, la mujer fumaba esperando a Stein (p.22).

Y esto responde a casi todas las descripciones que encontré de Santa María.

En algunas ocasiones, hay también un modo de recordar que me hizo pensar en el modo en que lo hace Borges:

Volvió al balcón, y antes de que apagara la luz me llegó un perfume, un aroma que yo había respirado antes, mucho tiempo atrás, en una confusa reunión de calles con terrones, hiedras, una cancha de tenis, un farol meciéndose sobre la bocacalle. (p.19)

Voy finalizando mi crónica para escribir que hay un antes y un después luego de leer La vida Breve.

Voy finalizando sin olvidar el click que ha resonado desde las primeras líneas. Me pregunto también si así lo escuchó, en algún momento de la lectura de la novela, Norah Lange.

Voy finalizando para decir que la vara es alta después de leer a Onetti. No obstante, se sigue escribiendo porque La vie esta breve// un pue d’amour// un peu de rêve// et puis bonjour.[5]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Ferro, Roberto. Juan Carlos Onetti – La vida breve, pdf.

[2] Ferreira Prado, María Cecilia. EL RETRATO Y SUS GALERÍAS INTERIORES: LO FANTÁSTICO-EXTRAÑO EN PERSONAS EN LA SALA, DE NORAH LANGE. Monteagudo 3.ª Época – N.º 23. 2018 págs.187-207 https://revistas.um.es/monteagudo/article/view/351901/252121

[3] Onetti, Juan Carlos. La vida breve (Spanish Edition). Penguin Random House Grupo Editorial España. Edición de Kindle

[4] BALDERSTON, Daniel. “Arte y alusión en La vida breve”, en http://d-scholarship.pitt.edu/5707/1/Balderston_AIH_Onetti.pdf.

[5]  Edición de Kindle, op.cit.

 

 

 

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