EL LADO DE LA SOMBRA – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

Llego en mi viaje con Bioy Casares a los diez cuentos publicados en 1962. El primer relato, “El lado de la sombra”, que se corresponde con el título del libro, tiene un acápite:

En cuanto cruzas la calle

estás del lado de la sombra

 

El verso pertenece a la milonga de Juan Ferraris (1921): Más acá, más allá.

La busco por internet para oírla antes de comenzar la lectura y encuentro que la milonga no existe. Entonces la cita tampoco, es falsa. Sonrío ante el guiño de Bioy y acepto el desafío: no habrá seguridad. Si decido seguir leyendo, debo entregarme al juego de lo incierto.

Con esta impronta comienzo pues el primer cuento del libro, “El lado de la sombra”, una historia que retoma el tema del pasaje, presente también en textos anteriores.

La aparición de una gata encarna la idea “del eterno retorno”. Pienso si podría haber sido otro el animal elegido para la historia, evocando a Áyax, el perro amado tanto por Silvina: …porque siempre en mi infancia, en mi adolescencia y después, por bastante tiempo, sufrí de vivir: hasta que lo conocí a Áyax (de su cuento “Nueve perros”), como por Bioy: Áyax es mencionado en La Invención de Morel y también en el Libro VIII, de Guirnalda con amores: …pero cuando vi a mi perro supe que estaba en el cielo.

En este cuento la elección del gato es acertada. Bioy se apoya en la tradición de las culturas antiguas en las que los gatos fueron venerados, y hasta considerados sagrados. De los egipcios nos llega, por ejemplo, la creencia de que tienen “siete vidas”, que significaba el convencimiento de que ese paso de una vida a otra era un camino necesario para convertirse en ser humano, meta que solo alcanzaban al llegar a la última vida, a la séptima. Aún hoy los gatos están asociados a la buena fortuna o la abundancia, ¿o no expresan esa intención los pequeños gatos chinos (zhaocai Mao) o japoneses (maneki neko) que nos saludan desde las vidrieras de tantos negocios de la ciudad?

Bioy sabía de todo esto. En el cuento los gatos acechan desde el inicio: Veblen concurría a una Real Exposición de Gatos…; el marido de Leda sabía que se casaba con una suerte de gatito…; y es una gata quien por fin se refugia en los brazos perdidos de Veblen. ¿En cuál de las vidas se encuentra ese animal que, según el inglés, reencarna a Lavinia? ¿Estará próxima al final de su recorrido para poder entonces transformarse en Leda?

Mientras todo eso ocurre, como el protagonista, me voy perdiendo por el puerto húmedo y caluroso, que me introduce en la experiencia de lo sobrenatural.

Hay que estar atenta, recuerdo al pensar en la trampa de las citas.

Es cuando hago una pausa para retroceder (el movimiento que realizo es literal) a buscar en la biblioteca el verso de un poema:

 

Hubo un gato,

lo recuerdo,

recorriendo

el sendero sinuoso

de la sombra.[1]

 

Porque hay momentos inolvidables del tiempo de escritura; instantes que quedan fijados como la letra en la página del libro, un subtexto solo reconocible para quién escribió el verso o lanzó al vacío la primera palabra de un cuento, una imagen, un color, aquel sonido. No siempre ocurre que se sepa; otras veces, se desconoce ese momento, así como resulta imperceptible el instante fugaz del parpadeo.

Hoy evoco el de la creación de ese poema —lo evocaré siempre— cuando el tiempo se detuvo inmovilizando el gesto de la mano, distanciándola por unos segundos del papel para contemplar al gato que, sinuosamente, avanzaba por la delgada línea de la sombra protegiéndolo del calor de la playa; sus ojos dirigidos hacia los míos al cruzar por delante de mis piernas que se extendían al sol, y la certeza al fijarnos por la mirada de reconocernos en otra dimensión que escapaba a nuestro entendimiento. Una brevedad, apenas, mientras un repentino resplandor electrizaba el horizonte.

Como la gata de Veblen, había algo de reconocible y a la vez extraño en ese gato que hoy recuerdo.

Como aquella sombra que a su vez evoca otro poema:

 

Como el roce

del mar

en la arena

o la brisa leve

de las palmeras,

así es el desliz

de la sombra

que,

en silencio,

enfría mis pies.[2]

El lugar donde se refugia la melancolía:

 

Cansancio,

cuando tus pasos

atraviesan la puerta

y me traen esa sombra

que no reconozco.[3]

O lo que inquieta:

La voz oculta

la sombra desconocida

la emoción ya presentida

de la piel

que se espera.[4]

La hora de la incertidumbre y la de no saber; la hora del pasaje.

En el relato de Bioy, la bochornosa sensación, que me invade desde las primeras líneas, estimula, no obstante, el deseo de llegar a ese lugar de la “sombra”.

¿Qué es lo que hay allí, que atrae tanto? ¿Es una nada similar a la de la muerte? ¿O por el contrario, es completitud, un juego de luces y sombras indivisible?

Recuerdo entonces “El elogio de la sombra”, de Junichirô Tanizaki. Su relectura me acerca también una reseña de Noe Jitrik sobre ese texto. Lo cito:

 

[…] la sombra rodea, acaricia, no acecha, no es la noche cerrada y oscura, recinto de fantasmagorías, sino la penumbra propicia en la que todo se encuentra y todo se ve y esa manera de ver, de ojos entrecerrados, es el Japón mismo.[5]

Ese otro lado atrae a los protagonistas de los cuentos que estoy leyendo. Los personajes se encaminan hacia ella, cruzan una línea, bajan en un puerto, se trasladan de ciudad, escriben una carta (que es un modo de pasaje), superan límites; en definitiva, se atreven y se adentran en lo sobrenatural, lo fantástico o quizás en lo trágico.

Así Veblen, vencido por la culpa, deja de ser quién era para exiliarse en un puerto perdido del África, donde una gata lo ilusiona con el regreso de su amada.

Así un novelista busca finalizar su obra y se traslada a Mar del Plata, aunque finalmente sea la obra de un viejo bañero comprometido con su creación quien logre el objetivo.

Así un dibujante escribe una carta para contar sobre la modelo que lo obsesiona, y en ese tránsito de la palabra descubre que ella, a quien sin embargo no abandonará, jamás le pertenecerá del todo.

Así un grupo de amigos de un pueblo perdido no tiene el coraje de cruzar ningún límite perdiendo la posibilidad del contacto con alguien de otro mundo.

Así un marido, que necesita alejarse de su familia, sin darse cuenta deambula “por el lado de la sombra”, entonces experimenta el deseo y el erotismo, castigo que oficia el mago Merlín del otro lado de la puerta.

Así un león, como en aquel otro relato que alude a las liberalia de Baco, logra despertar terribles reacciones en quienes, por su causa, pasan una noche de encierro.

Así una pareja cava su propio foso cuando traspasa el límite y comete un asesinato.

Cuando, por el contrario, una elección por el amor es lo que permite vencer las dificultades.

Así una mujer puede abandonar su vocación de paloma y elige vivir, liberándose  de su jaula.

También así la creación de una máquina, que puede retener el alma y hacernos inmortal (la asociación con las primeras novelas es inmediata) debe ser destruida o no tomarse del todo en serio si somos incapaces de pensar en otro lado.

 

Regreso a la cita falsa que considero no es sólo acápite del primer relato, podría servir para todo este libro: Más acá, más allá. Eso, en definitiva, parece querer decirme Bioy, en algún momento, cuando sin darme cuenta o sí, cruzo hacia el lado de la sombra. Hay que animarse.

Confieso que no se equivocó con el desafío, pero que también tuve miedo, no sé por qué.

 

 

 

[1] María Claudia Otsubo, Respiración Involuntaria, “Aquí nuevamente”, Ed. Vinciguerra, Bs.As. 2016. http://www.mariaclaudiaotsubo.com/obras literarias

[2] María Claudia Otsubo, Diminuto verde, “Desliz”, Ed. Vinciguerra, Bs. As. 2018

[3] Ídem “Entre sombras y brisas”.

[4] Ídem.

[5] En https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-191621-2012-04-11.html

 

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