EL GRAN SERAFÍN – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

A casi cien días de cuarentena, el impulso (y, sobre todo, el deseo) de continuar mi viaje con Bioy se mantiene intacto. Las tareas cotidianas, algunas necesarias, me alejan cada vez menos de mi mesa de trabajo y del camino de la lectura.

Por la noche pienso en el recorrido hecho, como el caminante que recordando con agrado detalles del sendero planifica la jornada siguiente, los posibles desvíos y las sorpresas. Si no fuera por la pereza que me provoca el levantarme, creo que esa hora destinada al sueño, la hora del silencio y de la suspensión de la prisa, también la del desvelo, sería la mejor para sentarme a escribir. Recién lo hago a la mañana siguiente intentando rescatar los restos nocturnos:

                                                                                 Por las mañanas

                                                                                 asisto al ritual diario

                                                                                de este tiempo

                                                                                de vértigo.

                                                                                Los días  

                                                                                oscurecen más temprano,

                                                                                ya es invierno.

         Perecen las flores de todo jardín

                                                                                 con nostalgia, leo.

 

Porque he llegado a El Gran Serafín y a sus diez cuentos (1967). Bioy a mi lado en el disfrute del andar.

“He caminado bastante con Borges, con Silvina, con otras mujeres también. He caminado por el gusto de caminar conversando, y también para recordar los sitios donde iba a situar mis novelas”[1].

En esa misma charla con Noemí Ulla, Bioy cuenta que en ese deambular a veces llegaban con Borges hasta Puente Alsina. Caminaban otra ciudad, pienso con la nostalgia del encierro, y por otras veredas que permitían el andar seguro del porteño. Otros tiempos, murmuro, sin remedio ya, como lo hacen los viejos.

En casi todos los cuentos de este volumen está presente el anhelo del viaje, de un protagonista en tránsito: hacia una playa cercana de Necochea; en una gira turística por Europa; por la noche de Montevideo; por “El Tandil”; en una travesía de barco entre Nueva York y Southampton; frente a la elección de un atajo en la Ruta 2; o en el refugio de un campo.

He leído como hago siempre tomando mis notas, atenta al diálogo que provoca esta conversación que estoy manteniendo con Bioy caminante.

En la travesía por estos cuentos se abre una nueva ventana que me ha permitido advertir no solo “la clave de amor” –que continuo recogiendo en el trabajo que llevo a cabo sobre las mujeres de los relatos–, sino también una “clave de sol”: el vínculo con la música.

Y es reparar, de pronto, en que la cuestión musical ha estado siempre presente en los textos que he leído. Pienso en La Invención de Morel y en Té para dos, la canción de 1925 que escuchan los “habitantes” de la isla: Oh can’t you see how happy we will be. (How happy we will be). Pienso en la Sinfonía en mi menor, de Brahms que menciona el gobernador Castel en la carta que le deja a Enrique Nevers; y así seguiría…hasta estos relatos: “Cuando los santos del cielo vengan marchando” (The Saints, himno gospel de EE.UU.); los tangos en “Confidencia de un lobo”; el Preludio de Berlioz, inspirado en La Siesta del Fauno, de Mallarmé y Cecilia, la patrona de la música, en “Ad porcos”; la Zamba de Vargas, en “Un perro llamado Dos”.

En la misma entrevista con Ulla, Bioy cuenta “…creo que mis padres eran incapaces musicales los dos…creo que no tengo demasiado buen oído para la música, tampoco puedo cantar… de todos modos, me gusta mucho la música y hasta la reconozco”[2]. Intuyo la música, ciertas piezas, que disfrutaba y “reconocía” forman también parte de la biblioteca al momento de crear sus ficciones. Pienso que no siempre es así, yo puedo estar escuchando música, de hecho lo hago todo el tiempo mientras escribo o leo, casi como un mar de fondo necesario para el vaivén de los dedos, pero no necesariamente eso escuchado se transforma en una herramienta de construcción literaria.

¡Benditas estas ventanas que se van abriendo en la marcha que permiten estas reflexiones, como las notas que aporta Daniel Martino en las Obras Completas. La trastienda no le quita placer a la obra, la ha enriquecido. Leer las notas, después de haber transitado por los relatos que componen este volumen es importante.

Encontré luego, en internet, la versión fílmica del cuento “El Gran Serafín”, una película española de 1987. A excepción de la actuación siempre especial y conmovedora de Fernando Fernán Gómez, a cargo del cura del balneario, el resto resultó insalvable, una sobrecarga barroca de locura que escapa, a mi entender, al espíritu del cuento.

A veces ciertas adaptaciones del cine, que intentan llevar a la pantalla lo fantástico, confunden visualizar lo extraño como algo incomprensible, desluciendo el texto original; por lo que al espectador solo le queda asistir a un disparate. Además tedioso. No obstante, la seguí hasta el final con la ilusión de poder rescatar algo. No sé si Bioy llegó a verla. Y si festejó o lamentó el resultado (y él era un amante del cine).

«Si mis novelas y cuentos son creíbles, no lo son por la esencia de la historia, sino por las precauciones que tomo al contarla. Mis adaptadores (para cine o televisión) ingenuamente creen en esa credibilidad y no toman las precauciones adecuadas para el cambio de género. Lo que es creíble para el lector (que no ve, que sólo imagina) puede no serlo para el espectador», escribió en Descanso de caminantes. En ese libro dejó un consejo o advertencia para quienes hicieran guiones con sus relatos. «En un guion me parece lo esencial el interés mantenido por una buena progresión, que no deja ni un instante en reposo la atención de los espectadores. Se puede discutir el contenido de una película, su estética (si la tiene), su estilo, su tendencia moral. Pero nunca debe aburrir». Era una cita textual del libro Mi último suspiro, de Luis Buñuel, uno de sus cineastas predilectos”.[3]

Finalmente, mi opinión: un desacierto con un escritor que logra manejar con sencillez y economía de palabras la trama de sus relatos, incluso o diría, aún más, los que abordan lo fantástico.

“Lo que siempre me gustó fue la sencillez”[4]

“Pienso por qué me he puesto a contar historias en la vida: por una innata facilidad para imaginarlas […]. Si me he puesto a contar historias, es porque ciertas novelas me han atraído con una fascinación extraordinaria, como si entrara en un bosque maravilloso, en el lugar más lindo del mundo, y es el deseo de darle a los demás algo grato con eso”.[5]

La respuesta de Bioy es el resultado de su escritura.

Sus relatos son precisos, no dejan cabos sueltos.

Es cierto que demandan la atención en la continuidad de las líneas; la buena literatura lo exige. Sin embargo, ese tránsito es agradable, en el sentido que, incluso, perturbándome, interpelándome, se disfruta.

Confidencia de una lectora.

 

 

[1] Ulla Noemí, Aventuras de la Imaginación – Conversaciones con Adolfo Bioy Casares, Ed. Corregidor, Bs.As., 1990, pág. 137

[2] Ulla, óp. cit. pág.57

[3] https://www.infobae.com/america/cultura-america/2019/03/08/bioy-y-el-cine.

[4] Ulla, óp. cit. pág.103

[5] Ulla, óp. cit. pág.21

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