El mal de Montano – Enrique Vila-Matas

CON EL MONO DE TRABAJO

 

Regreso de estar con el mar. Me he quitado el mono de trabajo dejando que el cuerpo desnudo me condujera por el sendero que lleva hasta las olas.

Regreso del mar, la cabeza a merced de la espuma y su bravura.

Y de pronto, en esa intimidad húmeda, en ese intercambio secreto de la sal y la piel, brotaron la palabra y la urgencia de la escritura.

Como una fiebre sorpresiva, la palabra me tomó por completo y me llevó fuera del agua hacia la orilla, me condujo con prisa por la línea del camino para volver a las que aguardaban titilando sobre la mesa.

¿Sería que de esto trata la enfermedad de la que habla Vila-Matas?

Sin cubrirme me senté ante la pantalla, frente a la novela iniciada, El mal de Montano, junto a las notas que había ido tomando a medida que avanzaba con la lectura.

Entre esas hojas encuentro que he guardado: Antes de que el mundo fuera un país extranjero, la literatura era un viaje, una odisea. (p.238)[1]

¿A qué mundo se refiere?

El mío hoy se corresponde con este país que me cobija con dulzura de samba.

El resto, como le sucede al mismo narrador, testigo mudo del ataque en Manhattan, es un universo extranjero, comprimido en el espanto de la pandemia, deseoso de vecindades y encuentros.

Solo la literatura me ha posibilitado ensanchar las fronteras impuestas. Por eso pude irme de viaje durante todo el año pasado con Bioy; y no he dejado de estar en movimiento desde que abordé esta novela.

Puede que la literatura sea también parte del mundo del modo que lo son, por ejemplo, las hojas, escribe Vila-Matas citándolo a Magris. Y como él experimento el consuelo de esa línea cuando luego agrega: Literatura y mundo entran en armonía. (p.132)

Pero regreso –y no es casual la palabra en el marco de la novela que se construye sobre el procedimiento del constante retorno– al inicio de esta crónica, al momento de sumergirme en el agua, o estar bajo o dentro de ella –si eso fuera posible, ser así tan intensamente parte de–, donde además de la necesidad de la escritura vivencié la levedad del espíritu errante. Como le sucede al narrador de la cuarta parte del libro: “Diario de un hombre engañado” –Una mañana, te marchas de repente, sin dejar ni una nota. No te llevas nada, sólo tu diario personal. (p.214)– retomando la cita de Blanchot, epígrafe de la novela: ¿Cómo haremos para desaparecer?

¿Podía ser tan simple desaparecer, abandonar el roce de los pies sobre la arena, sucumbir a la bravura de las olas?

La pregunta corresponde a esta instancia de la escritura, no al instante del puro goce entre el cuerpo y el mar, cuando en el silencio surgió la palabra.

La experiencia en ese momento era la de la libertad. Libre como la hoja echada al viento, libre como para llegar a vivenciar que, si el mundo insistía en su extranjería, la literatura sería el viaje sin límites, la barcaza disponible hacia cualquier destino o lugar.

¿Desaparecemos, Blanchot, cuando nos entregamos a este acto laborioso de la escritura?. ¿Desaparezco al fundirme en la letra que aparece en pantalla, mientras la música acompaña el tecleo de los dedos, los ojos envueltos como en una bruma cuando se alejan por unos instantes en procura de la siguiente palabra y la que sigue?

Desparezco.

Soy también una especie de espíritu errante, otro más como lo es Vila-Matas, para emigrar en busca del sentido, para ir al encuentro y conversar con otros escritores. Como lo estoy haciendo yo con él desde el inicio de esta crónica que encontró su epifanía bajo el agua.

 

Había comenzado otra escritura sobre la novela. El archivo aún está en la computadora, junto con el que se fue alimentando de los fragmentos, las citas, las referencias a libros, películas, músicas (que desde la hoja en papel pasaron a la computadora) como ya me sucedió con París no se acaba nunca. Las dos pantallas aguardan disponibles para nutrir ésta que ocupa el lugar principal.

Abro el archivo de la primera crónica donde encuentro que he apuntado, en una suerte de epígrafe, el primer verso de la bellísima canción cantada por Bárbara:

Llueve sobre Nantes

dame la mano

el cielo de Nantes

apena mi corazón.

Aún no sabía entonces lo que Vila-Matas proponía.

En esa primera parte de la novela, me había conmovido el desamparo del hijo frente al padre; el adjetivo repetido una y otra vez: ágrafo, sonaba con tanta dureza en boca de ese padre que parecía pensar más, no que su hijo fuera incapaz de escribir, sino que no sabía hacerlo. En ese primer encuentro con la novela, me preguntaba quién de los dos realmente sufría el mal de Montano, ¿Quién del mal de escribir, como decía Marguerite Duras? (p.27).

Al avanzar con la lectura, sin embargo, fue cuando abandoné esa primera crónica. La novela iba por otro lado, debía seguir leyendo. Leer y no interrumpir; no tanto para llegar a un final –que como dijo Unamuno, cita Vila-Matas, el lector que busca novelas acabadas no merece ser mi lector– sino para no apresurarme; controlar un poco este ya feo vicio que se me ha dado de ponerme a discurrir antes que el escritor finalice de hablar.

 

 

II

 

Soy porque recuerdo, soy aquel a quien la memoria le ha ayudado siempre evitándole caer en una angustia total (p.249).

 

 

El mar ha quedado allí, del otro lado de la cerca. Puedo oírlo y la tentación de correr hacia él es grande, pero ya me he puesto el mono de trabajo. Más tarde, le digo, un poco más tarde.

Finalicé la novela y son tantas las cuestiones que fueron surgiendo que estoy tentada de hacer una enumeración por las múltiples asociaciones que fue disparando la lectura. Empezaría tal vez por Valparaíso y el escenario del Pacífico.

El narrador llega a Chile y remarca un instante que se repetirá luego durante la novela, como la insistencia morosa de los versos que canta Joao Gilberto. De inmediato recordé mi crónica[2] escrita muy cerca del Hotel Brighton, sobre la pérdida, y la cita de Cesar Aira que dio consuelo a esa escritura: lo que pasó fue que en cierto momento de la redacción, ésta se apoderó de mí como yo pensaba apoderarme de ella, y me condujo al campo de la literatura.

También escribí y lo traigo a este presente, sobre todo porque está tan en relación a la novela de Vila-Matas (el texto de la pérdida es del 2018) y por la mención de Bioy Casares:

Me preguntaba por el despojo o por esa sensación que nos queda entre las manos cuando algo se pierde para siempre; es solo más tarde que reparamos en aquellas otras cosas que también se han perdido. Entonces la memoria, obstinada, testaruda, se detiene en ese segundo, en el instante en que todo ha ocurrido. Lo que podía no haber sido y sucedió. La duda y el tiempo que quisiéramos se detenga y nos lleve otra vez a esa suspensión en que todo podría haberse sido evitado. (el peso del destino, como escribió Bioy). […] Así fue, digo, aunque la memoria puje por volver a cada detalle, agotada en la visión de la película, deteniendo avanzando y retrocediendo los cuadros para regresar al inicio y rodar la escena hasta el final, reclamando, como si eso fuera posible, las pocas cosas de ese algo que no quería dejar ir.

Y finalmente la irrupción del poema:

 

Si de la vida

se trata

lo que lleva

la oscuridad

su cara, recuerdo brumoso

que me deja

esta tarde con

las manos vacías

Si de la vida

se trata

lo que me trae

la oscuridad

su alma, desazón del cuerpo

esta intemperie

que se cobija frágil

en tan pocas palabras.

Tan en consonancia con lo que escribe Vila-Matas: Precisamente porque la literatura nos permite comprender la vida, nos deja fuera de ella. Es duro, pero a veces es lo mejor que puede pasarnos. (p.262)

 

Seguiría quizás con la lectura que volví a hacer de “Funes el memorioso”, el cuento de Borges. El narrador del Mal de Montano quiere ser la memoria de la literatura frente a un mundo que se desvanece: […] acabé volviendo a mirar a la bahía y al horizonte e imaginando que en el filo mismo de ese horizonte se veían unas nubes difusas que anunciaban una dura tormenta y, con la llegada de ésta, el fin de los libros, el triunfo de lo no literario y de los escritores falsos. (p.47)

Una memoria diferente es la que sufre Funes anclado a ella tanto como a la cama donde luego morirá; es más bien, la que se lee en el otro cuento de Borges: “La memoria de Shakespeare”: A medida que transcurren los años, todo hombre está obligado a sobrellevar la creciente carga de su memoria.

 

Las referencias a Claudio Magris. Hace muchos años leí Danubio. Llevé el libro cuando viajé a Budapest. Lo leí una y otra vez acodada en ambas orillas: la de Buda y la de Pest. Recuerdo que, en ese viaje, estaba completamente sola, casi no comí; era verano y me alimenté prácticamente de helados cuando descubrí la excelencia de las heladerías húngaras. Ya había leído Danubio antes de viajar, sin saber que algún día tendría la posibilidad de estar junto al río para comparar con los subrayados y las marcas que me habían conmovido tanto. Extraño hoy el libro, aquí en Imbassaí. Lo extrañé mientras leía la novela de Vila-Matas. La distancia no me permitió el reecontrarme con sus hojas gastadas y eso me trajo mucha melancolía: Melancolía aquí en Faial, pensando en aquellos días sencillos en el espacio. (p.78).

 

Pasa un pájaro», me dijo. «Lo sigo. Eso me permite ir a donde quiera en la narración (p.143), cita Vila-Matas a Jean Echenoz, novelista francés; por supuesto, me trajo el recuerdo de mi propio pájaro.

 

Fui descubriendo también que como dice Nabokov (citado por el narrador): ficción es ficción y calificar de real un relato es un insulto al arte y la verdad, todo gran escritor es un gran embaucador. (p.190). Por eso, más allá de las asociaciones que me iba procurando el recorrido de la novela, me he detenido en esto de la enfermedad de la que habla Vila-Matas. Mal, dolencia, padecimiento, pero también afección. Quien narra se encuentra afectado por la literatura. Y la afección así como se vincula con la falta de salud también me habla de cariño, de amor.

No conocerse nunca o sólo un poco y ser un parásito de otros escritores para acabar teniendo una brizna de literatura propia. Se diría que éste fue mi programa de futuro desde que empezara a escribir copiando a Cernuda. (p.101) escribe el narrador y toda negación en Vila-Matas, como creí entrever en el título de Paris no se acaba nunca, funciona por el contrario. Quizás por eso se auto declara “un gran embaucador”.

 

Voy finalizando la crónica, por lo menos en este hoy donde intento dibujar un punto.

Me he apuntado leer a Kafka, a Gombrowicz, Emily Dickinson, Pavese, entre tantos otros; como, y estoy hablando de tener otra vida, dedicarme a la lectura de los diarios personales. También en algún momento de los míos, que son varios, escritos en la adolescencia, no por su valor literario sino porque por allí reside mi memoria literaria.

¿Tendré tiempo? No lo sé, en el mientras tanto lo voy intentando.

Quizás no ahora, de inmediato, en que vuelvo a dejar el mono de trabajo para sumergirme en el mar.

 

 

Agrego unos versos, para no perderlos en el misterioso mundo de lo virtual, que encontré al investigar sobre los famosos relojes que giran en contrario en el British Bar de Lisboa, mencionado en la novela. El poema pertenece a Jesús Jiménez Domínguez, poeta español, zaragozano, contemporáneo. Tiene algo o mucho de Oliverio Girondo, o por lo menos así me pareció a mí.

 

LOS RELOJES DEL BRITISH BAR DE LISBOA

En el British Bar los relojes giran al contrario
y Lisboa entera se sumerge como un nadador
que se aventurara de noche contra la corriente.
En el British Bar un exceso de alcohol y de tristeza
(ese clima mustio que aquí todo lo esponja o amortaja)
rebobina la sangre en las venas y al final, algo mareado,
pides la cuenta como quien pone cercas a la sed.
Y ves al camarero acudir y encallar en sus saudades
porque no le cuadran los números de la fatalidad:
El tiempo se le enreda sin remedio entre los dedos.

Y sales, salgo del British Bar como de una magia
y me hallo de repente en una calle desconocida
con cincuenta, cien años menos y el mundo cambiado
lo mismo que cambian los ojos de quien ve pasar un río.
Los tranvías retroceden a un pasado lento de calesas,
los plataneros menguan hasta ser semillas o sílabas de luz,
la lluvia se levanta de los charcos para caer hacia arriba
y los besos vuelven a sus bocas, y los poemas al silencio,
como al principio del mundo antes de ser mundo.

Y vuelvo sobre mis pasos hasta el barrio de Alfama
con las ropas holgadas como adjetivos excesivos.
Por el camino corro y pierdo los zapatos, me tropiezo.
Entro en la casa recóndita y al fondo del tiempo,
sobre los azulejos arruinados de otra época,
están los relojes ardiendo, el humo volviendo sobre la llama
y mi madre destejiendo los puntos de nuestras vidas
para decirme en un portugués desdentado de 1755:
“Agárrate, hijo mío, a las asas de la mañana;

ahora vamos a entrar en el terremoto”.

 

[1] Vila-Matas, Enrique. El mal de Montano (Spanish Edition) Grupo Planeta. Edición de Kindle. Todas las referencias corresponden a esta edición.

[2] https://www.mariaclaudiaotsubo.com/desde-la-perdida-y-aira/

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