Enrique Vila-Matas: París no se acaba nunca, tan feliz que ni me enteraba

La realidad es un complot

 

A medida que leía París no se acaba nunca, tan feliz que ni me enteraba, fui tomando notas, copiando algunas líneas, rescatando las referencias a otros escritores, pintores, a pensadores y contemporáneos del narrador, o a músicos como Van Morrison; infinidad de nombres que habitan la novela como personajes de ficción o no, que de eso trata este libro que tiene tanto de autobiografía como de ficción y de ensayo.

Una conferencia da origen a la escritura del texto, en principio así lo explicita el autor, (¿Soy conferencia o novela? ¿Soy?, p.16)[1], dividida en tres charlas consecutivas, sobre la ironía.

Es la primera vez que leo a Vila-Matas.

Con pudor, lo confieso, por la talla de este escritor y por la magnitud de su obra.

Recuerdo entonces el sentimiento primero frente a la desmesura ficcional de Bioy Casares, un océano infinito que me conectó con tantas orillas, con tierras desconocidas, con un viaje inesperado.

Este texto en particular, y es el primero que abordo repito, me conduce hacia una travesía similar.

El narrador habita, y me invita a habitar mientras leo, un París muy especial; menciona esquinas que he podido conocer o barrios que he caminado, sin la suerte, sin embargo, de cruzarme con Roland Barthes o Paloma Picasso. Tampoco viví en una buhardilla, ni se acercó para hablarme en su francés superior Marguerite Duras. A lo sumo alquilé un departamento en Le Marais, cuya dueña, artista, era curadora del Louvre, lo que hizo que me sintiera por unos días un poco parisina.

De qué trata el texto, se lee en el Prólogo:

Es un fragmento de la novela de mi vida en el que todo es verdad porque todo está inventado. Y es que, como se dice en el libro, un relato autobiográfico es una ficción entre muchas posibles.(p.7)

Así está planteado el desafío, entregarse al relato sin especulaciones.

De algún modo, la realidad es hoy también la combinación de espejismos, que se quiebran o brillan de acuerdo a cómo ellos se les cante. Y hoy estoy aquí, escribiendo frente al mar de Imbassaí, desdoblada por esa parte de mí que quedó allí en la ciudad a la que regresaré en algún momento.

¿Es este también un fragmento de la novela de mi vida en el que todo es verdad porque está inventado?

Entonces no habría extensión de playa y mar azul, y mi computadora estaría abierta hacia otro paisaje.

¿Cuál es la mesa que hoy sostiene la escritura?

Si cerrara los ojos ahora y lograra acallar por un momento, sobre todo eso, el susurro de las olas, podría encontrarme frente a la ventana donde alguna vez se posó aquel pájaro y donde no han dejado, con seguridad de amontonarse revoltosas las verdes cotorras.

No lo sé. La realidad hace con nuestra vida lo que se le canta, ya lo dije.

Pero regreso a la novela.

Y me detengo en el título. Como ocurre en la novela argentina Los galgos, los galgos, de Sara Gallardo, omitir el título completo es no reparar en la importancia que tiene para la autora, en todo el texto, esa repetición.

En Vila-Matas, incorporar el subtítulo posibilita detenerse en la negación reiterada (no, nunca, ni me enteraba) que deja al desnudo París y feliz.

Ambas palabras se repiten durante toda la novela: París no se acaba nunca aparece una y otra vez, como el ascenso y descenso involuntario de la respiración o como la pausa en una composición musical. En esa línea escrita, de cinco palabras, Vila-Matas se repliega para volver a pensarse, para encontrarse en la hondura de lo que va narrando, similar al movimiento que podría hacer la mano deslizándose sobre el pecho buscando el refugio del corazón. Allí está el latido, no lo debo olvidar, parece decir.

Mientras que el ser feliz, y en París, forma parte del discurso sobre la ironía y es la cifra del diálogo que durante todo el texto Vila-Matas mantendrá con Ernest Hemingway. No lo menciona en el Prólogo y, sin embargo, el escritor admirado ya comienza a estar ahí en esa parodia de “que me parezco a él aunque todos me digan lo contrario”. Por eso, ya en el inicio del texto y durante todo el relato no dejará de referirse a él, con humor y con ironía.

La parodia.

No sé porqué misterioso vericueto ha llegado y ha conseguido sumarse a mi mesa Fontanarrosa. Me refiero al querido rosarino, dibujante entre otros de Inodoro Pereyra.

Quizás porque en sus caricaturas, pero en especial en sus cuentos, no solo hay humor, también hay intertextualidad, y ahí se afirma la parodia en una suerte de celebración u homenaje.

Desde el inicio, desde el mismo título de la novela que he leído, se planta en este recurso.

Desde el inicio Vila-Matas finge que finge, con disimulo, como bien se despliega el arte de la ironía, echando sobre la realidad además el manto de humor que ella demanda para que nos sea accesible.

Pienso también enseguida en los cuentos de Bustos Domecq, o en otros escritores. Vienen algunos nombres a mi cabeza, pero intuyo el desvío y quiero finalizar esta suerte de crónica.

Los que llegan a esta mesa van repitiendo lo mismo: leer, leer y leer.

En la parodia, la cita es repetición, diferencia y trasvestimiento, me escribe Roberto Ferro, lector fiel de estas escrituras.

Hay un desplazarse en el gesto primero de la detención y luego en el de la proyección sobre la hoja, en el caso de quien la escribe. Para quien lee, en este caso yo que leo a Vila-Matas y quien, sin embargo hora escribo, el ejercicio es similar y opera por el reconocimiento de la parodia que solo es posible por la lectura previa.

Los que llegan a esta mesa van repitiendo lo mismo: leer, leer y leer.

Estaba en estas disquisiciones sobre este procedimiento, cuando llega el correo de un amigo contándome –luego de haber transitado el mal trago–, sus cuitas con la tecnología. Me explayo tanto sobre estas miserias, me escribe con sutil ironía para explicar el desamparo en que ha quedado por la “muerte” de su computadora: los archivos de años, los trabajos que creyó perdidos. Es cierto que hoy algunas herramientas, como el espacio virtual, permiten recuperar casi todo; una ilusión cuando nos percatamos del resto extraviado, esa hoja que, de pronto, advertimos, ya no existe más.

Influenciada por el texto que estaba leyendo, le contesté, sin ánimo de minimizar su tragedia y habilitada por la propia escritura de su correo: “Vila-Matas escribe que estando en el Cafe de Flore, en esos tiempos de su juventud en que sí o sí había que estar en ese lugar para ser alguien, le pregunta a Martine Simonet (un amor imposible para él) qué era lo que encontraba más irresistible para reír a carcajadas. «La piel de los plátanos», dijo, «la gente que resbala y se rompe las narices. Soy muy clásica»”.

Quizás se trata de eso, pensé luego; de ese primer impulso que es reírnos de nosotros mismos, de nuestras miserias, como hace mi amigo, como lo hace el autor de la novela.

 

Como ya escribí, he tomado notas a las que, en algún momento, regresaré.

Quizás porque me resulta más sencilla la música, si dejé que me acompañara de inmediato Van Morrison.

Entonces llegué a Clara, mencionada por el narrador, sentada en las primera fila de la audiencia que asiste a la conferencia. La mujer que, ofendida por haber sido aludida por el disertante, se levanta y abandona el salón.

Me hubiera gustado ser esa mujer, le digo a Vila-Matas. Me hubiera gustado escucharle decir que me parezco a una de las enfermeras de las que se enamora Hemingway –porque hay algo del capitán Morrís enamorado de Idibal, en “La trama celeste”–; en definitiva, me hubiera gustado haber sido objeto de su ironía, aunque después agregara: Desde luego usted, la que no se llama Clara, es la mujer nueva de esta conferencia, de eso no tengo la menor duda, como tampoco la tengo de que París no se acaba nunca, p.144).

Finalizo con unas líneas que el narrador cita de Marguerite Duras: «No sé si me da miedo la muerte, no sé casi nada desde que llegué al mar.», para hacerlas suyas y entonces agregar a continuación: O tal vez porque lo que más me aterra de la idea de la muerte eterna es no poder volver a ver el mar, las olas rompiendo en invierno en las playas desiertas.(p.158)

Como es el no poder volver a ese París, o a la eternidad que alguna vez creí me pertenecía; a la vida, que pensé no se acabaría nunca; a esa certeza de haber sido, a pesar de todo, por un instante fugaz, feliz, muy feliz.

 

 

[1] Vila-Matas, Enrique. París no se acaba nunca (Biblioteca Breve) (Spanish Edition) Grupo Planeta. Edición de Kindle. Todas las referencias corresponderán a esta edición.

 

 

 

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