Norah Lange, a la deriva

Inicio de un nuevo viaje

A la deriva

 

Leer a Norah Lange es como asistir a una película de Fred Astaire; a medida que voy sucumbiendo a la magia de su baile, arriba calladamente hasta tomarme por completo la melancolía.

Quizás este desasosiego se deba a la lectura de la novela 45 días y 30 marineros, una edición de Interzona, prologada por Jorge Luis Borges, que me ha acercado algunas fotos de la escritora junto a Federico García Lorca, César Tiempo, Emilio Petorutti, Oliverio Girondo, Pablo Neruda, entre otros. Las imágenes en blanco y negro evocan de inmediato un tiempo que hoy, atravesando este presente incierto, no hacen más que cubrirme de nostalgia.

También, quizás porque finalicé la novela frente al mar, y mientras se desata sin aviso el temprano atardecer del nordeste brasilero, la casa, hasta ayer colmada de brinquedos y Little Ponys, se ha acallado en ordenado silencio.

O tal vez, tuvo que ver un llamado que, desde la distancia, me confrontó con la certeza de la pérdida y de lo irreparable.

Lo cierto es que la lectura es una acción atravesada siempre por las circunstancias del momento, al igual que la escritura. ¿Cómo es posible, solía preguntarme, que alguien eluda esa emoción por no enfrentarse con la pesadumbre que sobreviene un día, una noche, en que las cosas adquieren mayor hondura, en que uno se siente más bueno, más solitario…?, escribió Norah Lange en Cuadernos de infancia.

Por eso enfrenté las líneas de la hojas mecidas por la brisa que va desordenando las letras, incluso las atrapadas en la pantalla de la computadora; a ellas también las alcanza esta maresía deslumbrante, insistente y corrosiva, que ha alimentado mis últimos meses.

Siempre se escribe a la intemperie. No hay resguardo al momento de deslizar los dedos por el papel o al insistir sobre el teclado. Solo, por algunos instantes, se tiene la ilusión de que es la mano quien guía el trazo, solo por unos instantes antes de que llegue la zozobra frente al abismo.

Mientras tanto, febrero ha comenzado y va transcurriendo morosamente, sin fiestas ni estruendos de Carnaval, con saudades. Febrero es el mes del capullo, de la espera. Lo he sabido no hace mucho, y saberlo ha sido un consuelo; algo así como la respuesta frente a los círculos de piedra o al deseo dormido por el cuerpo ocupado en otros menesteres.

Siguen días desarreglados de horarios y actitudes, dice la protagonista de la novela, incapaz de hacer algo con su alma, que como el barco, se mece a la deriva.

La noche le alcanza un cielo, atareado de estrellas y un horizonte poblado de mástiles cercanos, leo más adelante. Y me pierdo en esa imagen nocturna que, como el mar que me enfrenta al alzar la mirada, que hoy es la única certeza.

 

 

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María Claudia Otsubo