HISTORIA PRODIGIOSA – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

Día 49 de la cuarentena. No llevo el conteo pero hoy he reparado en ello y la cifra me ha provocado desasosiego y, al mismo tiempo, la necesidad de recurrir a la escritura para exorcizar la pena.

Quinta etapa del viaje: «Historia prodigiosa», el libro de cuentos publicado en 1956.

Antes de comenzar con la lectura, transcribo algunas líneas:

No se trata de lo sobrenatural infiltrándose solapadamente en la realidad cotidiana, sino de la incursión del personaje en un ámbito insospechado, diferente de lo habitual, que coexiste con la realidad conocida, como dos mundos paralelos, ajenos, mutuamente indiferentes, incontaminados, pero secretamente comunicados. En vez de irrupción de lo inexplicable en el sereno mundo de todos los días, la salida del personaje se aventura por ámbitos misteriosos”. (en www.cervantesvirtual.com).

Una vez leído esto, cerré la computadora. Solo ante mí el libro, y una hoja de papel y un lápiz a un costado para ir tomando notas. Como ya me tiene acostumbrada Bioy, los vínculos con su universo  literario, comenzaron a volcarse de inmediato en las notas paralelas. Y recordé entonces un curso, varios años atrás. El eje central de los encuentros era la lectura de Borges, sin embargo cada reunión nos iba llevando hacia otros escritores de la biblioteca de Borges, hacia las cuestiones filosóficas o religiosas que le interesaban, con las que dialogaba;  en definitiva, nos introducía en su vasta biblioteca que el mismo Borges ponía a nuestra disposición en cada narración o ensayo, en cada poema. Una tarea interminable que mantuvimos, sin agotar, durante cinco años.

Esto mismo sucede en este viaje emprendido con Bioy. No es un recorrido lineal, tiene bifurcaciones, que no demoran ni desvían;  caminos optativos que enriquecen mi andar; que invitan, que animan al zigzag para luego regresar al paso original con la mirada recargada de nuevos paisajes.

El primer cuento que inicia el volumen es “Historia prodigiosa”, un relato extenso, que invoca —y qué bien este fallido de mis dedos al escribir «invocación»—, con ironía (Chesterton) una pseudo-moral. “La historia moral que estoy contando”, anticipa el narrador. Los acontecimientos que se van a contar son “portentosos y terribles”. Lo prodigioso, si nos atenemos al diccionario, refiere a lo “maravilloso, extraordinario”. Un prodigio es un “suceso extraño, que excede los límites regulares de la naturaleza”; una tercera acepción lo vincula a “milagro”.

Con todas estos elementos desparramados sobre la mesa, Bioy arma la historia prodigiosa. Quien cuenta, el protagonista, se adentra en el ámbito misterioso  de la divinidad y del maligno.

Los hechos ocurren en un campo de las afueras de Buenos Aires, y ese contraste entre lo extraño y lo cotidiano le imprime al texto una mayor fuerza. He asociado la cuestión del fantástico con Cortázar, tratando de dilucidar la diferencia: considero que mientras en JC lo fantástico me sobrecoge por la cercanía y por la sorpresa; en el caso de ABC, son los mismos protagonistas los que buscan y se adentran en lo que no se puede entender, y como lector asisto con pavor a ese tránsito irremediable.

En este relato también se pone de manifiesto, la cuestión femenina, clave en la obra de Bioy, condensado en el personaje de Olivia, diosa inalcanzable, vanidosa, que cuando debe elegir un disfraz para un baile de «máscaras» se  convierte en “hawaiana, esclava, apache y midinette” .

Varias veces detuve la lectura, sopesando lo escrito: “mi culpa, mi grandísima culpa…” y otros vínculos religiosos similares; o reparando en el uso del adjetivo “prodigiosa” para referirse a la hinchazón de la pierna de Olivia, luego de haber asistido a misa; o ante la “máscara”, temática que atraviesa la escritura de Bioy para indagar sobre la identidad.

Continuo, con algunas pausas confieso, ya que es muy difícil pasar de un relato a otro sin un intervalo . Como quien asiste a una obra de teatro, y es recién en la vereda y entre las conversaciones triviales donde siente que puede abandonar la experiencia vivida, preciso de un tiempo vacío, luego del punto final, para escapar de la atmósfera del cuento recién leído.

Leo “Clave para un amor”.  La trama se desarrolla en un hotel —diez años antes, Bioy y Silvina Ocampo habían escrito juntos la novela Los que aman, odian (publicada en 1946—. Nuevamente se repite aquí la atmósfera de encierro: los huéspedes bloqueados por la nieve en este cuento; por la arena en la novela; resurge el enigma: no poder precisar lo que está ocurriendo; se produce una muerte y la sospecha. Todo es similar, aunque en este caso, el relato se aparta de lo policial. Lo sucedido se debe a una causa sobrenatural que envuelve a los huéspedes en un universo de ensoñación . Las referencias al dios Baco y las fiestas en su honor, “las liberalia”, le permiten a Bioy construir una historia, de la cual, el narrador es testigo, o solo puede dar fe: “Así cumplo con mi deber en la vida, que según parece, es el de contar cuentos”.

Cuando comienzo “La sierva ajena”,  no puedo dejar de leer la primera línea sin estar atravesada por el presente: “En alguna parte leí que un apretado tejido de infortunios labra la historia de los hombres, desde la primera aurora. A mí me agradara suponer que hubo períodos tranquilos y que por un inapelable golpe de azar me toca vivir el momento, confuso, épico, de la culminación”. El cuento es tremendo, y me gusta esta palabra elegida porque encierra toda la fuerza de lo aterrador o espantoso. Dos historias (cuento enmarcado) la de Rafael Urbina y su relación con Flora Larquier: Urbina por momentos tan parecido a Emilio Gauna y Flora que reúne lo misterioso e inasible, característica de sus personajes femeninos.  “Tuvo un instantáneo pavor; le pareció que el pecho se le rompía de angustia”. Urbina va llegando lentamente a este hondo sentimiento, cada vez más reducido, casi convertido en el hombrecito que cuida su amada.

“De los dos lados”  es un cuento fantástico en el que una niña —tan similar a alguna de las niñas de los cuentos de Silvina Ocampo— oficia de instrumento para poner en contacto dos mundos. Dos mundos paralelos que se confunden en los límites del amor; del mismo modo que es confuso el modo con el que se llama, sin distinción de nombre,  a un hombre y a un gato. La niña Carlota, a diferencia de «Alicia», rehusa introducirse en ese otro mundo y el relato finaliza, contrario a como se enuncia en las últimas líneas, desapaciblemente.

Por fin le llega el turno a “Homenaje a Francisco Almeyra”,  un cuento publicado dos años antes en la revista Sur que refiere a la antinomia unitarios–federales. Destaco una hermosa línea que imagino acápite para otra historia: “La única obra es la futura, pensó, todo lo demás son equivocaciones de los que enmendaremos” y leo fascinada la historia. Bioy escribe este relato como un homenaje al joven poeta argentino, radicado en el Uruguay que, por distintas circunstancias, se verá inmerso en la violenta historia política de su país. Al cuento lo precede un verso de un poema sajón que no pude dejar de traducir y vincular con los tiempos que corren: “aquello ocurrió, esto también pasará”. Los círculos se repiten en la historia, parece querer contar Bioy. El tema es cómo salir de ellos; qué le corresponde a mi estar en el mundo y qué al destino, pienso por mi parte, mientras paso al relato siguiente.

El último cuento “Las vísperas de Fausto” es un relato breve que retoma el tema de la circularidad, de la repetición y esta bellísima reflexión: “Si nada podía modificar el pasado, esa infinita llanura que se prolongaba del otro lado de su nacimiento era inalcanzable para él”. El cuento se inicia con Fausto leyendo la Memorabilia de Jenofonte, en junio de 1540, pronto expirará el plazo en el que deba entregar el alma al Diablo y la tentación de huir, de escapar para que ello no ocurra; y el salto al futuro, un coche ilumina con sus faros la ventana. La incertidumbre ¿es que el tiempo ha transcurrido o vivimos en una noche eterna?

Cierro la crónica con la intención de quien la lea sienta la urgente necesidad de asistir a la magia de estos cuentos. Ese es el único interés.

Mientras tanto, todo se ha detenido, nos hemos quedado sin el afuera.

Y en el adentro solo queda espacio para la lectura.

Por eso persevero en esta ruta de viaje, como quien insiste en el mismo trazo del pincel sobre la tela, como quien busca la melodía en un piano, siguiendo el pulso de la creación; o como señala Bioy: “con el inocente agrado que proporciona, en este mundo de medianías, descubrir algo extremo en su género”.

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