HISTORIAS DESAFORADAS – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

Dice Bioy en la conversación con Noemi Ulla:

Se llama “Historia desaforada” porque en ella hay un gigante. Un día había estado pensando que se podía tomar la definición de la inteligencia de Bergson, para aplicar a un cuento: “La inteligencia es el arte de saber salir de situaciones difíciles” y transformarla en la idea de que la inteligencia, en situaciones completamente herméticas, encuentra un agujerito por donde escapar. Pensé que aplicación podía tener para una ficción, y se me presentó una situación sin salida, como podría ser la vejez.[1]

Más adelante, la conversación continúa: Necesito inventar historias con algo desaforado[…]parece que no corresponde de ningún modo a mi estilo literario. Nadie ve nada desaforado, y hasta desean algo un poco desaforado, como si yo fuera un autor muy contenido y muy urbano[…]. Estas son las historias de siempre de Adolfo Bioy Casares

Cito a mi compañero de ruta para reseñar esta etapa del viaje que corresponde a la lectura de Historias desaforadas, publicado en 1986.

Nos hemos sentado a descansar. La tarde desnuda con insolencia el calor del día, inusual para el mes de agosto tanto que –y la confusión que provoca la cuarentena así lo amerita– podría pensarse que en vez de en el principio, estoy a finales del mes y por las copas de los árboles sobrevuela el veranillo de San Juan.

Lo escucho a Bioy conversando con Noemí, después de leerlo en los relatos y encuentro en el como podría ser la vejez, la condensación de los primeros cuentos de este libro. De eso tratan, pensaba, aún sin saberlo por su confesión.

Hago cuentas, no las mías porque aún conservo el prurito de que la edad no se revela. Bioy es del 14, así que tiene ya 72 años.

Mucho se ha dicho y escrito sobre la “vejez” en estos días, a raíz de las restricciones como consecuencia del COVID. En muchos de esos artículos se ha citado Diario de la guerra del cerdo. Más allá de la actual coyuntura, que ha llevado a que una querida actriz  proclame: ¿Por qué no nos fusilan después de los 70 en orden alfabético?, la vejez es todo un tema; lejano e impensado para los jóvenes; realidad cotidiana para quienes comienzan a vivir en carne propia el deterioro de la piel, del cuerpo.

La vida se ha extendido, mucho. El mismo Bioy superó significativamente la media de los hombres de un siglo atrás. ¿Se ha extendido del mismo modo la calidad de esa prolongada vida? En algunos lugares sí; en otros, lamentablemente no. Hay varios estudios al respecto, y se han detectado regiones concretas de nuestro planeta donde se pueden encontrar las personas más longevas, muchas superan los cien años de edad. Se las llama las “las zonas azules”, The blue zones. Ocurre en Cerdeña, Italia; en la isla de Okinawa, Japón; en Loma Linda, California–EE.UU. ; en la provincia de Nicoya, Costa Rica; y en Icaria, una isla de Grecia.

Diversos factores se combinan en esos lugares. Como consecuencia la gente allí vive no solo mejor, también muchos años. Es lo que busca Oliden, el personaje de “El relojero de Fausto” que por todos los medios expresa que alguna vez encontraría a un médico que atrasara mi reloj biológico y me alargara la vida. Oliden, procurando que la vida no se le escurra entre los dedos, firma un convenio primero con un Fausto de “utilería”, también podríamos decirle “trucho”; luego con un médico charlatán; por último, con la mujer de la que está enamorado (el héroe y la heroína) que también se decide a ayudarlo. Porque si hay algo que sabe el protagonista es que la vida vale la pena vivirla hasta el final: Yo, por mí, no me voy del cine hasta que la película acabe.

Porque la vejez puede ser un castigo y no tener cabida en una sociedad. Como sucede en una imaginaria Argentina, cuando se logra erradicar todas las enfermedades y por lo tanto prolongar la juventud. Ese avance es lo que provoca el exilio del maduro profesor en “Planes para una fuga a Carmelo”. Perseguido como en Diario…, debe huir al Uruguay (en ese país, también imaginario, se consiguió suprimir la muerte y por lo tanto tienen cabida los viejos), a costa de perder a la joven Valeria y el hermoso y desgarrador adios: Dígale, que para mí era lo mejor de mi vida.

Prolongar la juventud es el experimento fallido del profesor Haeckel en “Historia desaforada”. Las palabras de Buey, el paciente que sufre las consecuencias de la particular terapia, son las que Bioy confiesa a Ulla como motor de su relato: El Buey me dijo que una situación sin salida era la vejez. Buey (¿Bioy?) comienza a crecer “desaforadamente” por culpa del tratamiento convirtiéndose en un gigante que buscará vengarse de su suerte, convirtiendo el relato fantástico en uno de suspenso: Esos pasos, que no quiero oír, se acercan. Se abre la puerta. Apago el grabador.

En los cuentos restantes del libro ya no aparece como central el tema de la vejez. Bioy simplemente sigue contando historias. Él prefiere ese término al de ficción. Se lo explica así a Ulla:

Ficción es una palabra más precisa, da la idea de algo más técnico, y por eso mismo tiene un poquito de pedantería. Historia es una palabra completamente aceptada y doméstica, por eso la prefiero […] Creo que mi tarea literaria consiste en: invención, narración y comentario. Eso es todo lo que yo hago, y me encantan las narraciones.

 De esas historias, rescato “Máscaras venecianas”, quizás porque ella condensa mucho de lo que vengo conversando con Bioy en otro trabajo paralelo a estas reseñas. Transcribo de mi propio otra escritura (los subrayados no están en el trabajo original).

El personaje femenino de este cuento reúne muchas de las características de otros relatos anteriores. ¿Cómo es Daniela? No hay descripciones, pero podemos recrearla por lo que el protagonista-narrador nos va relatando de ella: bióloga, decidida, confiada de sí misma, seguramente muy hermosa… la vida sin ella no era imaginable.

Daniela ha estudiado con dos eminencias del campo de la biología, y trabaja con uno de ellos en un experimento denominado: carbónico, vinculado con la clonación de personas. Por su parte el protagonista padece una “extraña enfermedad”, que tiene tratamiento, pero no cura: Yo era un hombre sano, ahora soy otro.

Esta situación provocará la ruptura de la pareja, sin discusiones porque como dice Daniela: Qué cansadora esa gente aficionada a las peleas y las reconciliaciones.

La aparición del tercer personaje –el amigo, Massey: personas que lo consultan profesionalmente (es abogado) lo elogian por decir lo que piensa…– para la conformación del trío amoroso; la puesta en escena: Venecia, durante el Carnaval. Un viaje; la necesidad imperiosa de dormir y los sueños, que alteran la realidad; la confusión por las fiestas de carnaval: dominó, arlequines y otras máscaras; el ir y venir por las calles la ciudad. El relato desde el inicio pendiente de la mujer que aún sigue amando, centrado luego en la búsqueda en Venecia, la identidad camuflada tras la máscara. En el final, la mujer que ha logrado clonarse a sí mismo para, en definitiva, escapándole a la tríada, no estar con ninguno de los dos hombres.

El relato concentra la imposibilidad y el desconcierto por no saber en realidad quién es Daniela, presente desde el inicio de este recorrido por los textos de Bioy.

El viaje iniciado hace ya algunos meses podría condensarse en los subrayados:

La mujer – la belleza – el tema del doble – la enfermedad como impedimento – el trío amoroso – los escenarios – el sueño como otra instancia de la realidad – la confusión – la identidad y su búsqueda (la máscara) – la imposibilidad.

Sobre esta búsqueda, señala Bioy, e insisto en citarlo porque encuentro ahí las respuestas auténticas: La única obsesión que he tenido con dobles no es una obsesión literaria, es la de mi vida.

Continuo con los cuentos.

En  “El noúmeno” subyace el homenaje a Cancela (como ya mencioné en mi crónica sobre El héroe de las mujeres, en este mismo sitio). Se hace referencia a dos tangos “Cara sucia” y “Mi noche triste”, considerados como un homenaje al escritor nombrado. Contesta Bioy, en un juego de desdoblamiento con el otro: Es que puse a Cancela como si fuera yo mismo. También la referencia a la Crítica Pura de Kant, quien desarrolla el concepto de noúmeno, y que Bioy leyó muchos años antes de escribir este relato. Además el protagonista está leyendo La ciudad y las sierras, una novela de Queirós, que refleja su propia realidad. Por fin, el guiño con el texto de Borges al citar la máquina de pensar de Raimundo Lulio.

Disfruté la trilogía “Trío”. Luego, mientras escribo y busco las palabras que necesito para continuar, regreso a esos cuentos y encuentro que en el primero de la serie, “Johanna”, el narrador se pregunta justamente ¿a quién voy a divertir con esto?

En una entrevista que le realiza Jorge Urien Berri, en 1987 —y que se publica en 2009 y luego en el 2013 en La Nación, así lo describe: Fue mi primera entrevista con Adolfo Bioy Casares y me sorprendió que el entrevistado tuviera más miedo que el entrevistador. Aquella mañana de abril de 1987, el flaco y alto caballero de 72 años, ya un poco encorvado, me hizo sentir cómodo e inteligente en su enorme escritorio del quinto piso de Posadas y Schiaffino.

Durante toda la entrevista Bioy no deja de contestar con humor, aun hablando de la vejez y de la muerte. Cuando Urri le dice que se lo ve muy bien, contesta:

Eso dicen los que están afuera. Yo, que estoy adentro…Cuando me dicen que no me quitan lo bailado, yo digo, «pero sobre todo no me lo devuelven», que es lo único que me interesa…Haberlo bailado… [sonríe].

Por eso puede permitirse escribir sobre:

–Un mundo en el que se ha invertido el clima de los países, sorprendiendo y deprimiendo a un teniente coronel que termina con una casaca holgada, tal vez de lino, y con un sombrero de paja en unos cafetales de Tierra del Fuego.

–Un remedio para la calvicie que desata el ataque a las mujeres…fue detenido por atentar en plena calle contra una mujer no muy joven, que llevaba el ropaje tradicional, con velo y todo.

–Imaginar el límite del universo contenido en un cuarto desnudo, sin ventanas con las paredes descascaradas y mugosas, con el piso gris, de cemento, y experimentar que así puede ser en realidad ¿del otro lado del muro?

Por fin, el último cuento es un homenaje a Melville y la ballena transmutada en una rata asesina y el final sobrecogedor, que también es un modo de disfrute: Cuando entraron en el chalet y cerraron la puerta, oyeron un rumor inconfundible.

Se fue haciendo “la noche”. Algunas lucecitas marcan el camino invitándome a proseguir. Será mañana. Hoy permaneceré aquí al reparo de las estrellas en esta noche de luna llena, cálida e irreal para un agosto también diferente. Voy deteniendo las manos y el murmullo de los dedos, mientras tipeo la última respuesta de ese reportaje realizado en el 87.

—¿Escribir es vivir otras vidas?

—Es como tener otra vida, puede ser. Otra vida hecha con la misma vida. Agregamos cuartos a nuestra casa. A veces, a las casas de los demás. Alguna vez dije que para soportar la historia contemporánea lo mejor era escribirla. Con la vida tal vez pasa algo así. Quiero decir que si no tuviéramos el consuelo de comentarla, la vida sería más dura.

 

 

 

 

[1] Todas las referencias a Noemí Ulla se encuentran en el capítulo “Historias desaforadas”, pág.91 en adelante, en Ulla, Noemí, Aventuras de la imaginación. Conversaciones de Adolfo Bioy Casares con Noemí Ulla, Editorial Corregidor, Bs. As. 1990

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