UNA MUÑECA RUSA – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

Antes de comenzar la lectura, me he detenido en la fecha de publicación del libro, 1991.

En ese instante he sentido la presencia de Julio C., que confieso no me ha abandonado nunca en este viaje, mucho menos desde aquella primera intuición –porque solo después supe lo mucho que se había escrito sobre ambos– que describí en la crónica, publicada en este sitio, sobre el cuento “Historia prodigiosa”: Los hechos ocurren en un campo de las afueras de Buenos Aires, y ese contraste entre lo extraño y lo cotidiano le imprime al texto una mayor fuerza. He asociado la cuestión del fantástico con Cortázar, tratando de dilucidar la diferencia: considero que mientras en JC lo fantástico me sobrecoge por la cercanía y por la sorpresa; en el caso de ABC, son los mismos protagonistas los que buscan y se adentran en lo que no se puede entender, y como lector asisto con pavor a ese tránsito irremediable.[1]

Más adelante, continuando el viaje, supe más sobre el vínculo entre ambos autores; leí el cuento que Julio le dedica a ABC y también las entrevistas que se le hicieran a Bioy respecto a Cortázar. Entre ellas, destaco la entrañable conversación que tuvo con Noemí Ulla, texto al que no dejo de volver una y otra vez con deleite.

En ella, Bioy señala no haber conocido mucho a su contemporáneo, pero que siempre se entendieron muy bien; y narra la siguiente anécdota:

Una cosa rara que nos pasó una vez con Cortázar, es que los dos escribimos el mismo cuento. La historia ocurre en Montevideo, una persona está en un cuarto y en el cuarto de al lado hay dos amantes que están haciendo el amor. Los dos tuvimos la misma idea, escribimos los cuentos casi en los mismos años, y cuando nos enteramos, reaccionamos igual, nos sentimos contentísimos de haber coincidido.

Toda esta disgregación, o dejarme ir libremente por las asociaciones, parte de la línea inicial de mi crónica. Porque la fecha, 1991, me trajo una imagen que ya no pude eludir, la de un Bioy cercano a los ochenta años escribiendo, corrigiendo, pendiente de la publicación de este nuevo libro. Y esa semblanza me llevó a la del hombre que Julio describe en “Continuidad de los parques”.

Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte.

Ese hombre que en el atardecer entrevé la llegada de la mujer, luego del amante; y la muerte como la llegada de la noche trepando por el respaldar del sillón verde.

Bioy podría haber escrito un texto similar (y ambos, él y Julio lo hubieran vuelto a festejar). Con otro estilo Bioy Casares, seguramente. Quizás, aparecería una tercera voz que le contaría al narrador sobre el hombre dispuesto a la lectura, asediado por la sombras y la venganza. Quizás habría alguna descripción más detallada de la mujer; pero no mucho más y, en definitiva, mismo sería el enigma y misma la sorpresa.

 

II

Acabo de finalizar el volumen, el recorrido por los cuentos de Una muñeca rusa, y he reunido material más que suficiente para mi trabajo sobre las mujeres en la ficción de Bioy, disfrutando al mismo tiempo cada uno de los relatos.

Hemos caminado mucho, don Bioy —hoy le diría— y, sin embargo, no me canso de escucharlo. Y de admirar su ironía, además, podría agregar mientras me siento aquí, frente al teclado, a conversar.

Bioy seguramente me contestaría con brevedad, casi con timidez y asintiendo. Con los años, no sólo sus respuestas se fueron haciendo más concisas, cuidadosas; también su escritura se fue despojando de artilugios y fue más austera.

Encuentro en la red, un párrafo del libro Bioygrafía, escrito por Silvia Renée Arias,  publicado por Tusquets. Lo cito porque describe la relación entre el acto físico de escribir con el resultado de esa escritura:

Las finas hojas del cuaderno (ya no escribía a máquina porque le había provocado lumbago) lo inducían a escribir cada frase como si fuera definitiva. De pronto encontraba una que le parecía formalmente impecable, pero puesto que no traducía su pensamiento, debía hacer esfuerzos por renunciar a ella. De todos modos, lo más importante era que cuando escribía se alejaba de las desdichas; no contaba para él otra realidad que no fuera la de la invención; se iba “a otro mundo”.[2]

¿No es ese el estado al que nos lleva la creación? ¿Haber estado por un rato, en otro mundo?

Bioy además señala en la entrevista con Ulla:

Creo que escribir se parece bastante a cocinar. Las teorías solamente pueden aplicarse con felicidad por alguien que sabe un poco, cuando se dice “se pone tal cosa en cantidad suficiente” en una receta, uno pregunta “¿cuál es la cantidad suficiente” y le responden “¡Ah!, usted lo sabrá”[3]

En estos cuentos que acabo de finalizar, el cocinero maneja con soltura todos los ingredientes. No hay excesos, el sabor es el necesario, el justo. Aunque las manos que preparan las comidas son las mismas, ya le reconozco el toque. Por eso descubro algo de Faustine en la Flora de “Bajo el agua”:  divisé a una mujer sentada en los escalones que bajan al lago … la mujer era pelirroja; vestía ropa deportiva, holgada y blanca; tenía las manos cruzadas sobre la rodilla; era muy hermosa… No estaba seguro que me hubiera visto. En todo caso, en ningún momento miró hacia donde yo estaba.

Y están otra vez presentes las mujeres, como en “Una muñeca rusa”: Trae adentro muñecas iguales, de menor tamaño. Cuando una se rompe, quedan las otras. ¿Mujeres  distintas o en esencia iguales?, en “Nuestro viaje (Diario)”. O el desafío de los personajes masculinos, el dilema de los celos o la inseguridad frente a la amenaza del amor.

Aunque de pronto, el cocinero deslumbra con un plato especial, y así vivo la lectura de “Cantón”, o me conmuevo con “El navegante vuelve a su patria”.

Un ingrediente poco común, aparece una niña. Creo, sin temor a equivocarme, que la única niña fue Carlota en “De los dos lados”- Historia prodigiosa. Ambas, bien podrían ser personajes de Silvina O., sobrecogen.

Don Bioy se ha convertido en un excelente cocinero (él ya lo sabía, a esta altura de su vida), podría decirle en este día que ya finaliza y en este recorrido que también va acercándose a su destino.

Me sigue deslumbrando con sus historias fantásticas, con los giros sorpresivos. También con cierta melancolía que va despuntando cada vez un poco más, como el otoño, con lentitud inevitable. La he sentido en el último de los relatos, que forma parte de l trilogía: “Amor vencido” y en la línea final, que no solo cierra el cuento, también el libro: Me faltó ánimo para explicar.

 

 

 

[1] “Historia Prodigiosa” en www.mariaclaudiaotsubo.com

[2] https://medium.com/@info_JorgeP/h%C3%A1bitos-de-escritura-de-adolfo-bioy-casares

[3] Ulla Noemí, Aventuras de la imaginación. Conversaciones con ABC, Editorial Corregidor, Bs. As,1990, pág. 38.

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