La transparencia del tiempo, Leonardo Padura

(dedicada a Pablo)

 

…estaba viendo el tiempo a través de la transparencia de una gota de lluvia suspendida de una rama

 

5 de junio de 2021

Es sábado y ya se ha hecho de noche, aunque apenas son un poco más de las cinco y media, aquí en Imbassaí.

Inicio la crónica de la novela, finalizada hace unas horas, inmersa aún en la calidez que me ha proporcionado, una vez más, el encuentro con Mario Conde.

El rumor oscuro del mar me ayuda a imaginar que incluso estoy en La Habana, y la brisa húmeda, que ingresa constante por los ventanales abiertos de par en par, me permiten creer que es cierto, que hace apenas unos instantes nos despedimos con Conde en algún punto de la vieja muralla del malecón.

Este viaje a Cuba fue imprevisto y se hizo lugar entre Cortázar, Derrida, Faulkner, Blanchot y Norah Lange, entre otros; lecturas que sin ostentación de mi parte y sin establecer ninguna jerarquía, dentro de este aparente modo de leer ecléctico y desordenado, conversan entre sí y conmigo en estos días brasileros.

Un viaje imprevisto del que regreso con muy buenos recuerdos.

 

6 de junio de 2021

Hace más de mil quinientos años, Constantino decidió que el domingo, el día del venerable sol, fuera día de reposo. Una decisión que los bahianos respetan a rajatabla, argumentando además que, como el venerable sol –del cual tienen cabal certeza de su existencia durante la mayor parte del año– es más importante que ese tal Constantino, los días dedicados al dolce far niente pueden extenderse, casi como un deber ser y cada vez que es posible. Tal vez, y coincido con la mirada de Conde, porque por lo menos en esta región del país, la del nordeste, lo vital no pasa por el trabajo.

Entonces obedecí y reposé, entregándome sin culpas a un mar de olas furiosas que se entrechocaban entre sí; un mar desbocado, libre; un mar feliz.

Mientras el cuerpo descansaba, los pensamientos, no obstante, no lograban liberarse del influjo de la reciente visita a La Habana, y de la magia que provoca leer a Leonardo Padura.

No solo la historia es atrapante: una investigación policial en la que se ve involucrado Conde, ya retirado del oficio, pero siempre presente, de modo fortuito o voluntario, en estas cuestiones. También lo es por el modo en que Padura construye la novela: el registro de diario, o de crónicas que fechan cada capítulo con un día, mes y año.

De pronto, en ese irse del cuerpo con la brisa que provocaba la llegada de una ligera tormenta, en ese irse tras un incipiente arcoíris, que más tarde dibujaría un círculo perfecto en el horizonte, comenzaba a desplegarse en el cielo la novela leída, en toda su extensión, pero ya no para mostrarme los detalles de la historia, el argumento, los personajes, sino para permitirme prestar atención al esquema o cómo Padura va construyendo el relato.

Por eso, al regresar luego a la crónica iniciada en el día anterior supe, en primer lugar, que debía volver a comenzar, modificar el inicio colocando también una marca de calendario en mi reseña, aunque lo que se escribiera como un ayer, en realidad estuviera siendo escrito hoy. ¿No se trataba de eso? ¿No lo hace el mismo Padura cuando en el capítulo 19, dos antes de finalizar el libro, juega a introducirse como un Velázquez –y émulo de su personaje principal y del personaje que ha rescatado del pasado– en la novela? Para escribir: “Aferrado al presente, escribías el pasado hasta perder el sentido de los límites de lo permanente y lo transcurrido”. (pág.430)[1]

¿De qué trata en definitiva el tiempo, mi querido Padura?

La novela se inicia con una data, recurso que se repetirá para cada comienzo de capítulo. La primera fecha corresponde al hoy de Mario Conde y la última justo un mes después, cuando llega por fin el día en que Conde cumple los sesenta años. Las primeras páginas de ese capítulo inicial son sobre la cuestión del tiempo y la turbulenta relación que mantiene el ex–policía con el calendario:

La evidencia de una cantidad tajante, incluso de sonoridad obscena (sesenta, sesenta, algo se desinfla y estalla, sse–sssen–ta), se le había presentado como una ratificación incontestable de lo que su físico (rodillas, cintura y hombros oxidados, hígado envuelto en grasa, pene cada vez más perezoso) y su espíritu (sueños, proyectos, deseos mitigados o para siempre extraviados) iban sintiendo desde hacía algún tiempo: la obscena llegada de la vejez… (pág.8)

Mientras y, en paralelo, también fechados, se van alternando los capítulos que remiten a la historia del pasado, vinculados con el peregrinar de la virgen negra; capítulos que tienen como protagonista a Antoni Barral. Un nombre que no le pertenece a un solo hombre, sino a varios y en distintos siglos, personajes que tienen en común lo que se les ha encomendado: el cuidado y la protección de la imagen milagrosa.

En el haber del presente de Mario Conde siguen estando sus compañeros, esos de la pre, los de toda la vida; como también su antiguo jefe, al que visita en su enfermedad, como el actual, que supo ser en su momento su subalterno; Tamara, la mujer que lo acompaña hace veinte años, además de aguantarlo porque el amor es así incondicional, dicen; y, por supuesto Basura II, que lo espera fiel sin hacerle ningún reproche por el abandono. En el haber también comienzan a contabilizarse las pérdidas por las partidas definitivas de los seres queridos que se recuerdan, o por las de aquellos que no sabe si tendrán regreso. Por eso, esta novela, quizás más que las otras que lo tienen como protagonista, está tan cargada de melancolía.

El cambio de década es un quiebre para Conde, y así transita la vida.

Melancolía, que no le impide desplegar la mirada crítica y justa con la que puede observar a la ciudad y a su país:

Por su parte, las personas que circulaban por centenares y miles bajo el sol todavía asesino de septiembre, y a una hora a la cual se suponía que todos debían trabajar con sus mayores esfuerzos para un futuro mejor, parecían gastadas y mustias, más que los viejos fords o chevrolets o pontiacs. (pág.80)

O para preguntarse durante sus idas y venidas por las calles de los contrastes de La Habana, las de la opulencia y las de los bajos fondos: “¿Quién trabaja en este país?”.

Un Mario Conde, más reflexivo y nostálgico, que no deja de prestar atención a sus premoniciones, aquellas que le permiten ir tras lo importante, lo escapado del centro de la escena, oculto en apariencia, pero desencadenante para resolver por fin la investigación policial.

 

Lunes 7 de junio 2021

¿Ves // esta gota // que de mi mano // se desliza?[2]

 

“La luz rotunda del amanecer tropical, filtrada por la ventana, caía como el haz teatral proyectado sobre la pared…”.  Así comienza la novela que estoy reseñando y así fue la mañana que me fue conduciendo lentamente de regreso a la crónica.

Retomo la última línea de ayer pensando en Conde. Quizás fue sobre la intuición que conversamos juntos en los días en Cuba. Pero antes hablamos del mar, ese que según donde nos detuviéramos, nos hacía alzar un poco la voz para escucharnos. El mar, me señaló:

El mar siempre lo había arrastrado como un imán: ver el océano, disfrutar de su color y su olor, de su misteriosa insondabilidad, le transmitían una poderosa sensación de empatía y distensión. De promesas de libertad, más que de límite y encierro. […] Escribir en las mañanas, bañarse en las playas en las tardes, pescar en las noches, hacerle el amor a una mujer bella en las madrugadas, respirando el aroma del salitre, embriagado por los murmullos del océano. (pág.45)

Luego sobre la escritura:

La convicción de que la escritura apenas resulta la posibilidad de construir a otros a partir de lo que tú has sido y eres te había servido para distanciarte de ti mismo, verte desde una perspectiva que resultó ser reveladora, amable y dolorosa a un tiempo. (pág.431)

Y después me contó sobre su fiesta de cumpleaños.

Lo saludé con una gran sonrisa, como para que supiera que también voy sufriendo las marcas del tiempo, o esa grosería que sin censura escupe el calendario.

Pero sabes —me contestó muy despacio— ya pasó y no estuvo tan mal. Te diría que hasta estuvo bueno.

 

[1] Todas las citas corresponden a edición electrónica epublibre

[2] “Lo que queda de la lluvia” en Diminuto verde, de mi autoría

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