Tiempo de Irene, de María Carbó

Presentación para el libro Tiempo de Irene, de María Carbó.

 

Desde la primera lectura de Tiempo de Irene hasta la última, hace unos pocos días, no pude dejar de asociar la novela de María Carbó con Silvina Ocampo y Norah Lange. Me refiero a los libros Viaje olvidado, en el caso de Silvina y a Cuadernos de Infancia, de Lange.

Ambos son del mismo año, 1937. Para Silvina Ocampo se trató de una obra inicial; no así en el caso de Norah Lange, que para entonces era una poetisa reconocida, representante de la vanguardia de la época junto a Oliverio Girondo.

Mi presentación de hoy es sobre el nuevo libro de María Carbó, no una conferencia sobre otras autoras. Sin embargo esas escritoras que menciono se impusieron por sí solas al momento de la lectura quizás porque las tres, e incluyo a María, escriben sobre la infancia. (además de que Irene también está presente en Silvina Ocampo, en el cuento «Autobiografía de Irene», que da título al volumen; y que Irene es el nombre de la hermana mayor de la narradora de Cuadernos de Infancia).

Esta asociación de textos resulta de un mecanismo que se enciende cada vez que abordo una nueva lectura. En el nuevo recorrido que emprendo se suman los otros libros ya leídos, aquellos que han ido conformando mi biblioteca. No es algo que me condiciona o que le quita disfrute al acto de leer. Por el contrario, reparar en ello dimensiona el horizonte de las líneas por la que circulan mis ojos, ensanchándolo, ya que no es un movimiento de comparación sino de enriquecimiento y de expansión.

Tzvetan Todorov decía al respecto:

Cuando leemos una obra, leemos siempre mucho más que una obra: entramos en comunicación con la memoria literaria, la nuestra propia, la del autor, la de la obra misma; las obras que ya hemos leído, y hasta las otras, están presentes en nuestra lectura, y todo texto es un palimpsesto[1].

En este sentido, fui leyendo Tiempo de Irene, en comunicación con los textos que ya mencioné, de Ocampo y Lange, y con otras lecturas, pero también en continuidad con la narrativa de María Carbó.

En la novela Tiempo de Irene, la protagonista transita su presente, por momentos doloroso, mientras una historia se le impone con insistencia en el personaje de Irene. Como en la novela de Lange, nos encontramos ante un viaje, un doble viaje en realidad: el propio de la protagonista hacia adentro de sí (allí “donde cabalgan sus pensamientos”), y el viaje que realiza Irene a su Paraná natal (como indica el inicio del relato que corresponde a Irene, que se inserta dentro la novela en capítulos, con una grafía en itálicas, que llevan su nombre).

El relato es desde los ojos de la niña, Irene, pero esa mirada se conjuga con los recuerdos que va volcando la misma mujer que busca contar sobre ella. Podríamos preguntarnos entonces ¿son los recuerdos de la niña de lo que se escribe o los propios de la mujer que recuerda?

Tanto en esta novela, como en las dos mencionadas al inicio, la infancia no se cuenta desde la inocencia o de la candidez, que presuponemos corresponde a esta etapa de la vida, sino desde el interrogarse, desde esa  diferencia de la mirada que hace un recorte sobre la realidad, que es el modo de observar de Irene.

Escribe la protagonista sobre Irene:

Por cierto, no era una niña típica y a medida que crecía se iba diferenciando del grupo familiar. Tenía gustos especiales y, aunque prefería la independencia de sus hermanos, quería estar siempre con su madre, pero no era fácil.

Irene es una niña con gustos especiales que observa todo a su alrededor, por momentos con esa mirada de la inquietud que también tienen las niñas de los cuentos de Silvina Ocampo.

Una niña que cuenta de sus miedos: “Es en la noche cuando vienen ellos a buscar niños y no los devuelven”; o como se cuenta: “el miedo era el momento más preciado de Irene”. Una niña que puede pensar “en la forma de asesinar a su hermano”; o percibir el goce que conlleva “espiar a las parejas que se besaban en la caída del sol”, tanto como  pinchar gusanos con un alfiler.

Irene observa a todos, en especial a su madre; y destaco ese momento tan sensual en la novela cuando ambas, madre e hija se encuentran en la peluquería:

El agua caía finita y la madre entornaba los ojos. Quizás se imaginaba que estaba en Brasil o en algún lugar del trópico. Al igual que la abuela, la madre adoraba el mar. En el silencio del salón, Irene creía oír algún rumor de pájaros o animales de selva cercanos y las olas llegando a la orilla de una playa desierta. Cada vez disfrutaba de esa ceremonia ritual.

O cuando acompaña a su abuela:

〈…〉 se sentó callada junto a ella, delante de un espejo largo con cabezas de madera que tenían diferentes tipos de sombreros puestos

logrando que un acto tan simple como la compra de un sombrero se recubra de un halo mágico y especial.

En la novela de María, como si se tratará del mismo río Paraná, Irene comienza a correr veloz desbordándose en las hojas que se van inundando “con recuerdos propios”.

Irene se gesta (el sueño de la mujer embarazada es de la narradora, no mío), y se construye por esos recuerdos que, a su vez, son los recuerdos de Irene que regresa a su lugar de origen para reconocerse.

La niña crece impulsada por la mujer que rastrea, con pesar, con dudas, con esfuerzo entre los restos que guarda su memoria para poder escribir sobre ella (de qué otra cosa trata el proceso de la escritura, confirma María Carbó), mientras y al mismo tiempo ella también busca: “Esas preguntas sin respuestas, esos deseos de abrazar a aquellos que había perdido”.

La protagonista será quién escribirá sobre Irene y al mismo tiempo nos hará partícipes, como lectores, del “desvelo” que le produce esa escritura. Las primeras cinco líneas con que se inicia el texto, casi como un acápite, plantean desde donde se construirá el relato de Irene:

Y otra vez el galope de los pensamientos y las carreras que no se detienen. Con las primeras luces, aminoran la marcha, arrancan los recuerdos cubiertos de rocío, mastican un largo rato y dejan pasar eso que con gusto amargo se mezcla con los nutrientes.

A partir de ese desgarrarse con “gusto amargo” al momento de sentarse a escribir, se experimentará por un lado la luz: “Amanecer en domingo”, por otro la “Oscuridad” (he citado aquí el título de los dos primeros capítulos).

Entonces leo por un lado la confusión o el desasosiego, los pensamientos que no abandonan a la protagonista y parecen paralizarla; por el otro: la emoción y la armonía que va encontrando a medida que se va construyendo la novela sobre Irene. Amanecer y oscuridad. En apariencia opuestos, en realidad el mismo espacio de incertidumbre desde donde plantearse los interrogantes sobre Irene y también su propia vida.

Para poder escribir:

¿qué tiempo, éste o aquél?

ó ¿Dónde estaban todos, ahora?

Luz y oscuridad como dos instancias inseparables que conviven juntas en el silencio de la casa.

Es en ese espacio de profunda intimidad donde va apareciendo Irene.

En ella, de quien se cuenta va encontrando su voz.

La segunda vinculación en este diálogo con otros textos, me lleva a los propios de María y a su trayectoria narrativa. Algunos de ustedes saben, otros no, que estoy desde hace unos meses viviendo en Brasil. Por eso, no puedo,  como me gustaría, tener desplegados sobre mi mesa los libros anteriores de la autora. Lo lamento profundamente porque estoy segura que encontraría en ellos mis marcas de lectura, de las que podría contarles hoy, y que sin duda se vinculan con la novela que nos convoca. Así que apelo a mi memoria, como decía Todorov, a mi memoria literaria.

En este sentido destaco como característica de la escritura de María esa mirada de recorte -vinculada a la extrañeza y también a cierta perplejidad- que ella opera sobre la realidad; aventurando decir que esa realidad no es la misma luego de observarla a través de los ojos de María Carbó. Recuerdo ahora el cuento sobre el Pasaje del Lazo, y ese espacio de la ciudad que desde entonces cobró otra dimensión. O esas respuestas con las que nos sorprende  que quiebran lo cotidiano; a veces tan solo una línea que detiene la marcha de la lectura por lo provocativa, y pienso en el cuento “En tránsito” (publicado en Otras direcciones) cuando frente al comentario obligado, y hasta burocrático de la empleada: “el tiempo se le va a pasar rápido”, se escucha a la mujer abrumada por la distancia con su hijo: “¿Qué tiempo?”.

Es también esa mirada que surge en la escritura amorosa sobre la pérdida, tan presente en Parimpar, donde la narradora sin perder su voz irónica, por momentos ácida y descriptiva, le cede el paso a la voz poética.

Voz poética que está muy presente en esta novela, al punto que se incluye en ella un poema “Otoño” como propio, deseo cumplido de quien narra, que así lo expresa al verdadero autor del poema: “En una parte de la novela, me gustaría incluir también alguno. Pienso que aliviaría el texto porque verás que complejo es”.

Creo que la narradora se equivoca, seguramente a propósito, porque lo que el poema produce no es liviandad sino profundidad en todo el texto.

Quiero mencionar otra vinculación. Y aquí lo intertextual no es desde mi yo lectora, sino desde la propia de la autora.

En el proceso de su escritura, la protagonista le pide ayuda a un tal Dr. Tomat. Me fue imposible no vincular el nombre con el del personaje emblemático, Carlos Tomatis. Entonces me pregunto si no es al mismo Saer a quien la autora, admiradora y muy buena lectora del escritor santafecino, busca para que la socorra en su intento. (Será una buena pregunta para hacerle luego a María).

La novela de María Carbó, como el río Paraná, no detiene su curso, ni se agota en una única lectura, como no la hay para los buenos libros . Regresamos a ellos siempre, como nos sucede con los amigos.

Porque como señala Noé Jitrik:

La lectura al igual que la escritura, tendida sobre la incesancia, puede recomenzar y siempre, por ello mismo, es insatisfactoria, está siempre a punto de asir algo que no deja de evadirse[2].

 

 

[1] Palimpsesto es un manuscrito en el que se ha borrado, mediante raspado u otro procedimiento, el texto primitivo para volver a escribir un nuevo texto.

[2] Ferro Roberto, De la literatura y los restos, ed. online, pág.158. file:///C:/Users/Maria%20Claudia/Downloads/De_la_literatura_y_los_restos.pdf

 

 

1 Comment

  • Monica Ramauge dice:

    Me gusto mucho como encara su narrativa. Esas ganas de contar su vida y no animarse al desafío . El va y ven de la historia entre la narradora e Irene, hacen que su lectura tenga un ritmo atrapante.

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