La trenza de Thaís

 

 

los sueños, la neblina, las pasiones desaforadas, los meteoros, los milagros, las mujeres con largas trenzas.[1]

 

 

 

Mientras escribo, Thaís está sentada a mi lado dibujando.

(Así hubiera podido comenzar esta crónica, que en realidad imagino, porque se trata de Thaís. Junto a ella no puedo hacer otra cosa que jugar, saltar, estar en movimiento. Junto a ella no estaría escribiendo, menos aun con el universo abierto de la computadora a su lado).

La espío cada tanto. La observo luchar con el mechón dorado –herencia de su madre y marca de nacimiento– que le cae brillante, entre el resto de los rulos castaños oscuros, sobre la frente. Así que me levanto para recogérselo y sujetarlo junto al resto de su pelo en una trenza.

“Trenzas”, escribo al regresar a la crónica, es el cuento que acabo de leer de María Luisa Bombal, luego del recorrido por los otros relatos: “El árbol”, “Las islas nuevas” y “Lo secreto”.

A diferencia de lo provocado por otras escritoras, Virginia Woolf, Silvina Ocampo, Colette, entre tantísimas otras, Bombal me emociona por la similitud y el modo de merodear por ciertos tópicos, vitales también en mi propia escritura. La identificación no es tanto por la temática de su narrativa, sino por la sensibilidad con que aborda esos temas.

(He estado pensando mucho en cómo encontrar las palabras que expresen lo escrito en este párrafo anterior).

Así fue la emoción desatada, y reiterada una y otra vez, ante el territorio del mar.

Complicidad, empatía, intensa satisfacción.

“Mar”

Las tres letras sobre el plano blanco de la hoja como una pequeña embarcación a punto de zarpar.

Brígida se interna playa adentro hacia el mar contraído allí lejos, refulgente y manso, pero entonces el mar se levanta, crece tranquilo, viene a su encuentro, la envuelve, y con suaves olas la va empujando, empujando por la espalda hasta hacerle recostar la mejilla sobre el cuerpo de un hombre. (El árbol, p.92)[2]

Hizo pie en el lecho de un antiguo mar y reposó allí largamente, entre pepitas de oro y caracolas milenarias.[3] (La amortajada, p.79).

Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños y mágicos.

Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar.

Aguas abajo, más abajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes y amarillas como soles (Lo secreto).

 

Hago una pausa, y en este escenario mágico, Thaís me pide agua. La pequeña trenza danza sobre su cabeza mientras acerca el vaso a la boca. Sus ojos se pierden entre sirenitas y hadas coloreadas, entre las princesas Anna y Elsa, y su amigo Olaff.

Me sonríe y luego ambas continuamos con lo nuestro.

 

Leer “Trenzas” fue encontrarme con un registro familiar ya que no pude dejar de vincularlo con los cuentos de mi primer libro publicado, De esto se trata, allá por el 2001.

[…] Los cabellos largos le daban cientos de vueltas a lo largo del cuerpo como el capullo de una mariposa y le envolvían la cabeza como una corona. (Pabellón “E”).

Como una corriente de aire que nos hizo levantar las cabezas, la mujer entró. Una trenza blanca y perfecta le colgaba de la nuca […]. La trenza enroscada felinamente a la cintura le mantenía erguida la cabeza […]. (El juego).

María Luisa escribió su cuento en 1940, y originalmente lo publicó en la revista Saber Vivir, Buenos Aires. Así escribe:

Porque la cabellera de la mujer arranca desde lo más profundo y misterioso; desde allí donde nace y tiembla la primera burbuja; que es desde allí que se desenvuelve, lucha y crece entre muchas y enmarañadas fuerzas, hasta la superficie de lo vegetal, del aire y hasta las frentes privilegiadas que ella eligiera. […] Y es por eso que las mujeres de ahora al desprenderse de sus trenzas han perdido su fuerza adivina y no tienen premoniciones, ni goces absurdos, ni poder magnético. Y sus sueños no son ahora sino una triste marea que trae y retrae imágenes cansadas o alguna que otra doméstica pesadilla.[4] (los subrayados son míos)

 

Para después conducirnos, en un breve recorrido, por la historia de algunas “heroínas”, aquellas mujeres que consiguieron mantener la vinculación con el misterio y la profundidad de lo femenino (evoqué entonces mi cuento, del mismo libro ya citado: “Un espacio entre dos puntos”, que lleva un acápite de Clarissa Pinkola Estés). Y enseguida, sin mediación, al relato de las dos hermanas.

En el “Testimonio autobiográfico”, que forma parte de la edición que manejo, Bombal señala:

[…] porque yo siempre he pensado que el pelo de la mujer es como las enredaderas, ¿ves tú?, el pelo las une a la naturaleza, es una prolongación de la naturaleza. Por eso, mi María Griselda hunde su cabellera en el río Malleco y en mi cuento Trenzas digo que los árboles del bosque y el cabello de la hermana en la ciudad poseen las mismas raíces. (OC, p.17)[5]

 

Las trenzas están presentes en otros textos de la escritora.

En La última niebla:

 

–Corona la cabeza de la protagonista: Pienso en la trenza demasiado apretada que corona sin gracia mi cabeza. Me voy sin haber despegado los labios”. (p.39)

–Es lo que le han cortado a Reina: “Vislumbro en las manos del amante, enloquecido de terror, dos trenzas que de un tijeretazo han desprendido, empapadas de sangre”. (p.83)

En La amortajada hay siete menciones a las trenzas:

 

–“Mis trenzas aleteaban deshechas, se te enroscaban a1 cuello”. (p.27) La misma oración se repite unas líneas después, en una iteración que acentúa la carga poética de Bombal en toda su narrativa.

– “… Que ella tejía, no hacía sino tejer en la veranda de cristales que abría sobre el jardín… y que la suerte había querido que el fundo de él, aquella negra selva inculta, no dispusiera de un solo camino transitable; que así, de paso por un camino prestado, pudo admirarla, tarde a tarde, durante un año… que un pesado nudo de trenzas negras doblegaba hacia atrás su cabeza, su pequeña y pálida frente. (p.54)

– “Es un espejo, un espejo grande para que desde el balcón te peines las trenzas”. ¡Ah, peinarse eternamente las trenzas a esa desoladora luz de amanecer! (p.55)

– “[…] el gran salón de fiestas donde temblaban las lágrimas de cristal de las arañas y donde, con las trenzas recogidas por primera vez, bailó cierta noche locamente hasta el amanecer”. (p.57/58)

– “Añoró el momento en que aferrado a sus trenzas como para retenerla, Antonio se aprestaba a dormir” (p.59)

–“Recuerda. Llegaba exhausta del fundo y no atinó tan siquiera a arreglar sus trenzas deshechas, su tez fatigada” (p.60)

–“Secuestrada, melancólica, así te veo, mi dulce nuera. Veo tu cuerpo admirable y un poco pesado que soportan unas piernas de garza. Veo tus trenzas retintas, tu tez pálida […] (p. 67).

 

En “El árbol”

–Las que lleva Brígida (la hija de la protagonista): “Sus dieciocho años, sus trenzas castañas que desatadas le llegaban hasta los tobillos, su tez dorada, sus ojos oscuros tan abiertos y como interrogantes”. (p.91)

 

En “Las islas nuevas”

–“Yolanda duerme caída sobre el hombro izquierdo, sobre el corazón; duerme envuelta en una cabellera oscura, frondosa y crespa entre la que gime y se debate” (p.131).

 

Se produce una nueva pausa y en este imaginario que he construido, nos levantamos con Thaís para acomodar sus papeles. La vienen a buscar y ya la veo caminar hacia la puerta. Aunque, en un impulso se ha dado vuelta para regresar corriendo por un beso, y otro más, y otro, que repite en su eterno juego. Su trencita se me pega a la mejilla. Intento retener su aroma antes de que se marche.

Recién cuando ya se ha ido del todo, puedo regresar a mi crónica y a la escritura desplegada por María Luisa Bombal.

 

Había subrayado la palabra marea.

En el mismo «Testimonio» ya citado, ella escribe:

Siempre busco un ritmo que se parezca a una marea, la oración, es una ola que asciende y desciende y luego vuelve a subir… Yo creo que, en el fondo, soy poeta, mi caso es el del poeta que escribe prosa. Yo soy poeta, pero como tengo una educación francesa, también soy la lógica personificada. (OC, p.16)

 

También señala en una de las tantas entrevistas publicadas:

 

[…] porque “aunque la palabra me guste, si no entra en el ritmo, la rechazo. Busco algo que se parezca a la marea. Siempre hay una ola que se despeña, va hacia arriba, cae y vuelve para formarse de nuevo, y de repente viene otra…”. (OC,179,180)

 

Y pienso en mis propias Mareas:

 

Esta necesaria marea

este flujo de sangre

esta corriente

que llega

y no se retira. [6]

Mis pies,

sin embargo,

se aferran al suelo

y es con el poema,

marea de luna

una barca azul

un punto de encuentro,

que a veces

me voy,

o a veces, regreso.[7]

O en mi poemario, aún inédito, titulado Mar de mareas.

Porque la marea es el ritmo.

Y ambas lo sabemos al momento de encontrar la palabra que calce como la nota imprescindible para no quebrar la melodía. A ambas nos importa mucho la música.

 

Encuentro que María Luisa Bombal trabaja además con lo fantástico, de un modo particular y poético. Ella señala en las entrevistas haber quebrado la narrativa criollista chilena y también la de otros países latinoamericanos. Creo que peca de modestia.

Las historias se desarrollan en escenarios difíciles de precisar. Casas aisladas –casa de niebla– casi extraviadas en la fantasmal niebla, donde la realidad convive con lo onírico. La tranquera, que pareciera querer ubicarnos en casas de campo, es el lugar al que llegan las protagonistas: “Y así fue como mi corazón –mi corazón de carne– me guio hasta la tranquera que abre al norte”. (LA -OC, p.34).

“Nadie salió a recibirla. Ella misma hubo de abrir la tranquera…”, así comienza “La historia de María Griselda”.

La tranquera se convierte en el pasaje que permite ingresar a esos espacios imprecisos donde se va a desarrollar la trama. Es en la tranquera, como una frontera posible, donde se producen los encuentros eróticos entre Juan Manuel y Yolanda, en “Las islas nuevas”.

 

Lo fantástico explota con toda su carga en el cuento “Lo secreto”, el único relato que le escapa a la atmósfera del resto y que la misma escritora (ya comentado en una crónica anterior) confiesa es su preferido.

Me quedan pendientes las “Crónicas poéticas”, que quedarán para otra nueva escritura, porque ya se oscurece la tarde por completo en Imbassaí y Thaís me envía una imagen desde su pequeña cama.

La cabeza descansa sobre la almohada y sonríe.

No ha querido soltarse la trenza.

Me la ha hecho vovó, le dice a su madre, y esta noche quiero dormir con ella.

 

 

 

 

[1] Bombal, María Luisa. Obras completas de M. Luisa Bombal Tomo 2 La amortajada (Spanish Edition). Citado en el texto como OC.

[2] La última niebla- El árbol – Memoria chilena (las citas corresponden a este pdf) http://www.memoriachilena.gob.cl › archivos2 › pdfs

[3] Bombal, María Luisa. Op.cit.

[4] https://www.literatura.us› maria › trenzas

[5] Bombal, María Luisa. Op. cit.

[6] Marea, en Respiración involuntaria. Ver en Publicaciones, en este mismo sitio

[7] Punto de encuentro, en Diminuto verde. Ídem

 

 

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