MARIA LUISA BOMBAL 3 – La poesía hecha crónica

La poesía hecha crónica

 

Leo las Crónicas poéticas de María Luisa Bombal.

Me detengo primero para dar cuenta de esta feliz posibilidad de acceder a ellas, como a todos los textos anteriores, gracias a que la narrativa de la escritora chilena se encuentra disponible en la red.

Pienso entonces en cada uno de mis intentos infructuosos para leer, del mismo modo, a Norah Lange (teniendo en cuenta que no estoy en la Argentina, y que el e-book se ha convertido en mi única opción). Y reparo en el valor de la obra digitalizada. Y no me refiero al valor monetario ni al acceso solo gratuito, sino al trabajo realizado por el gobierno chileno por la difusión virtual de su literatura. Instancia, acorde a los tiempos que vivimos, que no se pelea con las ediciones de papel, y que permite la lectura, el estudio y la difusión de la obra de Bombal. Una escritora que, a pesar de no haber obtenido el Premio Nacional de Literatura, ha tenido un fuerte reconocimiento; su obra forma parte del legado cultural de Chile. Lamento que no exista el mismo impulso para la circulación de algunos escritores que no deberíamos dejar de leer en la Argentina.

Dicho esto, voy a las crónicas.

Se trata de tres textos.

Sara Vial realiza una entrevista a Bombal en Viña del Mar –su ciudad natal– en 1975.[1] Rescato de ella:

María Luisa es una escritora eternamente insatisfecha de su propio esfuerzo, implacable crítica de su obra, y a quien consumen días y meses o años de desvelos, ya que nunca termina de cortar, tachar, reparar, volver a escribir, sin darse tregua en su combate de honestidad y búsqueda del logro auténtico. “Para mí es doloroso el oficio de escribir –nos confiesa–, siento la desesperación de exigirme más y más, y a veces esto me frustra y el dolor es aún mayor”.

 –María Luisa, ¿a esa dura autocrítica se debe el hecho de que tu obra aparezca en sólo dos novelas? ¿Y a ese mismo hecho, el que no te decidas a publicar otros libros que sabemos has escrito?

Desde luego, no publicar no significa no escribir o haber dejado de cultivar el oficio de escribir. Yo he seguido escribiendo siempre. Pero por el concepto que tengo del escritor, por el respeto que me inspira escribir, y por este desesperado deseo de perfección, no he vivido pensando en publicar, sino en crear. (p.171/172).

La obra publicada de María Luisa Bombal es sumamente breve y eso da lugar a que se le haga la misma pregunta en casi todas las entrevistas. Por mi parte me pregunto si no es un absurdo medir el trabajo literario de un escritor por su extensión y si ella no estaría un poco cansada de argumentar en este sentido.

 

De una escritora de crónicas a otra

 

Recorro las siguientes crónicas por su fecha de publicación. Mis citas en este texto corresponden a la obra completa recopilada por Lucía Guerra, una de las más grandes estudiosas de la autora.[2]

La crónica para María Luisa Bombal es el resultado del trabajo que realiza la mirada sobre la realidad. Sus ojos hacen un recorte del preciso instante, sin dejar de lado la propia experiencia de vida y los recuerdos: una música, un clima, un encuentro.

No hay en las crónicas una secuencia cronológica, ni un interés por desarrollar una historia. La palabra justa para definirlas, sería tal vez la de “la instantánea”, a la fotografía se suma también la propia vivencia del que ha operado el accionar de la cámara.

¿He escrito sobre las crónicas de María Luisa o sobre las mías?

 

La primera crónica publicada es “Mar, tierra, cielo”. (1940)

Reconozco los primeros párrafos, que versan sobre el mar, porque forman parte del cuento “Lo secreto”, publicado un año después. En algunos momentos la transcripción ha sido literal: “Sé muchas cosas que nadie sabe. Conozco el mar y de la tierra infinidad de secretos pequeños y mágicos”; en el resto Bombal realizó algunos pequeños cambios, a veces tan solo de disposición. Pero entiendo que su escritura ha quedado fijada a la atmósfera de la crónica para el inicio del cuento. O quizás ambos fueron escritos en simultáneo. Quizás al momento de su crónica vio desplegarse por las líneas de la hoja el destino del barco pirata.

Lo cierto es que este es tan solo un ejemplo. Habiéndola leído en su totalidad, puedo reconocer las repeticiones o insistencias; en definitiva, como opera la intratextualidad en su narrativa.

Después “de agotar” lo que sabe sobre el mar, la cronista me lleva a la tierra. Árboles, bosque otoñal, y los sapos: “Porque nadie lo sabe, pero la verdad es que todos los sapos son príncipes” (p.91), escribe desmitificando de algún modo los cuentos de princesas. (Recordé enseguida mi relato breve –jamás de los jamases publicado–, una parodia al cuento infantil “La Cenicienta”).

La misma línea que he citado está presente también en la crónica que escribe sobre las ardillas.

La crónica evoca cuestiones de la niñez: el juego de la gallinita ciega y el poema infantil «El Sapito Glo, Glo, Glo». Ninguno de ellos se explicita en el texto, solo los puede percibir la lectura atenta, en este caso mi yo, lectora, por mi propia experiencia personal o competencia; por lo que, de no existir este registro, hubiera sido imposible establecer la relación.

Bombal quiebra el estereotipo de la candidez o la inocencia en la niñez ya que al “Nadie sabe adónde va, nadie sabe de dónde viene…”[3] le agrega “…al amanecer, tinta en sangre que es la suya”. La infancia es el miedo (“pavor”) a la gallina ciega, dice.

La tierra es también el espacio propicio para que crezca el vino. Así escribe: “El nacimiento del vino es tenebroso y lento; yo sé mucho de ese crecer furtivo de asesino”. ¿Hay en esa escritura de 1940 un anticipo de su destino final? ¿Un preanuncio de la dificultosa y mortal relación que Bombal mantendrá con el alcohol?

El párrafo, de algún modo profético, se continúa con otro tan similar por lo visionario. Recuerdo todavía la sorpresa, el haber suspendido la lectura para buscar esa nota, leída tan solo unos días antes, sobre “La ciudad italiana de Curon”, la ciudad que emergió en el Lago Resia, en la provincia de Tirol del sur, en Italia; no de entre las dunas, como escribe Bombal, sino del agua. Pero fue ese recuerdo de la foto, que acompañaba la nota, hacia donde se desplazó de inmediato mi memoria.

 

Sé de una región desértica adonde un pueblo ha quedado sepultado en los médanos, tan sólo emerge la aguja de la torre de la iglesia.

 

 

 

 

 

Para dar cuenta del “cielo”, Bombal escribe: “El cielo, en cambio, no tiene ni un solo secreto pequeño y tierno. Implacable, despliega entero por encima de nosotros su mapa aterrador”.

El cielo solo le produce temor, o quizás un profundo respeto, sobre todo el nocturno poblado de sueños.

Mar, tierra, cielo se deslizan no solo en este texto sino en toda la narrativa de Bombal, una escritora a la que, sin dudas, la naturaleza interpela.

 

La segunda crónica “Washington ciudad de ardillas”, también es de 1940 y está dedicada a María Rosa Oliver, escritora y ensayista argentina.[4]

El inicio del texto es irónico. Bombal señala que por debajo del pensamiento científico y de las definiciones exactas está “el infeliz poeta que escribe en prosa —y éste es mi caso— nada más difícil que encarar un artículo en tercera persona, ya que es su especialidad”.

María Luisa Bombal ha elegido vivir en Washington, más que en Nueva York, pero la ciudad más amigable no la protege de la melancolía y la añoranza por su propia tierra.

¡Y nuestro pasado, por muy triste que sea, es el único compatriota que en el extranjero nos permite reconocernos a nosotros mismos! (p.94)

Su escritura me llevó a la calle de mi infancia, a la vuelta a la manzana en bicicleta, a la primera experiencia perturbadora (narrada en mi cuento “Rescate”[5]).

Bombal describe: “Era un día gris, de esos días en que la tristeza cae del cielo como una lluvia. Atardecía cuando me tocó atravesar un parque…”. Es cuando aparecen, para acompañarla, las ardillas. Su presencia desencadena algunas evocaciones, las que por algunos instantes logran apartarla de los miedos. Las ardillas son “las brujas”, le contaba su madre, “unas brujas juveniles y traviesas, pero brujas, a pesar de ello”, como “todos los sapos son príncipes”.

Luego un episodio (regreso a lo explicitado sobre el proceso de sus crónicas, los recuerdos, la experiencia personal en el no-límite de la ficción) da lugar a la escena de la  “Maquinaria del tiempo”, quizás para poder escribir que las ardillas “Son como relojes perdidos que laten por su cuenta”.

¿Qué hacen, qué piensan, qué utilidad prestan, para qué viven las ardillas?, me preguntan.

Pues, para jugar y contemplar. Para que no se pierda la noción del juego en el mundo, y para contar los minutos inadvertidos como aquel reloj. Para que nada se pierda.

La tercera crónica se titula “La magia y el ruiseñor”, es de 1960 y está dedicada a Patricia Lutz, escritora chilena.[6]

El título evoca a Oscar Wilde y, luego de atravesar el texto, me animo a pensar si no estuvo acaso Bombal observando desde el borde de una ventana su infancia y su pasado y si no fue también un ruiseñor quien finalmente con su música –aunque ya no su sangre– le ha regalado desde el inicio el impulso que precisaba para poder escribir.

La crónica mantiene un registro particular: la voz narradora conversa con un “ustedes” que por momentos somos “nosotros” y que también es ella misma.

En ese intercambio afloran los recuerdos, en especial los de Viña del Mar, que es lo mismo que decir los recuerdos de su infancia.

Entre ellos sobresale el vínculo con el mar, sobre todo cuando llega el verano y el Pacífico abandona su amenazante tempestad. Escribe Bombal:

—Es que tiene corazón y es de verdad amigo… aunque rencoroso —agrego casi a pesar mío. —¿Rencoroso él, luego de lo que acaba de contarnos? ¡Imposible!

La crónica evoca los juegos de niños, los castillos en la arena, la magia de ciertos personajes de Viña, una historia de amor y los paseos costeros donde sobresalía la figura de Felicitas Subercaseaux (que fue Reina de la primavera en 1920 y 1924, y actriz en los Estados Unidos).

De pronto la narradora se encuentra en Nueva York y la mirada sobre lo ya narrado, desde aquella ventana imaginaria, es de pura melancolía. Al punto de preguntarse:

—¿Existe, existe ese rincón de paraíso —me pregunto súbitamente alarmada—, o es que, sin darme cuenta por mero placer poético, he estado propagando una ficción?”.

Sin embargo, pronto el sonido del mar la regresa a Chile y a las “tres niñas, ahora adolescentes, mis dos hermanas y yo leyendo en francés su primera novela rosa”. Las novelas Magalí, Malencontre, L’héritière de Ferlac…; el sonido de las campanas del Colegio de las Monjas Francesas de los Sagrados Corazones; y en el final, el homenaje a la música con la mención de Enrique Granados, el compositor español, el “ruiseñor” del texto, para cerrar el círculo: “Viña del Mar, mi pueblo, tu ruiseñor”.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Bombal, María Luisa. Obras completas de M. Luisa Bombal Tomo 2 La amortajada (Spanish Edition) Editorial Zig-Zag. Edición de Kindle.

[2] file:///D:/Downloads/Obras%20completas,%20Tomo%201.pdf

[3] Refiriendo al poema infantil “El sapito Glo, Glo, Glo” del poeta argentino José Sebastián Tallón (1904-1954).

[4] María Rosa Oliver (1898-1977) fue una de las fundadoras de la Revista Sur junto a Victoria Ocampo. En 1958 recibió el Premio Lenin de la Paz

[5] “Rescate” en De esto se trata. Ver en publicaciones en este mismo sitio.

[6] Patricia Lutz es hija del General Lutz, asesinado bajo la dictadura de Pinochet.

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María Claudia Otsubo