UNOS DÍAS EN EL BRASIL – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

Casi finalizando el libro anterior en este tercer tomo de la Obra Completa de ABC, entreveo el título del texto que le sigue. Saber que tratará de Brasil apura las ganas de comenzar la lectura.

Cuando por fin llego, en este mi viaje sin descanso, leo que fue publicado en 1991 aunque refiere a tres viajes que Bioy hizo al Brasil en l951, 1957 y en 1960. El diario lo escribe en esta última visita, y la relación con los dos anteriores es por una mujer: Ophelia, Opheliña.

El primer encuentro con ella se produce en 1951. Un viaje en barco a Europa, la escala en Río y Bioy, apoyado en la baranda de la cubierta, mirando subir por la escalerilla a dos mujeres: Shreela, una muchacha vestida de sari, que formaba parte de una comitiva india, delicadamente, luminosamente bella, con sentido del humor, fina, inteligente; y Ophelia, una brasilera, que no era mujer, sino una niña: una chiquilina. Sin embargo, la decisión y el desparpajo de la más joven precipitará el vínculo durante el viaje y, luego, pasar un día juntos al llegar a París. Ese mismo día ella lo contagia de una fuerte gripe. Cuando Bioy logra reponerse, la muchacha ya ha desaparecido de la ciudad y no la vuelve a ver.

El segundo momento es en 1957. Bioy vuelve a viajar y aunque no pasa por Río, le escribe una carta a mi brasilerita. Al regreso, en Buenos Aires, recibe de ella una cariñosa respuesta.

Finalmente a principios de junio de 1960, es invitado a participar de la reunión del PEN Club Internacional, que se llevará a cabo en Río de Janeiro.

—¿Para qué voy a ir si yo no hablo? Soy escritor por escrito, contesta Bioy en un primer impulso. Un rato después, confiesa, aceptó la proposición, tal vez pudiera encontrarse por fin con Opheliña.

Escritores de la talla de Graham Greene, Roger Callois, entre otros figuran entre los disertantes. Investigo sobre el PEN y cito:

El PEN Internacional, única asociación mundial de escritores, fue fundado en Londres en 1921​ para promover la amistad y cooperación intelectual entre escritores de todo el mundo. Originalmente, el acrónimo PEN se refería a “Poetas, Ensayistas y Novelistas»,​ pero actualmente, con más de 25.000 socios, incluye a todo tipo de personas dedicadas a las letras, tales como periodistashistoriadorestraductores e incluso blogueros. La asociación cuenta con 149 centros PEN International independientes, distribuidos en más de 100 países.[1]

Su participación en el Congreso se ve reflejada en las notas que toma en su Diario. En él, Bioy no escatima nombres, detalles de las conferencias y sus participantes. Contextos políticos, razones que escapan a esta reseña inclusive, se vuelcan en sus comentarios críticos; apreciaciones irónicas sobre las disertaciones, o las diferencias con el presidente de PEN Club Argentino, Antonio Aita.

En un artículo de opinión en El Litoral, encuentro:

El protagonista, el propio Bioy se tambalea entre las obligaciones, los fastidios y delirios que acometen a todo escritor en un congreso de semejantes, siempre con una ilusión secreta, la de encontrarse con Ophelia, una muchacha conocida años antes. En los momentos libres, en los momentos muertos, escribe… Durante su estadía brasileña saca fotos también, nunca difundidas… Durante el congreso el autor comparte comidas y complicidades sobre todo con la delegación italiana (Alberto Moravia, Elsa Morante, Giorgio Bassani, Mario Praz y otros) y con Graham Greene. No ahorra ironías deslumbrantes hacia el despliegue de vanidades y de retórica que caracteriza a los congresistas, sobre todo destinadas a Antonio Aíta, presidente entonces del PEN Club argentino, quien también es fuente constante de burlas en el mencionado “Borges”. Moravia, por ejemplo, “impaciente, dispuesto a guerrear con Aíta, me asegura que éste escribió un artículo sobre él, que era la traducción de la solapa de su último libro. Le digo: “¿De qué se queja? Si Aíta no hubiera tenido a mano esa solapa, ¿imagina lo que hubiera escrito?’”[2].

¿Qué es lo que he disfrutado de esta crónica? Creo que, además de la soltura de su escritura, de su humor y de las descripciones, poder leer sobre su experiencia en Brasil, más allá de las cuestiones que lo llevaron allí o las que acompañan los días del Congreso.

Por cierto que para la fecha que él hace la visita, se encuentra con un Río de Janeiro muy diferente al actual. Brasilia (a donde vuela por un día) está todavía en construcción; San Pablo aún no se ha convertido en la monstruosa ciudad que es hoy, aunque ya se prevé su desorganización urbana: en estas ciudades del Brasil aparentemente no hay barrio Norte ni un Centro limpio; el Centro se mezcla con el Bajo.

Con gran acierto, Bioy logra retratar:

Los brasileros me prueban que una asociación de idea practicada por medio mundo no corresponde a la realidad (pregunto: ¿será por eso la reacción contraria al resto de su presidente actual frente al COVID?).

Yo creía, muchos creen, que hay cierta relación entre progreso —o por decirlo con palabras que me avergüenzan un poco, “espíritu moderno”— y simplicidad retórica. Pues bien, aquí funciona una retórica inflamada y barroca, generosa de epítetos, de aumentativos, de expresiones extremas, junto a una fuerza de progreso como no se encuentra en ninguna parte. Para hablar del mundo brasilero hay que emplearla. Yo diría que en este país hay pujanza en todo. La gente, las casas altas, los túneles crecen y se multiplican de una manera que apabulla a un porteño cansado.

En algún momento del Diario, enumera las palabras nuevas que ha ido escuchando o aprendiendo; sin embargo no menciona dos muy importantes: la especial infelizmente que exime de toda responsabilidad a los brasileros frente a lo que salió mal o directamente no se hizo; y la hermosa saudade que no tiene traducción en nuestro español y que es una mixtura de nostalgia, extrañeza, melancolía y también tristeza por la distancia.

No quise mencionarlo al inicio de esta crónica pero mi vínculo con Brasil es poderoso, tanto como puede serlo un vínculo de sangre. Thais, mi nieta brasilera, es el lazo para siempre con esa tierra hermosa.

Tu cara hacia el cielo

trepada en mi cuna

susurro de olas,

canta la canción,

vovó y la luna.[3]

 

Hoy que mi cuerpo está anclado al Buenos Aires de la pandemia, cuando parece tan remoto (aunque pronto pasará) el momento de volar hacia ella, siento crecer en mi corazón esa palabra no dicha por Bioy pero que subyace en toda su escritura de esos días, su infinita saudade por la búsqueda del encuentro con Opheliña.

Aun abrazándose a Silvina, que lo esperaba en Ezeiza, la recuerda.

Qué desilusión no encontrar a Opheliña. ¿O más vale así? Vernos tal vez nos probaría que pasado pasó y que nos hemos convertido en otros. A pesar de algunas contrariedades, Opheliña me dejó un recuerdo poético […] ¿O mi propósito era llevarla a la cama? Eso me parece una simplificación, libre de hipocresía, pero que no se ajusta a la verdad […]. Opheliña fue una pena romántica.

 

 

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/PEN_Club_Internacional

[2] https://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2010/09/15/opinion/OPIN-02.html

[3] “Atardecer”- María Claudia Otsubo, Diminuto Verde, Ed. Vinciguerra, Bs. As. 2018

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