AGOTA KRISTOF, El gran cuaderno

Hundida en Agota Kristof

 

Nosotros no olvidamos nunca nada

 

Quedé tan deslumbrada con la novela Ayer, de Agota Kristof, publicada en 1995, que enseguida decidí investigar sobre la escritora.

Kristof nació en Hungría en 1935 y falleció en Suiza, el país al que se traslada con veintiún años, junto con su marido y la hija de cuatro meses, cuando la Revolución Húngara de 1956 es aplastada por las tropas del Pacto de Varsovia[1].

Luego, obedeciendo a esta obsesión que me provocan ciertas escritoras y escritores, decidí rastrear más sobre sus libros, imaginando que bueno sería poder leerla desde su primera novela publicada, El gran cuaderno (1986)[2]. No sé de qué manera logro entonces dar con el texto completo on-line, que enseguida descargué en la computadora.

A partir de las dos primeras páginas, comprendo que ya no hay regreso y ya me hundo fascinada en la lectura. He iniciado el viaje por “El gran cuaderno – Primera parte: Claus y Lucas”.

 

Un viaje inesperado y desgarrador

 

Lo inicié sin saber demasiado sobre la ruta y el destino. Quizás parte de la fascinación inicial fue esa característica de la escritura: la crudeza, que se continúa sin pausa desde las primeras líneas. La crudeza con la que se exponen las miserias que provoca la guerra; en el retrato de los personajes: dos niños (gemelos) abandonados por su madre (por lo menos hasta que finalice el conflicto, así ella promete) en casa de su propia madre, la abuela, a la que los niños no conocían ni sabían de su existencia (tan mala como la vieja de Hansel y Gretel, la asociación con el cuento resulta muy fuerte), conocida como “La gente la llama Bruja” (p.6)[3]. Niños que demuestran no ser tan inocentes y que de inmediato sabrán cómo resguardarse y proteger sus pertenencias de la vieja mujer. Para ella, ellos simplemente son “Hijos de perra” o “Hijos del diablo”.

Los capítulos de la novela que voy transitando son breves, como en El Jardín de vidrio, de Tatiana Țîbuleac; a lo sumo se extienden a dos páginas. El estilo le imprime ritmo a la lectura, y también acentúa esta decisión de contar lo necesario, como en una obra de teatro, pantallazos en los que lo descarnado se acentúa por la condensación.

El vínculo entre los tres protagonistas, abuela y los gemelos, se va fortaleciendo, pero no a partir del afecto, sino desde la necesaria convivencia, y de lo que resulta claro para los niños: hay que trabajar para ganarse el pan. La muerte y la brutalidad de la guerra forman parte de su cotidianeidad:

Una vez, en el bosque, junto a un enorme agujero hecho por una bomba, encontramos un soldado muerto. Está entero todavía, sólo le faltan los ojos a causa de los cuervos. Le cogemos el fusil, los cartuchos, las granadas. El fusil escondido en un haz de leña, los cartuchos y las granadas en las cestas, bajo las setas. (p.8)

Como también la miseria que los va envolviendo a medida que pasan los meses:

Ahora tenemos un olor mezcla de estiércol, pescado, hierba, setas, humo, leche,

queso, barro, porquería, tierra, sudor, orina y moho.

Ahora olemos mal, como la abuela. (p.8)

 

Me detengo en la línea: “A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa”. (p.15).

Repetir se impone por la urgencia de olvidar el pasado; lo que la narración plantea es que la repetición de la palabra funcione entonces como un mecanismo de desgaste, repetir es acostumbrarse a su sonido y de ese modo, por el hábito de nombrarla perderá significado. Pienso en la novela de Sara Gallardo, Los galgos, los galgos, donde el procedimiento de la iteración es exactamente el contrario: repetir es un mecanismo para no olvidar.

Voy entendiendo que lo más perturbador del relato de Kristof no es por lo que va ocurriendo, sino por el modo en que los niños van vivenciando esa realidad. La crueldad, el sadismo, o una escena tan perturbadora como la de una mujer teniendo sexo con un perro, son narrados desde la mirada de los gemelos. Pero ¿son ellos tan inocentes? Pronto entreveo que no tanto, que los niños saben más de lo que aparentan contar y ver. Como las gemelas de la película El resplandor, su presencia es perturbadora.

Reparo en una palabra que se va repitiendo a lo largo del texto (en esta primera parte): “ejercicio”. Incluso hay varios capítulos que la incluyen: “Ejercicio de endurecimiento del cuerpo”, “Ejercicio de endurecimiento del espíritu”, “de la memoria”, “para hacer ayuno”, entre otros.

Los ejercicios los practican los dos niños, complementándose en la excelencia que buscan (como cuando uno de ellos aparenta ser ciego y el otro sordo), porque precisan de esa experiencia (de ese ejercicio) para comprender la realidad y así, al mismo tiempo, superarla o trascenderla.

Evoco algunas películas sobre la guerra como La vida es bella. Aunque en ese caso, se trata de recrear un juego para preservar la inocencia del niño; aquí estoy frente a una elaboración más sofisticada con la que los gemelos buscan fortalecerse, hacerse inmunes, en definitiva, para protegerse del dolor y del abandono.

Los ejercicios también incluyen aprender a matar animales. Con el consentimiento de la abuela, que les dice: “Ya lo entiendo. Es un nuevo ejercicio. Tenéis razón. Hay que saber matar cuando es necesario”. (p.35)

Erotismo, sadismo, iniciación y violencia sexual están presentes en el reducido universo por el que se mueven los niños. Ellos lo experimentan, lo buscan o son testigos. La narración no establece nunca un juicio de valor, si está bien o está mal. Como se describe el cambio de estaciones y la vida rústica dentro del viñedo y la huerta, así van sucediéndose las historias perversas que involucran a los hombres (incluso al cura) y a las mujeres de esa pequeña ciudad de frontera húngara.

La cuestión religiosa está presente y convive con esa realidad sórdida. El mundo, parece decir quien narra, es una especie de infierno, donde todo vale y donde se sufre; y en ese mundo no podía faltar Dios, aun por su no-presencia.

Nota: Ya llegando al final de toda la trilogía, descubro que la narradora también hace mención a Dios desde la negación. Cito: Le digo que la vida es de una futilidad total, que no tiene sentido, es aberración, sufrimiento infinito, invento de un No-Dios cuya maldad rebasa la comprensión. (p.325).

 

La guerra con su carga del Holocausto desfila por las calles del pueblo donde viven los niños:

 

—Sois demasiado sensibles. Lo mejor que podríais hacer es olvidar lo que habéis

visto.

—Nosotros no olvidamos nada, nunca.

Ella nos empuja hacia la salida.

—¡Venga, tranquilizaos! Todo esto no tiene nada que ver con vosotros. A vosotros nunca os pasará eso. Esa gente de ahí son como animales.

Entonces sucede que, cuando creo que ya no habrá nada más angustiante en el relato, la narración me regresa a fojas cero y al sentimiento de desgarro del primer capítulo, en el titulado: “Nuestra madre”. Lo que se cuenta es desolador, pero lo es todavía más por cómo se resuelve y cómo es experimentado por los gemelos. Y cuando creo que eso era todo, me encuentro leyendo los capítulos que siguen y ante esa tríada astuta y conveniente para las partes que han conformado la abuela y los niños. Nada los inmuta, incluso la muerte de quienes se suponen son sus seres queridos.

 

Más tarde, durante meses, pulimos y barnizamos el cráneo y los huesos de nuestra

madre y del bebé, y después reconstruimos con mucho cuidado los esqueletos

uniendo cada hueso con trocitos de alambre fino. Cuando nuestro trabajo está

terminado, colgamos el esqueleto de nuestra madre de una viga del desván y le

ponemos el del bebé al cuello. (p.113)

La primera parte de la trilogía finaliza de modo extremadamente perverso (no falta la muerte) y también sorpresivo (que no voy a develar en la crónica), para dar lugar a la segunda: “La prueba – Claus y Lucas 2”.

 

II

 

Estoy convencido, Lucas, de que todo ser humano ha nacido para escribir un libro, y sólo para eso. Un libro genial o un libro mediocre, poco importa, pero el que no escriba nada es un ser perdido, no ha hecho más que pasar por la tierra sin dejar huella alguna. (p.180)

 

La segunda parte o secuela, que luego conformará una trilogía, es publicada dos años después. Por la primera ha ganado el Premio Libro Europeo (1987).

El tono de la narración ha variado, sobre todo en el inicio. El protagonista es Lucas (Claus ha cruzado la frontera en la parte anterior) y su día a día está teñido de melancolía.

Era necesario que uno de los dos se quedase para ocuparse de los animales, del

jardín, de la casa de la abuela. También era necesario que aprendiésemos a vivir el

uno sin el otro. Solos (p.154)

 

La ciudad vive bajo las consecuencias de la invasión, casi como en un estado de sitio, y solo parecen que existen las mujeres y los viejos. Los demás han huido o muerto.

Leo esta segunda parte de una sentada, sin poder detenerme. Todo desaparece a mi alrededor. La historia me ha tomado por completo.

Voy siguiendo las distintas experiencias que transita Lucas.

Los capítulos se extienden un poco más, como esas conversaciones y vínculos que el muchacho va manteniendo con distintos personajes de la ciudad. No hay modo de no compadecerse de él, acompañando sus elecciones amorosas y de vida. Lo que subyace como eje de continuidad con la historia que se venía narrando es la escritura en los cuadernos, “ejercicio” que Lucas no abandona, aún a pesar de estar solo.

 

Esta segunda parte podría leerse de un modo independiente. Kristof mantiene el estilo directo, sin consideraciones que atenúen lo que se está contando.

En la entrevista que la escritora da para el diario El País, se dice: “En el fondo, habla como escribe: yendo al grano, sin circunloquios, sin subrayados.[4]

Y así, lo vivencia, además Lucas.

Una pérdida intransferible, que me provocará al leerla muchísimo desasosiego, lo hará tomar una decisión de la que solo sabré más adelante cuando la trama tome un giro sorpresivo.

De este modo, llego al final para pasar a la tercera parte: “La tercera mentira – Claus y Lucas 3”

 

III

 

Ella dice:

—Sí. Hay vidas que son más tristes que el más triste de todos los libros.

Yo digo:

—Exactamente. Por muy triste que sea un libro, nunca puede ser tan triste como la vida.

 

Si esperaba una continuidad en la historia, al estilo de las sagas tradicionales, me he equivocado. La narración da un giro y otra más, como vueltas de tuerca que no ajustan, sino que anudan y desanudan la historia.

Voy intuyendo o comprendiendo el desafío que me propone la trama, pero no voy a develarlo aquí, invito a leerla.

Desconozco al momento de esta escritura, la formación que fue adquiriendo Kristof a medida que armaba la novela. Su biografía señala que los primeros años en Suiza fueron muy duros para ella, trabajó en una fábrica de relojes (como el protagonista de su novela siguiente, Ayer) desconociendo por varios años la lengua extranjera. Al respecto, ella señaló: «Dos años en una prisión de la URSS habrían probablemente sido mejores que los cinco años en la fábrica en Suiza.»[5]

En la entrevista, que ya he mencionado, al diario El País[6], leo:

Siempre había querido ser escritora. Desde los doce años. Su padre era maestro y en su casa no era raro que alguien escribiera. De hecho, su hermano pequeño ha publicado varios libros en Budapest: «Él escribe más que yo», afirma Kristof con una sonrisa. «Y lo han traducido. Al checo».

 

La trilogía, señala Kristof, no fue pensada como tal en sus inicios: «pero durante mucho tiempo no podía pensar en otra cosa. Tenía que continuar».

En los últimos años, sin embargo, luego de publicar cuatro novelas más y algunas obras de teatro, decide dejar de escribir.

No lo necesito. Para mí la escritura es demasiado importante como para hacer algo que no me guste. Y no creo que me salga ya nada mejor de lo que escribí. ¿Para qué empeñarse? Tuve tres hijos y estuve casada dos veces. Nada de eso me impidió escribir. […] Ahora tengo todo el tiempo del mundo y no lo hago.[7]

Las distintas notas que voy encontrando sobre Kristof replican la misma información, sobre todo, toman de base la entrevista del diario español. Casi no se ha dado a conocer mientras vivía.

Sin embargo, más que datos (que se encuentran con facilidad en la red), me interesa más aportar mi propia experiencia de lectura.

Y esta sensación, quizás influenciada por mis días en Imbassaí, de leer con ritmo de samba, sobre todo, en esta tercera parte, ya que cada giro de la historia es como un regresar sobre algunas escenas ya contadas en las primera y segunda partes; aunque solo en apariencia, porque se narran de otro modo. Entonces al leer, se evoca lo ya leído, que es casi igual, pero distinto (y que no es tampoco otro punto de vista); como las sambas que de Jao Gilberto y sus diferentes fraseos.

Al respecto Emilia Racciati además agrega[8]: “… porque Kristof demuestra que la potencia de la literatura es la posibilidad de cuestionar hasta lo que unas páginas atrás nos parecían verosímil”.

Y eso es también lo que va sucediendo.

En definitiva, creo la propuesta de esta magnifica escritora húngara ha sido pensar que no hay diferencia entre ficción y realidad, que podemos contar de una u otra manera una historia, que no hay certezas. Quizás la única es lo que subyace en una y otra, confundiéndolas en una misma desolación: el dolor y la tristeza, la pérdida y el abandono, la incomprensión y la locura; la muerte. Sobre eso necesitó escribir, y no hay modo de hacerlo si no es a partir del desgarro.

 

 

 

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Agota_Kristof

[2] Publicada por primera vez en 1986, en francés el título Le grand cahier como primer tomo de una trilogía. La novela fue galardonada en 1987 con el Premio Libro Europeo y traducida a más de veinte idiomas. En el 2006 fue incluido en la serie Biblioteca Suiza. Fue adaptada al cine en 2013 por el director húngaro János Szász, ganando el gran premio del Festival Internacional Karlovy Vary. https://es.wikipedia.org/wiki/El_gran_cuaderno

[3]  En.cinedemedianoche.pdf&embedded=true. Las citas corresponden a esta edición online.

[4] En entrevista a Agosta Kristof, por Javier Rodríguez Marcos, para el diario El País, 23-02-2007 https://elpais.com/diario/2007/02/24/babelia/1172277550_850215.htmlla

[5] https://es.wikipedia.org/wiki/Agota_Kristof

[6] Diario El País, óp. cit.

[7] Diario El País, óp. cit.

[8] Racciati Emilia, para Télam digital, 8-1-2021. https://www.telam.com.ar/notas/202101/541016-agota-kristof-literatura.html

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