DE LAS COSAS MARAVILLOSAS – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

Ha sucedido por primera vez, desde que inicié mis crónicas, que he perdido lo que venía escribiendo.

Con paciencia infinita, la computadora hasta este momento, ha ido archivando por su cuenta mucho de mis olvidos de guardado. Pero esta vez no. La hoja ha quedado en blanco y por más que busco, con la esperanza de recuperar lo tecleado, no encuentro nada.

Por lo que debo superar el primer desasosiego que producen las líneas extraviadas, las que ya no podrán volver a escribirse, y comenzar nuevamente.

Intento no preguntarme si el acto no habrá sido un gesto defensivo para perpetuar así el final de este viaje.

¿Cómo escribir si no es con esa melancolía de lo irreparable?

Insisto, empero, en el esfuerzo de recordar lo antes formulado.

Evoco haber tipeado algo así como que este último texto de Bioy de ningún modo me enfrentaba a un fin de camino, porque el viaje era infinito, como así también lo es la literatura.

El mismo Bioy escribió en uno de los breves ensayos que conforman este volumen:

 

Para felicidad de los lectores, la literatura es una biblioteca inagotable.[1].

 

La travesía me ha permitido además de conocer a Bioy, ponerme contacto con el universo amplísimo de sus propias lecturas; y ha despertado la magia, el ansia, la curiosidad por saber más, quizás para por fin decir con él:

 

Entre las cosas maravillosas que se manifiestan en la posesión algunas duran toda la vida, otras un instante. Durables: la lectura…[2].

 

De esa primera escritura extraviada también evoco la emoción que me produjo saber que la fecha de este libro coincidía con la de su muerte.

Aunque Bioy había escrito el texto entre junio y agosto de 1990 —publicado en los diarios ABC (Madrid) y en La Nación (Buenos Aires)—, el libro se edita recién en 1999.

Adolfo Bioy Casares fallece en marzo de ese año.

 

Mientras escribo, Roberto Ferro me envía un texto de Manuel Arranz sobre “E. W. Said y el estilo tardío”; trabajo que se inicia con un acápite: Para poder escribir bien sobre un asunto, es necesario que ya no tenga ningún interés para nosotros, una cita de F. Schlegel–Fragmentos críticos.

Como primer punto, me detengo en la elección de Schlegel, poeta, filósofo, pero fundamentalmente escritor fragmentario.

Es atinado el vínculo que este trabajo tiene con mi crónica.

Aunque Arranz escriba sobre Said —y yo lo intente sobre Bioy—, en la intersección de las dos escrituras se ha establecido un común denominador, el fragmento.

Para Barthes, un fragmento es como un islote que proporciona placer o goce al sujeto que lo lee. Eso es exactamente lo que le producía a Bioy, hacedor de maravillosos relatos breves, recolector de versos y fragmentos en prosa, como según él mismo cuenta en el prólogo a la edición de De jardines ajenos (1997).

Regreso a la cita de Schlegel.

Por un lado entiendo que la distancia, como sucede con el vínculo amoroso, es un espacio necesario para que pueda circular el deseo por el otro, en este caso sería el de la escritura. Pero por otro lado, la cita plantea una “no-subjetividad”.

Leer con la emoción que el texto despierta, escribir despojado ya de ese sentimiento.

¿Así deviene la escritura crítica?

¿Mientras que escribir abrigada por la caricia de la emoción resulta en poesía, en prosa poética, incluso en el ensayo o en esta suerte de crónicas?

El otro tema planteado es el del “estilo tardío”.

Señala Arranz:

 

[…] tardío y prematuro no son estrictamente opuestos, pues mientras prematuro significa algo que se hace antes de tiempo, tardío sólo significa lo que se hace al final, y no necesariamente después de tiempo…

 

Y agrega:

 

El concepto de estilo tardío, para referirse no ya a las obras últimas de un autor, sino a aquellas en las que éste es consciente de su final, lo acuñó Adorno en sus escritos sobre las últimas composiciones de Beethoven. Consciente de su final es una simplificación que conviene ser explicada. No significa únicamente consciente de la proximidad de la muerte, consciente de la decadencia física, del término de la vida, del paso inexorable del tiempo, sino, sobre todo, consciente de que la obra propia ha cerrado ya su ciclo, de que ya no hay nada más allá […]. Las obras tardías por lo tanto se caracterizarán por su apertura, por una sensación de abandono, de irresolución, que contrasta fuertemente con las obras sólidamente construidas, en las que el autor no parece dejar nada al azar ni a la improvisación. Pero si son obras por tanto producto del desencanto, desequilibradas, inarmónicas, inestables, como se nos dice, hay que suponer entonces que ese es también el estado de ánimo del hombre al final de su vida, o de su periodo creativo.[3]

 

¿Corresponde De las cosas maravillosas al estilo tardío?

 

El volumen está conformado por seis breves ensayos o reflexiones. En todos ellos Bioy dialoga con los temas que lo han conmovido durante toda la vida, los importantes, por lo tanto, para él imprescindibles.

En el primero, cuenta justamente de las “cosas maravillosas” y al azar hace una lista:

 

un rostro de mujer; la libertad para quién está preso, la salud para quien está enfermo: algo que ve un chico en una juguetería; un cambio de luz después de la lluvia, que infunde intensidad en los colores de la tarde; una música; un poema; un premio inesperado; para algunos, por increíble que parezca, la esperanza de escribir una buena historia…

 

Es una enumeración melancólica y, ciertamente, responde al estado de ánimo del hombre anudado a una única razón: escribir. Cuando todo lo demás para él pasa a ser una ilusión, un sueño, encuentra en el acto de escribir su pervivencia.

En este sentido, me figuro que estos son textos “cocinados” en la quietud, en el ya no necesario deambular para encontrar las respuestas.

Los ingredientes son solo los necesarios; la cocción, a fuego lento.

Aunque fue redactado algunos años antes de su partida, Bioy se ha sentado a conversar consigo mismo, para escribir sobre lo que le interesa: las mujeres y el amor, los libros, los autores preferidos y por fin, con muchísimo humor sobre el mismo humor.

 

Mientras leía, iba descubriendo que muchas de las marcas que fui haciendo a lo largo de las hojas leídas, que los dilemas de los héroes y la aparente mansedumbre de las mujeres, que mi propia ansiedad por tanta desmesura –que se fueron planteando en y durante el viaje con Bioy– podían llegar a encontrar una respuesta en estas pocas páginas.

 

Aunque esta última línea marque un fin, la travesía no ha concluido, como tampoco la relación con Bioy Casares.

Siguiendo a Barthes, diría que la lectura con y junto a Bioy ha sido, y sigue siendo, de placer como así también de profundo goce.[4]

Como debe ser. Lo agradezco.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1], en “Mi amistad con las letras italianas”, De las cosas maravillosas, ABC, Obra completa Vol. III, Ed. Emecé, 2014, pág. 750.

[2] En “De las cosas maravillosas”, op. cit.

[3] Manuel Arranz, “E. W. Said y el estilo tardío”. http://www.ub.edu/las_nubes/critica/articulos/said.html

[4] Texto de placer: el que contenta, colma, da euforia; proviene de la cultura y está ligado a una práctica confortable de la lectura. Texto de goce: el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales. (Barthes, 1982, 25).

 

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