DE UN MUNDO A OTRO – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

Por momentos no sé si es Javier Almagro o si es Bioy el que acaba de regresar desde el otro mundo. Cuando los oigo hablar de Margarita, es como si en ella evocaran a todas las mujeres amadas; ni la excepción asombrosa de su profesión, astronauta, la hace, en esencia, diferente al resto.

Margarita desea una relación de pareja libre: a veces desearía que hubieras aparecido en mi vida un poco después. Soy muy joven, hay una sola vida y no quisiera morir sin haberla vivido plenamente…

Y yo, sé, ambos me lo confiesan, que la vida es implacable y cuando la vejez llega nos aísla, nos tapa los oídos, nos quita la luz de los ojos; por todo eso, por un tiempo, nos sumimos en la tristeza y, por último, lo que es mucho peor caemos en la indiferencia.

Tal vez por eso es que, no bien tuvieron la oportunidad, decidieron subirse a esa nave interplanetaria para no perderla.

Así ha sido siempre a lo largo de este viaje junto con Bioy, un deambular incesante; y a él se ha sumado, sin ofrecer resistencias, Javier.

La relación con Margarita será una utopía durante el largo trayecto que los exilia de la Tierra; en la soledad compartida y, asimismo, infinita del universo, el amor no puede consumarse. La pareja ocupa espacios intercambiables dentro de la nave, no hay convivencia, solo un mudar de roles para seguir adelante con la misión.

Luego, cuando el accidente los deposite en un mundo desconocido, la distancia se ampliará y hasta el final del relato no lograrán volverse a ver.

 

De eso trata esta breve novela, De un mundo a otro, publicada en 1998.

En ella Bioy además ahonda en dos cuestiones, su incondicional amor al cine, y el tema de lo femenino, investigación ya mencionada.

En cuanto al cine, tema también comentado en crónicas anteriores, vale agregar que era uno de los pasatiempos favoritos de Bioy; tanto es así que la magia particular de las imágenes está presente desde el inicio de su obra publicada, comenzando por La Invención de Morel.

Bioy no mantuvo una relación crítica con el cine, sino de pura fascinación (…) el interés estaba en la relación entre cine, narrativa y vida, escribió Gonzalo Aguilar, en el prólogo de Bioy Casares va al cine, el libro de Adriana Mancini que aborda la relación entre Bioy y el séptimo arte.

Emilia Perassi la cita a Mancini en una reseña sobre el mismo libro:

 

Es su frontera […] Como asegura en su vejez, la sala de un cinematógrafo es “el lugar en donde elegiría esperar el fin del mundo. (2014:15).

 

Y más adelante:

 

De los diarios íntimos, de los recuerdos en Memorias, de sus cartas de En viaje y de las copiosas entrevistas a las que Bioy se ha expuesto a lo largo de su vida de escritor, surgen reiteradas escenas en las que el cine y sus circunstancias son protagonistas. Las salas de espectáculos, ya sean las del cinematógrafo, ya sean las de los famosos teatros porteños de revistas de las primeras décadas del siglo XX, fueron espacios testigos de amores y fantasías de muchacho; las imágenes de bellas mujeres magnificadas en la pantalla imprimieron sus sueños. (2014:15).[1]

 

Adriana Mancini cuenta además un viaje que Bioy realizara en 1967 por Europa al volante de un Peugeot alquilado:

 

[…] utilizando como base de operaciones unas veces París y otras Londres, Bioy recorre Francia, Gran Bretaña, Suiza, Alemania, Austria, Italia e incluso Andorra. En realidad, todo ser humano siente en algún momento de su vida la necesidad de emprender un viaje que quizás, en el fondo, no le lleve sino al encuentro de sí mismo. Pero no todos disfrutarán, además, del infinito placer de recrear sus vagabundeos en una continuada correspondencia con una escritora como Silvina Ocampo, su mujer, y con su hija Marta. [2]

 

Destaca Emilia Perassi la empatía que logra transmitir Mancini con el autor que está investigando.

Comparto el sentimiento.

Don Bioy despierta estas pasiones. Lo he experimentado a lo largo de mi propio andar junto a él.

 

Regreso a la reseña de la novela De un mundo a otro.

Es en el espacio del cine, prácticamente al inicio del texto, donde Javier Almagro descubre que Margarita le es infiel. Será ese mismo espacio, un cine al que entra desorientado, en ese mundo paralelo al que ha llegado, donde la reencontrará por fin lo que permitirá la huida de ambos y el regreso a la Tierra.

Con maestría, en un círculo perfecto, Bioy sitúa en ese ambiente (la sala de un cine) el lugar donde se producirá el pasaje de un mundo a otro, el original del protagonista y el otro poblado por hombres pájaros.

¿No es justamente eso lo que ocurre cuando asistimos a la proyección de una película, la posibilidad de conectarnos con otra realidad, con otro universo?

El secreto de las películas es que son una ilusión, dice el director de cine George Lucas.

[…] En su imaginación [… ]vieron en un instante […] una ilusión perfecta del mundo exterior en sonido, color y relieve, señala André Bazin, crítico y teórico del cine, refiriéndose a los precursores tecnológicos.

Me adentro en otra bifurcación. No sé si Bioy ha leído a Bazin (1918-1958), pero encuentro en la solapa de su libro ¿Qué es el cine? (que ya deseo leer y está publicado en internet) lo siguiente:

Para Bazin, la novedad y la fascinación del cine radican en su origen fotográfico. La fotografía es para él una especie de duplicado —ciertamente imperfecto— del mundo, un reflejo petrificado del tiempo en el que el cine se hace vida.

 Y pienso entonces en La invención de Morel.

Regreso a la novela de esta crónica.

En cuatro oportunidades, en un texto que no es extenso, Javier Almagro se refugia en el cine: en las dos ya mencionadas —cuando la descubre a Margarita acompañada de un hombre y cuando se la encuentra en el otro mundo—; en su deambular por Buenos Aires, antes de lanzarse fuera del planeta, al ingresar a un teatro donde pasan películas de Sofía Bazán, (de quien, años atrás, llegó a enamorarse); e incluso dentro de la nave, aburrido (recordemos que casi no tenía contacto con Margarita más que para las cuestiones técnicas del viaje) cuando descubre un proyector cinematográfico no más grande que una cámara corriente…Se trataba de una de las consabidas comedias en que hay una persecución, rica en peripecias.

La otra cuestión planteada en la novela, que Javier Almagro vivirá con zozobra y Bioy, seguramente, escribió con ironía, es la existencia en ese otro planeta de las hembras-pájaros, con las que Javier establecerá vínculos. También consigue entenderse a la perfección con uno de los machos, llamado “Grum”, al punto que por momentos relación entre ambos me recuerda la de Emilio Gauna con Larsen, en El sueño de los héroes, quizás por la lealtad que evidencia Grum hacia ese hombre llegado de otro mundo: Grum le brinda alojamiento, lo pone en contacto con sus amistades (en una institución que en nuestro planeta llamaríamos Club de escritores) y también lo defiende de los nacionalistas (xenofóbicos) al punto que perderá su vida por protegerlo de ellos.

En cuanto a las hembras-pájaro se diferencian de sus pares machos por la contextura física:

Un pájaro alto y corpulento que a veces le traía la comida tenía una barriga prominente y en punta. Almagro dedujo primero que era hembra, después que estaba embarazada y que en este mundo las hembras eran más altas y más corpulentas que los machos.

 

Una de ellas será quien lo cuide cuando lo pongan en “cuarentena”. En la descripción de la relación recordé a las enfermeras de otros textos de Bioy: personajes casi maternales y solícitos; por ejemplo, en el cuento “La Trama celeste”, aunque sean muy diferentes al momento del encuentro amoroso:

 

[…] la hembra lo tomó de las manos, compulsivamente lo arrimó a su cuerpo, lo besó con la boca abierta, y él sintió que por momentos recibía saliva y que por momentos le bebían la suya… ¿Hacían de ese modo el amor en aquel mundo?

 

La siguiente experiencia similar la tiene con otra hembra que también lo toma de las manos y, al pretender poner en sus labios un delicado beso, consiguió tan sólo aplicarle un cabezazo que lo dejó mareado. Esta acción de la mujer parece ofender a los otros miembros del club que están presentes. Como Javier no entiende qué pasó, Grum, testigo de lo sucedido, le explica que el acto de amor consiste en tomarse de las manos y besarse. No son cosas que se hagan en público.

Dado los tiempos que corren, no pude dejar de reparar en la mención de la obligada “cuarentena” a la que debe someterse Almagro al llegar al otro mundo, como también la que deben hacer con Margarita al llegar a la Tierra. Veintidós años después, comparto con los personajes de la novela una prolongada cuarentena, a pesar de no haber salido del planeta.

La novela plantea un final abierto. No se sabe que será de la relación entre Javier y Margarita luego del forzado distanciamiento hospitalario.

¿Quedará entre ellos algo para compartir luego de esa distancia forzosa?

Esa es la cuestión de estos tiempos.

Hoy también están en riesgo los vínculos, porque los afectos necesitan de la presencia cotidiana para crecer y no morir.

¿Cuáles sobrevivirán a la pandemia?

Quizás los verdaderos. Aquellos vínculos que, como los barcos en la tempestad, consigan emerger por entre las bravas olas, las velas henchidas dispuestos a seguir navegando.

 

[1] https://www.researchgate.net/publication/299220310_Adriana_Mancini_Bioy_Casares_va_al_cine

[2] Reseña del libro de Adriana Mancini por la Editorial Planeta, España.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

quince + catorce =