DE UN MUNDO A OTRO – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

Por momentos no sé si es Javier Almagro o si es Bioy el que acaba de regresar desde el otro mundo. Cuando los oigo hablar de Margarita, es como si en ella evocaran a todas las demás mujeres amadas; ni la excepción asombrosa de su profesión, astronauta, la hace, en esencia, diferente al resto.

Margarita desea una relación de pareja libre: a veces desearía que hubieras aparecido en mi vida un poco después. Soy muy joven, hay una sola vida y no quisiera morir sin haberla vivido plenamente…

Y yo, sé, ambos me lo confiesan, que la vida es implacable y cuando la vejez llega nos aísla, nos tapa los oídos, nos quita la luz de los ojos; por todo eso, por un tiempo, nos sumimos en la tristeza y, por último, lo que es mucho peor caemos en la indiferencia.

Tal vez por eso es que, no bien tuvieron la oportunidad, decidieron subirse a esa nave interplanetaria para no perderla. Así ha sido siempre a lo largo de este viaje junto con Bioy, un deambular incesante, y a él se ha sumado sin ofrecer resistencias Javier.

La relación con Margarita será una utopía durante el largo trayecto que los exilia de la Tierra; en la soledad compartida y, asimismo, infinita del universo, el amor no puede consumarse. La pareja ocupa espacios dentro de la nave intercambiables, no hay convivencia, solo un mudar de roles para seguir adelante con la misión. Luego, cuando el accidente los deposite en un mundo desconocido, la distancia se ampliará y hasta el final del relato no lograrán volverse a ver.

Dos guiños en esta breve novela: el incondicional amor de Bioy al cine y la cuestión de lo femenino, que vengo investigando en mi otro trabajo.

En cuanto a lo primero, ya lo he mencionado en crónicas anteriores, era uno de los pasatiempos favoritos de Bioy, tanto es así que el cine, y su magia particular, está presente desde el inicio de su obra publicada, comenzando por La Invención de Morel.

Bioy no mantuvo una relación crítica con el cine, sino de pura fascinación (…) el interés estaba en la relación entre cine, narrativa y vida, escribió Gonzalo Aguilar, en el prólogo de Bioy Casares va al cine, el libro de Adriana Mancini, que aborda la relación entre Bioy y el séptimo arte.

Escribe Emilia Perassi, un excelente trabajo sobre el libro. Cita a Mancini: Es su frontera […] Como asegura en su vejez, la sala de un cinematógrafo es “el lugar en donde elegiría esperar el fin del mundo. (2014:15).

Continúa citando a Mancini:

De los diarios íntimos, de los recuerdos en Memorias, de sus cartas de En viaje y de las copiosas entrevistas a las que Bioy se ha expuesto a lo largo de su vida de escritor, surgen reiteradas escenas en las que el cine y sus circunstancias son protagonistas. Las salas de espectáculos, ya sean las del cinematógrafo, ya sean las de los famosos teatros porteños de revistas de las primeras décadas del siglo XX, fueron espacios testigos de amores y fantasías de muchacho; las imágenes de bellas mujeres magnificadas en la pantalla imprimieron sus sueños. (2014:15).[1]

Encuentro en este trabajo de Perassi, una gran admiración por el trabajo de Adriana Mancini. Señala: Se ha construido una relación de familiaridad, de intimidad entre biógrafa y biografiado, logrando aportar infinidad de detalles, por ejemplo, de los viajes de Bioy.

Porque en 1967, Bioy se lanza a un viaje en solitario por Europa al volante de un Peugeot alquilado, utilizando como base de operaciones unas veces París y otras Londres, Bioy recorre Francia, Gran Bretaña, Suiza, Alemania, Austria, Italia e incluso Andorra. En realidad, todo ser humano siente en algún momento de su vida la necesidad de emprender un viaje que quizás, en el fondo, no le lleve sino al encuentro de sí mismo. Pero no todos disfrutarán, además, del infinito placer de recrear sus vagabundeos en una continuada correspondencia con una escritora como Silvina Ocampo, su mujer, y con su hija Marta. [2]

Destaca Emilia Perassi, la empatía que logra transmitir Mancini con el autor que está investigando. Comparto el sentimiento. Don Bioy despierta estas pasiones. Lo he experimentado a lo largo de mi propio viaje junto a él.

Regreso a De un mundo a otro (1998). Es en el espacio del cine, prácticamente al inicio de la novela, donde Javier Almagro descubre que Margarita le es infiel; será ese mismo espacio, y en la geografía tan similar de ese mundo paralelo al que ha llegado, donde reencontrará por fin a Margarita, lo que permitirá la huida de ambos y el regreso a la Tierra.

Con maestría, en un círculo perfecto, Bioy sitúa en un cine el lugar necesario para producir el pasaje de un mundo a otro, el que habita el protagonista y el otro poblado por hombres pájaros. ¿No es eso justamente el cine, la posibilidad de conectarnos con otra realidad, con otro universo? El secreto de las películas es que son una ilusión, dice el director de cine George Lucas.

En cuatro oportunidades, en una novela breve, Javier Almagro se refugia en el cine: en las dos ya citadas, cuando la descubre a Margarita con otro hombre y cuando se la encuentra en el otro mundo; en su deambular por Buenos Aires, antes de lanzarse fuera del planeta, cuando entra al teatro donde pasan películas de Sofía Bazán, de quien, años atrás, llegó a enamorarse; y también dentro de la nave, aburrido (recordemos que casi no tenía contacto con Margarita más que para las cuestiones técnicas del viaje) cuando descubre un proyector cinematográfico no más grande que una cámara corriente…Se trataba de una de las consabidas comedias en que hay una persecución, rica en peripecias, casi como un presagio de lo que luego le sucederá al protagonista.

La otra cuestión planteada en la novela, que Javier Almagro vivirá con zozobra y Bioy, seguramente, escribió con ironía, es el vínculo que se establece con dos hembras-pájaros. Javier consigue entenderse a la perfección con uno de los machos, llamado “Grum”, al punto que por momentos el vínculo se asemeja al que Emilio Gauna tenía con Larsen, en El sueño de los héroes, por la lealtad de Grum hacia ese hombre llegado de otro mundo. Grum le brinda alojamiento, lo pone en contacto con sus amistades (en una institución que en nuestro planeta llamaríamos Club de escritores) y también lo defiende de los nacionalistas (xenofóbicos) al punto que incluso perderá la vida por protegerlo.

Las hembras-pájaro se diferencian de sus pares machos por su físico: Un pájaro alto y corpulento que a veces le traía la comida tenía una barriga prominente y en punta. Almagro dedujo primero que era hembra, después que estaba embarazada y que en este mundo las hembras eran más altas y más corpulentas que los machos.

Una de ellas será quien lo cuide cuando lo pongan en “cuarentena” y el vínculo con ella recuerda las dos o tres enfermeras, personajes casi maternales y solícitos de otros relatos de Bioy (por ej. en el cuento “La Trama celeste”). Cuando termina el peligro de que él pueda contagiarles algo, la hembra lo tomó de las manos, compulsivamente lo arrimó a su cuerpo, lo besó con la boca abierta, y él sintió que por momentos recibía saliva y que por momentos le bebían la suya… ¿Hacían de ese modo el amor en aquel mundo?

La siguiente experiencia similar la tiene con otra hembra, que también lo toma de las manos y, al pretender poner en sus labios un delicado beso, consiguió tan sólo aplicarle un cabeza que lo dejó mareado. Esta acción de la mujer ofende a los otros miembros del club. Javier no entiende nada y es Grum, testigo de lo sucedido, quien le explica que el acto de amor consiste en tomarse de las manos y besarse. No son cosas que se hagan en público.

Dado los tiempos que corren, no pude dejar de reparar en la obligada “cuarentena” a la que debe someterse Almagro al llegar al otro mundo, como también la que deben hacer con Margarita al llegar a la Tierra. Veintidós años después, comparto con Almagro y con Bioy una prolongada cuarentena, a pesar de no haber llegado de ningún otro mundo.

La novela deja un final abierto. No se sabe que será de la relación entre Javier y Margarita luego del forzado distanciamiento hospitalario. ¿Quedará entre ellos algo para compartir?

Esa es la cuestión de estos tiempos. Hoy también están en riesgo los vínculos, porque los afectos necesitan de la presencia cotidiana para crecer y no morir. ¿O solo sobrevivirán los verdaderos, capaces de bancarse todo? Como esos barcos en la tempestad que de pronto emergen por entre las bravas alas, las velas henchidas para continuar navegando.

 

 

[1] https://www.researchgate.net/publication/299220310_Adriana_Mancini_Bioy_Casares_va_al_cine

[2] Reseña del libro por la Editorial Planeta España.

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