LA OTRA AVENTURA – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

“No recuerdo quién escribió, ni dónde, La otra gran aventura son los libros —ni tampoco sé muy bien cuál era la primera ¿las mujeres? ¿la vida misma?— pero me atrevo a recoger la frase porque la encuentro adecuada para el título de este volumen”.

 

I

Continuando el viaje con Bioy Casares, comienzo la lectura de La otra aventura (1968), un conjunto de “prólogos y artículos”, como señala Bioy en la Nota preliminar del libro; pero antes observo por la ventana la llegada ligera de nubarrones grises que anuncian frío. Y antes de que me gane la melancolía, porque apenas iniciado el invierno, mi piel ya añora el verano, decido salir a caminar. Dar la vuelta al perro, aunque no tengo, para exorcizar por algunas cuadras el encierro.

Aprovechar el deambular —en que se confunden los pasos que voy dando con los de mis crónicas— para pensar en la sugerencia de lectura, para este volumen de Bioy, que me acaba de hacer Roberto Ferro.

Es cierto, no había reparado en algunas cuestiones que me plantea. La escena que evoco, en esta caminata que voy dando, me recuerda de pronto la ilustración de tapa de un libro de Dalí. Así que apuro los últimos pasos, para regresar  y tenerlo entre mis manos. En mi biblioteca ordenada (algún antepasado que no conocí debió ser bibliotecario), encuentro de inmediato el libro. Memorias, dice en letras más pequeñas, debajo del título (en realidad se trata de un diario, luego encontraré en los textos de Bioy, lo pertinente de mi asociación). Es Diario de un genio, de Salvador Dalí (editado por Tusquets, 1998) La ilustración de la tapa es un cuadro del pintor: Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales.

La evocación del cuadro ha surgido luego de la conversación con Ferro.

Como en la pintura, el diálogo ha producido un efecto encadenado donde Ferro se convierte en la mirada sobre mi escritura, que a su vez se construye en el recorrido por la obra de Bioy (la otra mirada); un Bioy que, y en este libro particular, es también lector. Los tres nos reflejamos, finalmente, en esta suerte de proyección literaria lanzada al infinito.

Sin apartarme del escenario desplegado —por eso dejaré que el libro de Dalí permanezca a mi lado en esta parte del camino— avanzo con los primeros textos del volumen: “La Celestina”, “Agudeza y arte de ingenio”, “Ensayistas ingleses” “Cécile o las perplejidades de la conducta, y “Lo novelesco y la novia del hereje”. En un principio, y como ya he escrito en otras crónicas, me siento abrumada por la vasta biblioteca de Bioy —que pone en evidencia las ausencias en mi historial literario—. Sin embargo, su pluma corre con naturalidad y me dejo conducir por ella sin que los nombres, las fechas, las citas, me impidan el disfrute.

Cuando llego a “Los manuscritos del Mar Muerto”, me detengo.

Como quien recorre un museo, de pronto busco una banca para sentarme, no para descansar sino para poder admirar, con el tiempo necesario que demanda el gesto, lo que me ha conmovido.

Y al detenerme, pensando, escribo.

¿Qué tuvo de particular la lectura de las dos páginas que Bioy le dedica a Edmund Wilson?

Creo que el tono íntimo y amoroso de su escritura, si así puede decirse.

Del mismo modo que cuando se refiere al doctor Samuel Johnson, el poeta lúcido del siglo XVIII y admirado, o manifiesta sin reparos su afecto por Charles Lamb, en la escritura del artículo sobre los manuscritos, está visiblemente entusiasmado por el descubrimiento y por el trabajo de Wilson (“en una prosa de conversación […] sin énfasis teóricos”) un libro de publicación contemporánea: “En 1967, justo antes de la guerra de los Seis Días, y a los setenta y dos años de edad, Wilson visitó de nuevo Israel a fin de añadir una larga segunda parte, una puesta al día del libro que le había granjeado tanta polémica notoriedad[1]. Imagino que el tema debió ser fascinante para Bioy, que habrá seguido las peripecias del hallazgo, y la investigación que llevaba a cabo Wilson, como la trama de una novela propia: textos desconocidos, apócrifos, la resistencia tanto de los hebreos como de sectores católicos por lo que esos rollos podrían develar… La última línea, irónica y aguda, con la que cierra el artículo, bien podría servirle para el final de alguno de sus relatos.

“Ensayistas ingleses” podría dar pie a un curso de literatura.

Como señala Bioy: “Si yo pudiera iniciar a alguien en las dichas de la lectura de Quincy, le sugeriría…”; así de ese modo debiera ser ese curso, como la narrativa de sus artículos, clara y sugerente.

Bioy expresa su predilección por el ensayo. En la charla que mantiene con Noemí Ulla señala: “Uno se siente más feliz pudiendo manejar todas las variedades del género literario. Creo que todo escritor debe valerse por sí para no ser desdichado, para conocer su oficio y saber escribir en todas las distintas expresiones que hay en la literatura”.[2]

Así lo explica también en “Ensayistas ingleses”:

“… El novelista y el dramaturgo encaran el mundo a través de personajes, el crítico debe atenerse a la obra que estudia y el poeta, intrínseco y puro, supedita su visión a los criterios de la rima y del metro […]. Un día sentimos que no hay otra esperanza en las letras que el dossier naturalista, o la comedia de enredo, o el sadismo, o el adulterio, o los sueños, o el viaje alegórico, o la novela pastoril, o el alegato social, o los enigmas policiales, o la picaresca; otro día nos preguntamos cómo alguien pudo interesarse en tan desoladas locuras. En medio de esta mudanza, históricamente justificable pero esencialmente arbitraria, hay algunos géneros perpetuos. Porque no depende de formas y porque se parece al fluir normal del pensamiento, el ensayo es, tal vez, uno de ellos”.

Para finalizar este primer recorrido, y antes de levantarme de mi banca, unas líneas de “Lo novelesco y La novia del hereje”:

“El eco de la ilusión nunca se apaga y todo en nosotros va envejeciendo, salvo la afición por los relatos”.

 

II

En este tránsito por La otra aventura, quiero regresar antes de continuar, a la imagen del museo, con la necesidad de explicar cómo entiendo esos espacios dedicados al arte.

Con los museos—así como con los libros, la música y, por supuesto, la pintura— sucede que algunos pueden conmovernos; otros no lo logran nunca. Podría nombrar muchísimos por los que he andado con voluntario esfuerzo (por ej. El Louvre) y otros que, como bien dice una amiga, son de “escala humana” y fueron creados para ser disfrutados, como sucede con el Marmottan, dedicado a Monet. Por estos pagos, eso también sucede con el hermoso Museo Las Lilas, en San Antonio de Areco, dedicado a la obra de Florencio Molina Campos.

En este caso, el que recorro de La gran aventura pertenece a estos últimos.

Dicho esto, continuo con esta crónica dividida en tres partes, una arbitrariedad que me he tomado, teniendo en cuenta que los artículos se leen como una continuidad del pensamiento crítico de Bioy desplegado en las lecturas de los diversos autores.

Ya he confesado mi ignorancia con respecto a muchos de los trabajos mencionados. Me envalentona, sin embargo, el “Volviendo a las cosas de los mortales”, que escribe Bioy luego de referirse a Russell, Tristam Shandy, y al mismo Léautaud, a quien está reseñando.

La lectura de “La otra aventura” me ha incitado a investigar, a buscar las obras y los autores y ha planteado, por lo tanto, nuevos desafíos, expandiendo mi ruta de viaje.

En “Memorias de Frank Swinneton” encuentro: “Ved en vuestra actividad literaria un pasatiempo delicioso, desprovisto de toda trascendencia”.

En las reflexiones en el “Diario de Léautaud” sobre la escritura del diario o de fragmentos, pensamientos, frases, un registro vital para Bioy como puede verse luego en la publicación de “Diario de caminante”, cita a Léautaud: Yo creo que mi placer de escribir podría muy bien circunscribirse a este diario”, que es casi como citarse a sí mismo.

Sobre el Padre Ricci, en la reseña sobre el trabajo de Vincent Cronin “una obra digna de su tema extraordinario, entretenida y riquísima”, rescata dos actitudes —que bien le caben—: “…fue alegre (esto no podía menos que agradar a los chinos, para quienes “el buen humor es la mejor parte de la bondad)” y fue “capaz de admirar la civilización de ese mundo al que había llegado, tan remoto del suyo… en la lucha política que se desarrolló en aquellos años, entre los mandarines —hombres de todas las clases sociales, que obtenían su cargo por exámenes rigurosos— y los eunucos —ávidos, ignorantes, venales, amparados por el palacio— su corazón estuvo del lado de la cultura.

Escribe sobre Julien Green, David Garnett, Harthley y Mary McCarthy, amorosamente, aunque no siempre le haya agradado el resultado de sus trabajos; transmite su pasión por Kypling y Santayana; y adelantándose a los tiempos, imagina y escribe en el artículo “Un tomo de la Enciclopedia de la Pléiade”: “…Ciertamente, un día alguien descubrirá un sistema analítico —el sistema— que lo incluirá todo y al que deberán ajustarse las enciclopedias del futuro”.

Aliviada, leo al final de este mismo artículo que Bioy se incluye en “el prodigioso balance de lo poco que sabemos y de los mucho que ignoramos”.

 

III

Un aparte merece “Letras y amistad”, dedicado a Borges. No es casual encontrar como epílogo del libro, un título que contenga la palabra “amistad”. Porque es el gesto que realiza Bioy con sus lecturas, al establecer la relación de afecto, simpatía y confianza”, que de inmediato recibe también el lector.

Con sincera humildad Bioy nos cuenta cómo se inició su amistad con Borges; el primer trabajo que hicieron juntos, para un folleto comercial, y como de ese vínculo nació la certeza de que: “… después de su redacción yo era otro escritor, más experimentado, más avezado. Toda colaboración con Borges equivale a años de trabajo”.

“Por dispares que fuéramos como escritores, la amistad cabía, porque teníamos una compartida pasión por los libros”, señala y no puedo dejar de extrapolar esta líneas a las actuales circunstancias provocadas por la pandemia que desnudan tanta miseria.

La creación de la revista Destiempo, tan solo tres números; las distintas colaboraciones; las antologías policiales y fantásticas; la inclusión de Silvina Ocampo en las tardes de San Isidro y el maravilloso e irónico decálogo de lo que hay que evitar en la literatura; señalando, por ejemplo: “En el desarrollo de la trama, vanidosos juegos con el tiempo y el espacio: Faulkner, Priestley, Borges, Bioy, etcétera.”. En las últimas páginas, una lista, un agregado marcado como un P.S. (posdata) que aporta “una información que será útil para algún estudioso de Borges”; él se excluye en esa posteridad del autor leído y estudiado porque, parece decirnos, no está a la altura de su amigo.

He finalizado la visita al museo.

Con morosidad me levanto de la banca; luego de la última recorrida, y dirijo mis pasos hacia la salida. El reloj aviva el deseo de un buen café, con preferencia en algún espacio abierto. Siguiendo las señales que conducen al infaltable “shop”, encuentro las mesas blancas adornadas con “alegrías del hogar” multicolores, y ahí me siento. Como no me he ido del todo del museo, como todavía tengo a tiro las imágenes y la emoción, disfruto del silencio. Un mozo se va acercando a mi mesa y entonces, antes de decir cualquier otra cosa, recuerdo las palabras escritas por Bioy, y las repito para atesorarlas por el resto de la tarde.

“Diríase que la felicidad es una diosa esquiva […]. Sin embargo, al cerrar este volumen, tenemos la certidumbre de haber visto la diosa”.

 

 

[1] http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/noticias/edmund_wilson.pdf

[2] Ulla, Noemí, Aventuras de la imaginación-Conversaciones con Adolfo Bioy Casares, Ed. Corregidor, Bs. As., 1990.

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