Hélene Cixous – segunda parte

Segunda parte

 

Claro, mi mirada limitada no alcanzó a atisbar siquiera esa otra conversación.

Arrobada por la melodía poética que Cixous establece, en primer lugar, consigo misma, dejé de percibir esa otra que mantiene de modo constante con su amigo.

Quizás debería haberme detenido con insistencia en el título de su libro para entender que allí estaba la primera pista. Y luego, abordar de inmediato “Fichus” para pensar esas preguntas que plantea Derrida: “¿Sueña uno siempre en la cama? ¿y de noche? ¿Se es responsable de esos sueños?”

Sin embargo, seducida por du Mourier y el mismo Kafka, dejé para después la lectura del discurso que Derrida pronuncia el 22 de septiembre 2001, en Frankfurt, en ocasión de recibir el Premio Theodor W. Adorno.

Lo leí a destiempo ¿debió ser así, tal vez?, sin comprender que Hipersueño, es por sobre todo el diálogo abierto con “Fichus”. Hipersueño es la conversación sin la interrupción forzosa que ha provocado su muerte; es, en esencia, el “permiso”, lo que es posible.

En “Fichus”, Derrida refiere el sueño que tuvo Walter Benjamin, confiado a Gretel Adorno, para que a su vez ella se lo confíe a su marido: “se trataba de transformar una poesía en chal (fichu)”. Dice Derrida:

Enseguida vamos a acariciar ese «chal [fichu]», ese echarpe o ese fular. Vamos a discernir en él cierta letra del alfabeto que Benjamin creyó reconocer en sueño. Y fichu, a esto volveremos también, no es una palabra francesa cualquiera para decir echarpe, chal, o fular de mujer.

El libro de Cixious, dividido en tres partes, dedica la segunda al “Somier de Benjamin”. ¿Cómo no leer más allá de la anécdota? Que por sobre ese, real o no, eterno deambular del mueble por las distintas casas que habitó su madre –sin abandonarla nunca y sin que él fuera nunca desechado hasta ubicarse en el presente en la casa del hermano–, el somier es la geografía donde Benjamin pudo soñar, donde tuvo aquel sueño.

¿Cuál es la diferencia entre soñar y creer que se sueña?”, se pregunta Derrida:

Y, en primer lugar, ¿quién tiene derecho a plantear esa pregunta? ¿Es el soñador sumergido en la experiencia de su noche o el soñador que se despierta? ¿Podría un soñador por otra parte hablar de su sueño sin despertarse? ¿Podría nombrar el sueño en general? ¿Podría analizarlo de forma justa e incluso servirse de la palabra «sueño» con plena conciencia sin interrumpir y traicionar, sí, traicionar el sueño?

¿Existe esa diferencia para Cixous?

“La posibilidad de lo imposible”, recuerda Derrida que ha escrito Adorno. El “permiso” escribe Cixous.

Hipersueño ha sido escrito desde la herida producida por la partida definitiva del amigo, y no sobre. Esta diferencia bien la señala Derrida en su discurso cuando reflexiona sobre la Minima Moralia, de Adorno, quien a su vez escribe su texto conmovido por lo que a él le ha provocado el texto América de Kafka.

La posibilidad de lo imposible, núcleo central de los sueños cuando se invierten esos límites. Cixous es partidaria, como su amigo, de esa “posibilidad” más afín a la poesía que a la filosofía, que ha cultivado Benjamin, de “liberarse del sueño sin traicionarlo”.

Leyendo “Fichus” con Hipersueño a mi lado, inmersa en el profundo silencio que, a veces, generan las tormentas, cuando calma el viento y hasta el mar cesa su murmullo, no puedo más que levantar la cabeza.

Imagino que eso ha experimentado Derrida y, a su vez, Cixous. Imagino ese instante común antes que la mano se vuelque con frenesí sobre la hoja intentando no opacar el sueño con las palabras, ya que ellas deben surgir con lentitud, precisas, justas, melodiosas, como en la poesía, para que sea posible lo imposible.

Pero aún hay más.

En esos diálogos, en apariencia cotidianos como lo es también el deslizarse de la crema sobre la piel lacerada, que establece con su madre, Cixous reflexiona sobre la lengua, la del origen, con la que su madre ha crecido, que también es tema de reflexión en el discurso de Derrida:

Sueño, idioma poético, melancolía, abismo de la infancia, Abgrund der Kindheit que no es otra cosa, ya lo habéis oído, sino la profundidad de un fondo (Grund) musical, la secreta resonancia de la voz o de los vocablos que esperan en nosotros, como en el fondo del primer nombre propio de Adorno.

La lengua es para Cixious como bien señala Dujovne Ortiz “un juego de palabras” que pueden –agrego a mi vez– desmoronarse como las Torres Gemelas, o como, tal vez algún día, la duna más alta de Europa; o pueden extraviarse y solo recobrarse en un sueño, como el viejo sombrero de paja que solía usar Benjamin; o permanecer, como el antiguo somier, sin perder, aun pasando de mano en mano y acumulando deterioro, su significado.

¿Cómo no pensar también la relación entre la piel lacerada de la hermana de Benjamin, Dora, según relata Derrida en su discurso: “Dora, en griego, la piel desollada, arañada o trabajada”, con la de la propia madre de Cixous, sobre la que ella también traza su escritura?

¿Cómo no reconocer en Philia, su gata, el común acuerdo con lo ya pronunciado?:

El idealismo auténtico (echter Idealismus) consiste en insultar al animal en el hombre o en tratar a un hombre como animal. Adorno menciona dos veces el insulto (Schimpfen)

Y cómo olvidar, en mi primer intento, la marca que hice sobre Blanqui: “Bioy”.

Claro, repito, mi mirada limitada y apurada no alcanzó a atisbar siquiera ni esa ni esas otras conversaciones al tiempo de poner el punto final a la primera crónica. Tal vez, para ciertos textos, no es necesario ponerlos nunca.

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