MEMORIA SOBRE LA PAMPA Y LOS GAUCHOS – Adolfo Bioy Casares

(en tiempos de coronavirus)

 

Me detengo en la tranquera de un campo cercano a Las Flores. Quizás sea este, aventuro, enfrentando la mata de yuyales y el oxidado molino de viento, el sitio sobre el que escribió Bioy Casares.

Un camino sinuoso se pierde tras las casuarinas y no logro ver más allá del entrevero del follaje y troncos. Pero imagino que éste debe ser el lugar y que si aguardo pronto veré acercarse a paso lento a Don Gregorio Mendivil, a quien llaman “el Griego”.

Saco de mi bolsillo la fotografía y las señas que me pasó Bioy “…solo, pálido, visiblemente enfermo. Diríase que la caja craneana va a aflorar. El pelo es largo, delicado; por oposición a su negrura sorprende la muy alta intimidad de la piel en las partes de la sien y de la frente que el sombrero ciñe”.

Sin embargo, tanto el retrato como la memoria de Bioy solo alimentan una ilusión. Y en esta misma “inmemorial soledad”, que lo acompañó hasta el final de sus días, comprendo que ya no es posible, que el héroe ha partido.

Aun así aquí estoy, quizás para entender.

Algunos gorriones, o tal vez horneros, también algunos benteveos se  han ido arrimando y me espían. Recuerdo entonces aquel poema:

Bienteveo,

bichofeo, cristofué.

En la mañana pálida

levanto mis ojos

hacia tu pecho luminoso.

Quitupí o pitogüé

te grito, tal vez

debiera susurrarte

para que sin otra ilusión

te quedes.[1]

 

 

La curiosidad me ha traído hasta aquí, como dije para comprender, después de haber recorrido junto con Bioy las páginas publicadas en 1970 en la revista Sur, con muchas más fotografías que las que tiene la edición publicada para las Obras completas.

 

Mi relación con el campo ha sido siempre breve; contactos esporádicos, algunos más recientes como la visita que hice a Olivera antes de que se desatara toda la locura de la cuarentena.

 

Soy mujer de mar antes que de la tierra. Aun así, guardo en mi memoria increíbles atardeceres de esas efímeras visitas: el fuego del sol estallando en el horizonte verde y luego la tenue oscuridad que lentamente se convierte en noche, la aparición de la luna y el cielo tan estrellado que provoca el roce con tan solo extender el brazo.

Hasta ahí llega mi dominio del campo. Turista, convidada esporádica, incluso intrusa.

Ni gauchos de chiripá blanco o de colores, apenas alguna corta estadía o el contacto fugaz desde la ventanilla de un auto en tránsito por rutas que llevan hacia otros destinos: la costa o las montañas, nunca la pampa misma.

Sin embargo, en este ensayo, Bioy escribe de esa geografía y de los gauchos. Confronta su propia memoria, al modo de Proust, por lo que ella le provoca; una memoria más proclive a recrear “selvas y tigres” que gauchos, con la mención a poetas y textos de nuestra literatura gauchesca aunque “A lo largo de la vida he notado, sin dificultad, que los viejos estancieros dejan entrever la convicción de que los literatos no entendemos mayormente de campo”.

Busqué otros títulos contemporáneos al ensayo de Bioy que iba leyendo. Textos como “El mito gaucho” de Carlos Astrada (1948), y otros más cercanos al inicio del siglo, como los de William Hudson — autor de lengua inglesa nacido y criado en el país, de quien hacen una lectura crítica Borges (En «Otras Inquisiciones», a propósito de «La Tierra Púrpura») y Martínez Estrada (“El maravilloso mundo de Enrique Hudson”, 1951).

El mismo Bioy menciona también “Los folletos lenguaraces”, de Vicente Rossi. Rossi se preocupaba por resaltar la lengua popular viva, el cocoliche inmigrante, el habla del criollo, del negro y del indio, también muy admirado por Borges.[1].

 

Como en otras lecturas de Bioy Casares, aparecen los caminos que se bifurcan ensanchando mis posibles lecturas. Pero hoy, aquí, frente a esta vieja tranquera, solo intento escribir sobre lo que he leído. Y la pregunta que surge:

Cuando todo tiende a mutar y a extinguirse ¿qué busca rescatar su memoria?

 

“Probablemente las perturbaciones y las confusiones ocurren en la procelosa tarea de discernir entre el gaucho que vive en nuestra imaginación y el que vive en el mundo real”.

 

Por eso la semblanza de Don Gregorio con el que cierra el ensayo intuyo que es la única válida. Y esa es la que aguardo que llegue a paso lento para susurrarme historias de la pampa en esta tarde que va, como tantas otras cosas de este mundo, desapareciendo.

 

 

 

 

 

[1] “Bienteveo”, María Claudia Otsubo, Diminuto Verde, Ed. Vinciguerra, Bs. As. 2018

[2] https://www.diarioalfil.com.ar/2015/07/08/nos-vemos-en-la-imprenta-de-vicente-rossi/

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