REDESCUBRIENDO A SARA GALLARDO

Sara Gallardo nació en Buenos Aires en 1931. Como Bioy Casares, creció en un ambiente donde prevalecía la cultura, lo literario. Estudió periodismo y fue una viajera incansable. Lamentablemente murió muy joven, a los 57 años por un ataque de asma.

Vagos recuerdos de haberla leído cuando era más chica. Los Galgos y de El país del humo, ambos de mi madre, reposan ahora en mi biblioteca. Los libros llegaron junto con otros heredados y atesorados, como la casi totalidad de la obra de Graham Greene que recuerdo completaban el estante central en la biblioteca blanca de mi casa paterna.

De reiniciar la lectura de Gallardo quería que fuera por Enero, su primera novela publicada en 1958, que no había leído nunca.

Ya estaba llegando al fin de mi viaje con Bioy. Me había detenido en De las cosas maravillosas, último volumen publicado y póstumo, postergando el momento de llegar al punto final que era también un modo de alargar los últimos días de la travesía. La melancolía me iba ganando a medida que me aproximaba a la meta y estiraba las líneas de las páginas como quien intenta demorar una puesta de sol, sin remedio.

La ciudad de Buenos Aires, aún expuesta al virus y al desconcierto, se desplegaba con nuevos olores, tal vez esperanzadores, que siempre acerca la proximidad del veranito de San Juan.

Por otras circunstancias, había leído primero La Tempestad de W. Shakespeare, un texto también póstumo del autor inglés.

Comencé Enero con muchas ganas, quizás porque el nombre se asocia a la fecha de mi cumpleaños, al verano, al sol, al inicio de un nuevo año. Luego del primer párrafo de la novela, llegando al primer punto y aparte, comprendí que ya no podría detenerme:

 

«Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya no habrá remedio —piensa Nefer—; todos los que están aquí y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar». La angustia le nubla los ojos y lentamente dobla su cabeza, mientras con la mano arrea modestos rebaños de miguitas por el hule gastado de la mesa. Su padre acaba de decir algo sobre la cosecha y estira la mano pidiendo el repasador que enjuga por turno manos y bocas, y que la madre le pasa, atropellando en su prisa un perro que aúlla y se refugia bajo el banco. Al caminar, su sombra pasa sobre los comensales, que la luz de un farol fija en los muros. «Va a llegar el día en que mi barriga empiece a crecer», piensa Nefer. Los bichos vibran, aletean y caen contra el farol, vuelven a trepar por la lata, vuelven a quemarse y a caer, y nadie la mira inmóvil en su rincón mientras comen inclinados sobre los platos y oyen de vez en cuando las frases que don Pedro cambia con el turco, que acaba de soltar los caballos del carro y traga su sopa resoplando.

 

Imágenes, pensamientos que no se dicen. Asisto a la escena que despliega Gallardo como si me hubiera detenido ante un cuadro. Hay uno en especial que viene a mi memoria mientras leo: Sin pan y sin trabajo de Ernesto de la Cárcova, por la oscuridad de la pintura, la tensión no pronunciada, las manos crispadas, el desamparo. Todo lo que le ocurrirá a Nefer, la niña protagonista está condensado en este primer párrafo; amen de su propia voz, la única que se escucha cuando inicio la novela. Juego de luces y sombras en esa familia agrupada alrededor de una mesa en la que quedan solo miguitas por barrer; el calor que se intuye en los gestos lentos, en los bichos que revolotean, en el perro que no termina de acomodarse bajo las piernas; el resople de don Pedro; la incomodidad.

Intuyo que lo que leeré quebrará mi dulce imaginario de enero.

La primera persona que habla, después de ese primer punto y aparte, es el turco, un vendedor ambulante, alguien aceptado, pero también ajeno a la pueblada. El resto continúa callado, a veces como indiferente a lo qué sucede.

El silencio será una presencia constante durante toda la novela. Como ocurre en De eso no se habla, de Julio Llinás, el silencio evidencia que no es posible hablar de ciertas cuestiones, menos de aquello que intenta ocultar y que, incluso, no mencionará nunca Nefer.

Doble silencio en la niña-adolescente para no poner en palabras la violación primero, el embarazo después. La niña desgarrada, obligada a abandonar la infancia, buscando en soledad la forma de poder quitarse de encima el castigo del cuerpo.

Novela tremenda, que no da descanso, y que Gallardo escribe con tanta maestría sin interponer juicios ni sentencias, simplemente narrando, acompañando el derrotero de la muchacha que, al final, como una parodia a los cuentos de hadas, se ve forzada a casarse con su violador, ya que el exilio es la respuesta que le impone la familia, sobre todo, la madre, para preservar la decencia.

Encuentro muchas páginas en la red que enarbolan esta novela durante el tratamiento de la Ley de Aborto. La reseñan en distintos sitios en la red como la primera violación de la literatura argentina narrada desde la perspectiva desde la propia afectada, que es Nefer. Mi deseo sería que, así como en su momento se la relegó a una literatura realista y ruralista (luego tanto Ricardo Piglia, como Leopoldo Brizuela y Leopoldo Mairal se encargaran de hacer la merecida relectura) no quede entrampada en meras cuestiones ideológicas o políticas. Creo que la novela de Gallardo se merece mucho más, por empezar, su lectura.

En el 2018 el Museo del Libro y de la Lengua inauguró una muestra sobre su obra. Lucia de Leone, doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, una las investigadoras que se ocupó de estudiar y rescatar la producción de Gallardo, señaló en ese momento:

 

Es actual no solo por sus temas que podríamos decir que tocan la propia patria, la cotidianidad, existenciales, revoltosos y con una gran anticipación en cuestiones de género sin ser feminista. Es decir, se la puede leer porque no creo que esté marcada por cronologías determinadas.[1]

 

Buceo el nexo con mi compañero de ruta, Bioy. El vínculo me llega vagamente a través de Silvina. Dice al respecto Leopoldo Brizuela:

 

Sara Gallardo no es una figura solitaria. Hay dos tríos de mujeres de esa época. Uno era el exitoso, el verdaderamente best-seller que aparecía en televisión. Eran Silvina Bullrich, Marta Lynch y Beatriz Guido. Y después había otro, más secreto, del que ahora se ve cada vez más su valor. Eran Silvina Ocampo, Elvira Orphée y Sara Gallardo, que además eran amigas. (las negritas son del original)[2]

 

No encuentro mucho más sobre la amistad que pudieron haber tenido, con lógica por pertenecer ambas a un nivel sociocultural similar.

En El país del humo, 1977, en una edición de Sudamericana que de tan usada ha extraviado —nada escapa a las pérdidas que provoca el paso del tiempo— la contratapa, encuentro un cuento en que Gallardo hace mención a Silvina: “Una nueva ciencia”. Dice así al inicio:

 

Contaré lo que llegué a saber.

Era 1942. El año en que Silvina Ocampo dio a conocer sus “Epitafios para doce nubes chinas”. Un hombre alto y melancólico quiso hablar con ella. tipógrafo. Había visto al azar las pruebas de los poemas sobre una mesa

 

El relato me deslumbró y me recordó a algunos textos de Jorge Luis Borges. Sara construye una historia que se basa en el primer dato real, Silvina Ocampo. Luego aporta nombres, fechas, datos de libros -en los que ya no importa la veracidad- sin cansar ni apabullar, solo para respaldar la existencia de una teoría: “La influencia de las nubes en la historia”.

Mientras avanzaba por este libro de cuentos, estaba convencida que este era el mejor de todos. Resultó que luego llegarían “La noche de los trenes” y “Amor”. En «Amor», encontré la perfecta conjunción entre austeridad y brevedad narrativa y el desarrollo de una trama que nos suspende en la incertidumbre y nos conduce con precisión a un desenlace condensado en dos palabras.

Sara Gallardo se fue de este mundo muy temprano; a diferencia de Bioy que vivió —y hubiera vivido, si le hubiera sido posible—, varios años más.

Tienen en común que ambos encontraron en su oficio la razón de ser. Como dijo en una entrevista Sara:

 

En mi caso escribir –y escribir mucho, aunque sea de manera imperfecta– significa un esfuerzo por desenrollar una especie de madeja interna. Llegar a ser, mediante el trabajo, uno mismo. Es decir, trascenderse a sí mismo para llegar a ser quien uno es y no sabe.

 

O como describió Bioy:

[…] un rostro de mujer; la libertad para quién está preso, la salud para quien está enfermo: algo que ve un chico en una juguetería; un cambio de luz después de la lluvia, que infunde intensidad en los colores de la tarde; una música; un poema; un premio inesperado; para algunos, por increíble que parezca, la esperanza de escribir una buena historia…

Agradezco de ambos, esa esperanza que trascendió su existencia.

 

 

 

[1] https://www.cultura.gob.ar/a-sara-gallardo-le-costo-el-canon-literario-que-siempre-fue-patriarcal-y-normativista_6796/

[2] https://www.infobae.com/cultura/2018/06/14/sara-gallardo-la-escritora-luminosa-en-el-pais-de

 

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